Por: Rafael J. Rodríguez Marrero.D ocente jubilado e insumiso.
Sin quitarle razones al compañero Justo Soto en sus advertencias para evitar que las movilizaciones del 26S terminen en el silencio, como ha ocurrido -señala Justo- con las propuestas de la ciudadanía movilizada al calor de “Canarias tiene un límite”, creo conveniente hacer algunas anotaciones a lo aportado por el compañero en el artículo referido.
He participado desde la isla majorera en el nacimiento de estos movimientos que han “liderado” las movilizaciones más potentes conocidas en esta tierra nuestra, fragmentada, durante la presente década. Lo digo sin olvidar, cómo no, al potente movimiento feminista y LGTBQA+ (que cada año nos invita a cuestionar el patriarcado que, con tantos siglos a las espaldas, se ha introyectado de manera sibilina en las gentes). Un movimiento que, en oposición frontal ante las violencias machistas y en recuerdo del Día Internacional de la Mujer trabajadora (los 8M) viene logrando movilizar a muchísima población en nuestro archipiélago… y más allá.
Otro problema central en Canarias, que se denuncia y que ha movilizado históricamente a nuestra gente -el problema militar- también encuentra hoy en grupos como la Plataforma Canaria por la Paz y la Neutralidad y la Asamblea Antiimperilista de Tenerife -entre otras agrupaciones- un espacio para enfrentarlo; si bien, creo, la gravedad de la presencia militar reclamaría más intervención y movilización ciudadana -como se viene demandando desde hace ya tantos años por parte del MOC/Alternativa Antimilitarista-.
Sí se echa en falta mayores movilizaciones por parte de las y los trabajadores en los distintos sectores y ámbitos laborales en nuestra comunidad. Excepciones en este apartado también encontramos; hablo de las movilizaciones de las Kellys. Las organizaciones sindicales debieran plantearse las razones de la escasa combatividad obrera en Canarias.
Y en algunas CC.AA. las y los pensionistas también dan ejemplo movilizador. En Canarias -creo- haría falta más empuje, pese al trabajo que algunas personas mayores desarrollan para que no nos olvidemos de que lo que existe, lo logrado, se debe al trabajo de cuantas personas trabajadoras nos precedieron -hoy pensionadas-.
Resulta conveniente apuntar, positivamente y en línea con lo planteado por pensadores como Ramón Grosfoguel -por citar uno-, la idea según la cual cuando las personas viven dinámicas activas al interior de movimientos sociopolíticos -y los antes nombrados lo son- queda en ellas una impronta, un sello; de modo que no debemos desesperar al observar que determinadas dinámicas sociales pierdan brío; probablemente lo hagan de manera temporal. La impronta, el sello grabado en las gentes reflotará. Y no niego que esta afirmación mía contiene ciertas dosis de esperanza.
Pero volvamos al artículo del compañero Justo Soto. En uno de los apartados del texto, “cómo se apaga una protesta”, creo, el compañero ha evitado entrar en colisión con lo que algunas personas entendemos central: las maneras diversas en que lo institucional-burocrático apaga el fuego, el impulso a la revuelta. Y en estos casos -tanto alrededor de “Canarias tiene un límite”, como en relación a este movimiento que, preparándose desde hace unos meses, ha encontrado en el 26S su eclosión mediática- la retracción a los movimientos procede de personas que no han sabido gestionar la idea del PODER así como organizaciones políticas desamparadas en medio de una democracia que dice ser y no es. Y cuando cito el término “desamparado” refiero a la situación que debe vivirse al interior de organizaciones con ansias de poder, incapaces por sí mismas de acumular fuerza si no es aprovechándose de movilizaciones como las vividas.
Ese oportunismo político (que desgraciadamente vimos ampliamente manifiesto en España tras el 15M de 2011) empata mal, muy mal, con la ciudadanía que pide “democracia real”.
El compañero Justo apunta hacia ese asunto cuando señala -en el apartado de su escrito “qué debe evitar el 26S”- acerca de la necesidad de participación continuada y distribuida: “asambleas, comisiones, coordinación entre islas, formación, cuidado colectivo y rotación”. Y añade, la necesidad de construir “alternativas concretas: cooperativas de vivienda, huertos urbanos, energías renovables comunitarias, transporte público, sanidad y educación públicas, medios alternativos, redes de apoyo mutuo.”
Unas alternativas que aquí en Canarias, aún existiendo, son del todo insuficientes. Y es que estamos hablando de la hercúlea tarea de ayudar a superar, desde la periferia, la economía-mundo capitalista.
En el artículo del compañero se apunta, entre líneas, a una cuestión que es hoy central cuando se habla de movilizaciones socio-políticas: ¿dónde está el sujeto político?, ¿qué hace (o deja de hacer)?
Cualquier propuesta organizativa de carácter transformador encuentra aquí un importante límite. El neoliberalismo imperante desde hace décadas en el occidente colectivo (y más allá) ha inoculado una proclama básica a la mayoría de las poblaciones que me gusta nombrarla así: “yo, mi, me, conmigo mismo”.
Y, además, ha sacado de la chistera a un viejo metafísico luterano rancio del siglo XVII, T. Hobbes, recordándonos aquello de “homo homini lupus” (el hombre es un lobo para el hombre) con al menos, dos enseñanzas peligrosas para las gentes de bien: una, se necesita un poder omnívoro que nos discipline (el actual Estado securitario); dos, no te fíes del vecino; es tu competidor en la batalla darwiniana por la supervivencia.
Sin embargo, las gentes seguimos saliendo a las calles a protestar, llamando así la atención de los poderes políticos, ubicados en las instituciones. Pero mientras esas protestas no atenten contra el MONSTRUO, poco estaremos logrando aún.
NO es ocasión esta para debatir acerca de los modelos de democracia que se han ido implementando en el llamado occidente colectivo; pero, creo, sí es conveniente señalar (como lo hacen diversos autores) “la incompatibilidad potencial que se presenta entre las aspiraciones individualistas del neo-liberalismo y la noción democrática colectivista, de voluntad popular”, como recordaba hace décadas Barbara Goodwin (1).
Permítanme un breve excurso. Tendríamos que remontarnos a la antigüedad clásica, a la polis ateniense. Durante 140 años (entre el 461 y el 321 a.n.e. -año este en que fue conquistada por el imperio macedonio-) Atenas fue una república (de Ephialtes, de Pericles y Aspasia, de Sófocles, de Arquestratos, de Cleón, del meteco Lysias y de Demóstenes) gobernada sin interrupción por el “partido” democrático de los pobres que tanto criticó Aristóteles (un realpolitiker partidario de la república oligárquica).
Como con tanto fundamento nos enseñara el profesor Antoni Domènech (2) el diseño institucional de la democracia ática radical postephiáltica “consistió en hacer que los cargos públicos, así como la participación en las asambleas deliberativas y en los tribunales populares de justicia, fueran remunerados con fondos públicos”. Esa reforma institucional animó a la participación del dêmos pobre; le hizo irrumpir en la vida pública. Al tiempo, los ricos -que no precisaban de remuneración pública- se fueron desanimando de la participación política.
Nos sigue recordando el profesor Domènech que “en las iniciativas políticas de diseño institucional del mundo antiguo (yo añadiría también del mundo moderno y contemporáneo) es parte esencial del juego político el confinar al adversario en la vida privada”. (3) Algo que han sabido hacer, y muy bien, los diseñadores de esta democracia demediada que hoy tenemos.
Ahora, en pleno siglo XXI, a las gentes les cuesta salir a las calles a protestar. Los ritmos laborales sobrecargados y la pobreza en aumento dificultan la participación. El Estado securitario también aparece amenazante e impone miedo. Por cierto, ¿qué ha pasado con la Ley Mordaza que el actual equipo de gobierno progresista se había comprometido a derogar?.
La Atenas democrática radical resolvió el tema de la participación en buena medida… remunerando con fondos públicos a los participantes, como ya señalábamos.
Eso ahora (remunerar) se hace sólo con los elegidos a las instituciones representativas (lo que para tantas personas supone, sin duda, un atractivo laboral y también publicitario).
Sin embargo, el carácter no fiduciario del poder político y el inmenso poder económico de las oligarquías -antes tras bambalinas, ahora de forma manifiesta- perturban aquella idea de democracia como “movimiento hacia la universalización efectiva de la ciudadanía en aras de conformar efectivamente un TODOS capaz de autogobernarse”. (4)
Podríamos plantear, como conclusión -al menos provisional- que para alcanzar la democracia real deberemos acabar con los oligarcas y exigir la fiduciarización del poder político: bastaría con que los elegidos no cumplan con sus programas para que la ciudadanía les retire la confianza y tengan que abandonar sus cargos.
Y en ese esquema de democracia radical, sí caben -y mucho- las calles y las plazas.
El compañero Justo señala la paralización que ha sufrido un movimiento como el que ha representado “Canarias tiene un límite”. Una de las razones principales (bien que no la única) ha sido la llegada de arribistas desde partidos/organizaciones políticas para tratar de obtener crédito y visibilidad. Lo que no entiendo como negativo, salvo por la tendencia de tales organizaciones a atemperar los enfados lógicos de las gentes en movimiento.
Algo parecido puede ocurrir con el proceso que se visibilizó, inicialmente, el pasado 26S. Hay personas y partidos que tratan de “obtener tajada” de los enfados ciudadanos. Y ello puede suponer una rémora que atenta contra el movimiento.
¿Cómo enfrentar esas derivas?
Ya casi todo está inventado. En este asunto hay soluciones elementales y fáciles de implementar (para cualquier demócrata): asamblearismo de base en espacios diversos; luz y taquígrafo sobre los acuerdos tomados y las responsabilidades individuales asumidas, portavocías rotatorias, apoyo mutuo,…
Con esos mimbres (seguro hay otros) podremos “construir fuerza donde de verdad se decide, y poder para controlarla”, como indicaba en su texto el compañero Justo. De eso se trata.
NOTAS:
(1) Goodwin, Bárbara (1988):”El uso de las ideas políticas”. Ed Península, Barcelona.
(2) Domènech, Antoni (2004/2019): “El eclipse de la fraternidad. Una revisión republicana de la tradición socialista”. Akal, Madrid
Señalar que, además, Antoni Domènech fue el principal impulsor de una revista que se edita desde 2006, mantenida solo por colaboradores y simpatizantes y que en digital aparece en esta dirección: https://www.sinpermiso.info/
Creo no equivocarme si afirmo que es una de las revistas en lengua castellana más rigurosa dentro de la rica tradición de la familia socialista. Y lo digo con mucho respeto hacia otros más que interesante proyectos editoriales.
(3) Domènech, Antoni (2004/2017). Ibidem
(4) Guanche, Julio César (2012). Prólogo a la obra de Antoni Domènech “La democracia republicana fraternal y el socialismo con gorro frigio”. https://www.sinpermiso.info/textos/quienes-somos-todos-prologo-a-la-democracia-republicana-fraternal-y-el-socialismo-con-gorro-frigio

