Inma Évora, activista de la PAH y mediadora social e hipotecaria, con muchos años de experiencia en acción social y defensa del derecho a la vivienda, analiza en radio San Borondón cómo el reciente debate sobre la vivienda en Canarias evidencia una estrategia patriarcal sistemática para desacreditar a las mujeres activistas. Mediante la intimidación y el paternalismo, tanto en televisión como en redes, el sistema busca anular sus voces y desviar la atención de la especulación inmobiliaria.
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El reciente debate sobre la vivienda emitido en la televisión pública y las posteriores reacciones en medios digitales no solo evidencian un grave problema sobre cómo se aborda la emergencia habitacional en Canarias, sino que ilustran a la perfección cómo opera la maquinaria patriarcal para desacreditar a las mujeres en el espacio público. No se trata de hechos aislados, sino de una estrategia sistemática de deslegitimación que utiliza la intimidación, el paternalismo y la violencia simbólica para desplazar el foco del verdadero problema: la especulación inmobiliaria.
Cuando una mujer ocupa un espacio público para defender derechos sociales, el sistema a menudo responde intentando anular su voz. Esto no es casualidad: la lucha por el derecho a la vivienda y contra los desahucios ha sido liderada históricamente por mujeres, y la respuesta del poder frente a nuestro activismo es profundamente machista. No nos atacan rebatiendo nuestros argumentos, sino minando nuestra credibilidad. En este caso, hemos presenciado distintas caras de una misma estrategia, operando de forma paralela tanto en un plató de televisión como en columnas de opinión y plataformas digitales.
La primera táctica de esta maquinaria consiste en generar un clima de coacción y ensuciar la imagen pública. Lo vivido en la televisión pública no fue un debate, sino una auténtica encerrona. Acudir a un espacio mediático donde tu interlocutor se presenta con cinco escoltas corpulentos, y donde se lanzan acusaciones falsas —como la rastrera insinuación de lucro personal por mi parte en la venta de las 358 viviendas de Añaza—, busca exclusivamente amedrentar a la interlocutora. Ante estas calumnias, he ejercido formalmente mi derecho de rectificación por las declaraciones vertidas por Roberto Cristian. Cuando los medios públicos no moderan adecuadamente estos espacios, permiten que la violencia y la difamación se normalicen bajo la falsa apariencia de pluralidad periodística.
La segunda, ejercida posteriormente desde supuestos espacios de análisis, es reescribir la realidad de la mujer mediante la luz de gas (gaslighting) y paternalismo. Al declarar públicamente que desconocía la identidad y antecedentes de mi interlocutor televisivo, la respuesta por parte de otro hombre que se autodefine como escritor y activista, en formato de artículo de opinión fue afirmar que «sabemos que no es así», acusarme de sufrir «amnesia repentina» y asegurar que mi postura estaba dictada por el miedo. Esta práctica podría incluirse como ejemplo en un manual de mansplaining: un hombre reinterpretando las emociones e intenciones de una mujer, asumiendo que miente, negando su agencia y presentándola como una figura asustada, carente de memoria o de valentía y diciéndole cómo debía haber actuado.
Al ejercer mi legítimo derecho a réplica frente a este texto, se activó la maniobra final: la penalización del tono que consiste en tacharme de «exagerada» o sugerir que interpreto las cosas «erróneamente». Descalificar la respuesta de una mujer reduciéndola a un arrebato emocional «te retratas» es una forma clásica de violencia simbólica. El objetivo es anular la validez de la denuncia y, al mismo tiempo, encender la mecha en redes sociales, contagiando este discurso de desprecio a su propia comunidad de de seguidores para multiplicar el acoso digital.
Toda esta maquinaria de desprestigio personal tiene un análisis social profundo y una función política evidente: centrar el foco en su discurso y evitar que hablemos de lo que realmente importa. Por otro lado, por acabar con un breve análisis sobre lo que hay detrás de la intimidación en los platós y de las empresas de desocupación,que no es más que esconder los intereses de grandes tenedores de vivienda, fondos buitre y entidades bancarias. Es innegable que existen mafias de la ocupación, pero del mismo modo operan las mafias de la desokupación. Ambas caras de la moneda tienen un factor común: son modelos de negocio parasitarios que se aprovechan de la extrema vulnerabilidad de las familias que no pueden acceder a una vivienda por razones puramente económicas. Utilizan a figuras mediáticas para encubrir un entramado empresarial dedicado a la compra de inmuebles a bajo precio para su venta o alquiler, explotación turística y especulación agresiva.
La emergencia habitacional que ahoga a Canarias es estructural. Es el resultado directo de un modelo cimentado en la crisis de 2008, cuando miles de familias perdieron sus hogares por cláusulas abusivas mientras la banca era rescatada con dinero público. Hoy, esa crisis se perpetúa mediante el encarecimiento desorbitado del alquiler, la gentrificación, y un mercado que asfixia a una población con salarios muy por debajo de la media estatal y altísimas tasas de pobreza.
El derecho a la propiedad privada es legítimo, pero no es un derecho absoluto desprovisto de responsabilidad; bajo ningún concepto puede anular la ineludible función social que la Constitución atribuye a la vivienda. La vivienda es un bien de primera necesidad para el desarrollo de la vida, no un mero activo financiero.
Cuando los espacios de máxima audiencia y los creadores de opinión digital dan cobijo a narrativas que criminalizan la lucha por la vivienda, actúan como cómplices de las estructuras de poder. La desacreditación pública que he sufrido no es casual, es la herramienta de quienes necesitan apartar del debate a quienes cuestionan sus privilegios. A las mujeres se nos exige demostrar permanentemente nuestra legitimidad, pero mi trayectoria en la defensa de los derechos sociales no necesita ser validada ni reinterpretada por el paternalismo machista. No voy a guardar silencio para acomodarme a su discurso, ni dejaré de señalar cómo el machismo mediático opera como guardián de la especulación inmobiliaria.

