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Home»Opinión»Política Opinión»A la ultraderecha global no se le gana con propaganda 

A la ultraderecha global no se le gana con propaganda 

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By Prensa CCPC on septiembre 9, 2026 Política Opinión
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 Por: Eloy Cuadra, escritor y activista social. 
Hace un par de días José Luis Sastre, periodista de la Cadena SER, hablaba preocupado sobre los extraordinarios resultados del partido ultraderechista AfD en las elecciones regionales de Sajonia-Anhalt en Alemania. Comentaba el locutor cómo han arrasado con el 43,8 % de los votos, buena parte de ellos entre parados, precarios, asalariados, autónomos, abstencionistas, jóvenes y jubilados. Al final de su alegato, el periodista se cuestionaba si este auge continuado de los partidos de ultraderecha en toda Europa, se pudiera deber a que no nos hemos estado haciendo las preguntas adecuadas. Algo con lo que yo no puedo estar más de acuerdo. Así que vamos, vamos a hacernos las preguntas que tocan, que son básicamente tres, solo tres. Y el problema -aclaro-, no está en las preguntas, fáciles de encontrar, sino en las respuestas, y en que no nos autoengañemos.
1.- La primera pregunta es más que evidente: ¿ por qué suben los partidos de ultraderecha en tantos países? Porque van contra el sistema (o al menos hacen cómo que van).
Primera clave: el principal problema de nuestras democracias occidentales es el vaciamiento efectivo de la palabra democracia en el que entramos tras la calculada salida de la crisis de 2008, cuanto la mayoría de derechos básicos (vivienda, alimentación, trabajo digno, sanidad, educación, subsidios adecuados, cuidados, pensiones) fueron progresivamente limitados por la vía de los recortes, las privatizaciones y la financiarización. Dicho de otra manera: los ciudadanos europeos conservamos formalmente esos derechos democráticos, pero solo en teoría, sobre el papel, porque en la práctica resulta cada vez más caro poder acceder a ellos.

Con esta realidad, buena parte de la población europea lleva años sufriendo, perdiendo calidad de vida. Los que más están sufriendo, con diferencia los jóvenes, imposibilitados para tener una vivienda o un trabajo estable, y a partir de ahí privados también de poder desarrollar cualquier proyecto de vida digna.

En este contexto, tenemos a unas poblaciones empobrecidas y muy cabreadas con nuestros gobernantes, que son los que nos han traído hasta aquí. Los partidos de ultraderecha entienden este cabreo y saben que pueden presentarse como no culpables, porque no han gobernado prácticamente en ningún sitio en las últimas décadas. Entendido todo esto, su táctica se dibuja perfectamente clara: deben ir contra el sistema, contra todo lo que puedan ir sin renunciar a su propios credos, y ganarse así a toda esa población fastidiada y cabreada con sus gobernantes, nacionales o europeos. Y así van contra las leyes de protección animal y las de protección de la naturaleza que tanto encarecen los alimentos, contra el feminismo, contra los derechos de las minorías, contra las políticas ecologistas, contra los impuestos que -según ellos- van a parar a la población migrante mayoritariamente, y, en general, contra la mayoría de políticas que salen de Bruselas, incluida la Agenda 2030, porque diluyen las soberanías nacionales.

Una vez establecida la estrategia, el segundo paso es identificar a los culpables, para que esa población cabreada tenga también a quien reprochar lo que les pasa y en último término incluso odiarlos. Y los culpables que han buscado ya los conocemos: los inmigrantes, los rojos, comunistas, chavistas, progres o como quieran llamarlos, las feministas, y todos los burócratas que andan por Bruselas legislando según la Agenda.

En este punto podría seguir argumentando con más y más evidencias, pero no haría más que dar vueltas sobre lo mismo. Es así de sencillo: hay un problema, lo identifican; y hay unos culpables, y los señalan. Y se acabó. Chao pescao, como diría la lideresa de la ultraderecha española.

2.- La segunda pregunta obligada que debemos hacernos deriva de la primera: ¿por qué funciona este planteamiento de la ultraderecha, cuando se ve tan simple e inconsistente? Porque ofrece una explicación política extraordinariamente sencilla a problemas que son extraordinariamente complejos.
Efectivamente, toca esta pregunta. Porque sabemos que la ultraderecha no va contra el capital financiero, ni contra las estructuras de poder. No van contra los fondos de inversión que lo acaparan todo, tampoco contra las políticas ultrabelicistas, ni contra las leyes que restringen libertades públicas. En realidad, sabemos que no van contra el sistema, no contra el meollo, no contra el capitalismo salvaje que nos ha empobrecido, resultando ser únicamente un placebo revolucionario que en realidad nos hace involucionar. Pero como digo: todo esto no importa. La gente quiere enemigos fáciles de identificar, y discursos rápidos.

Otro elemento que favorece esta comprensión simplista es el último informe PISA, que vuelve a poner de manifiesto la dificultad que tiene buena parte de la población, y especialmente los jóvenes, para entender textos largos, relacionar informaciones, distinguir hechos de opiniones o mantener la atención. En España, además, los resultados están entre los más preocupantes de Europa.

A esto hay que sumar unas redes sociales que han convertido la comunicación en una competición por captar nuestra atención en pocos segundos, donde triunfan los mensajes breves, las consignas, las imágenes efectistas, la chulería y las soluciones inmediatas. Explicar que un problema tiene diez causas exige tiempo; señalar a un culpable solo necesita una frase.

La vivienda, la precariedad, la pérdida de poder adquisitivo o el deterioro de los servicios públicos son problemas extraordinariamente complejos. Pero la ultraderecha los convierte en algo muy fácil de entender: hay un problema, hay un culpable y hay una solución. Y la gente quiere eso, explicaciones y soluciones sencillas, que además no les exigen renunciar a su forma de vida insostenible y autodestructiva.

3.- Y así llegamos a la tercera pregunta que debemos hacernos, obligada también, que cae por su propio peso desde las dos anteriores: ¿que están haciendo las izquierdas mientras tanto?
Esta es quizá la pregunta más incómoda de todas. Porque, a diferencia de la ultraderecha, las izquierdas sí han gobernado, y mucho. Han tenido mayorías parlamentarias, ministerios, presupuestos y décadas enteras para cambiar las cosas. En España ya van ocho años, con el gobierno supuestamente más progresista de nuestra historia. Por tanto, también tienen responsabilidad en la situación a la que hemos llegado.

Y el problema es que las izquierdas han dejado de cuestionar el sistema. Se creen, quizá, que la gente es tonta, y va a seguir comprando eternamente eso de que viene el lobo de la ultraderecha, malos malísimos, y aquí estamos nosotros los chachis desde nuestra supuesta superioridad moral. No amigos míos, eso ya no cuela. Las izquierdas deben ir también contra el sistema que está machacando y empobreciendo a la gente. Y no digo ya la seudo izquierda socialista de Sánchez y compañía -ellos nunca lo harán-, me refiero sobre todo a los que están más a la izquierda. Pero tristemente, aquí nadie parece querer cuestionar de verdad el poder financiero, ni la concentración de la riqueza, ni un mercado de la vivienda que expulsa a quienes viven de su salario, ni unas reglas económicas que permiten que los beneficios privados crezcan mientras se deterioran derechos públicos esenciales. No lo hacen con convicción y valentía desde las oposiciones, y mucho menos cuando gobiernan. Eso sí: mantienen sus discursos, sus cargos, sus privilegios y sus estructuras de poder, y se corrompen tanto como los otros. Después se sorprenden de que la gente deje de creerles.

Porque resulta difícil convencer a alguien de que estás luchando contra un sistema que le está perjudicando cuando ese sistema sigue exactamente igual después de que tú hayas gobernado. Y en este punto estamos ahora con las izquierdas. Si fueran honestas, no siendo capaces de transformar la realidad para mejorar la vida de la gente, al menos deberían explicar por qué no pueden hacerlo. Pero ni por esas. Las izquierdas actuales tampoco le explican a la gente por qué fracasan, lo único que hacen es mantener un relato de propaganda que ya nadie se cree, que a veces degenera hasta el paroxismo, como estamos viendo ahora con las explicaciones del Gobierno con respecto a lo de Ceuta.

Entonces sucede lo inevitable: la ultraderecha ofrece ruptura, culpables y soluciones inmediatas. No importa demasiado que sus soluciones sean falsas o que su supuesta rebeldía sea, en buena medida, una ficción. Al menos parecen estar contra algo. Y eso, en política, hoy, es suficiente para ganar una enorme cantidad de votos.

Acabando ya, sin querer ser demasiado pesimista, espero equivocarme con esto, pero creo que ya llegamos tarde. Las izquierdas han dejado pasar demasiado tiempo y llevan tantos años al servicio del sistema, que ya han perdido la poca capacidad que tenían para convencer. Los resultados en Alemania, las dinámicas europeas, la cercanía de las próximas elecciones, lo de Ceuta, la corrupción, ya no da tiempo de darle la vuelta. Es que además, el 15M queda demasiado lejos. Tan lejos que los jóvenes de ahora que tanto votan a la ultraderecha ni siquiera estaban entonces. Y a los que sí lo vivimos y empujamos, lo que nos queda es la traición, después de que prometieran, proclamaran, gobernaran y administraran, y no hayan sido capaces de transformar aquello que está haciendo que millones de personas se sientan abandonadas.

Dicho con otras palabras: había un vacío en el espacio político de los que defienden a los pueblos europeos empobrecidos y maltratados por el sistema, y hoy la ultraderecha ha ocupado ese vacío, con respuestas falsas, con odio, con violencia, con división, con involución, con lo que sea, pero eso ya no importa, hay enemigos, hay culpables, hay cómplices, y ellos traen sus soluciones fáciles. La partida, es posible que ya esté perdida. En mi descargo, diré que todo esto lo vengo diciendo, avisando de lo que pasaría, en mil artículos, con mi propia actividad como activista social, en tantas denuncias contra políticos de todos los colores, cuando en 2017 me presenté a Secretario General de Podemos en Canarias, y desde hace bastante más. No es consuelo pero, al menos nadie podrá decirme que no lo intenté.

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