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Home»Opinión»Política Social»Cansada de frases vacías, llenas de ideología. O la Pertenencia

Cansada de frases vacías, llenas de ideología. O la Pertenencia

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By Su Autor on marzo 24, 2026 Política Social
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Por: Balbina Martín Espínola

«Antígona no reformuló su narrativa interna: enterró a su hermano. Prometeo no meditó para aceptar la oscuridad: robó el fuego.  Héctor no buscó equilibrio emocional: defendió su ciudad. La felicidad, antes de ser un estado de ánimo, fue una cuestión de mundo compartido. A mí me gusta llamarlo pertenencia».

Los mitos nos enseñan que la felicidad requiere condiciones —a menudo colectivas— que la hagan posible, no solo trabajo personal. También desde la filosofía antigua, comenzando por Platón, se relaciona la felicidad propia con la justicia común.

Cansada de frases oportunistas y aforismos sabios, pero descontextualizados, en todos los medios, del tipo “ser feliz es una responsabilidad personal”,  “todo tiene un propósito”, “todo está en tu actitud”…

Cansada de las páginas  de gurús y especialistas que espían en las redes y  entran  sin obstáculos en los espacios privados, porque saben exactamente cuándo la vulnerabilidad está en horas bajas. Son los pretendidos peritos en  inteligencia emocional y técnicas de relajación, que, incluso desde dentro de las empresas,  aleccionan al personal laboral sobre la importancia del autodominio,  la resiliencia y la superación personal, mediante cursos de formación y charlas. Todo ello está encaminado a aumentar la productividad y disminuir las bajas laborales, con el fin de elevar los beneficios económicos empresariales.

Cansada de que se nos hable de empatía desde ciertos ámbitos institucionales, como en la reciente jornada del Día de la Mujer en el parlamento canario, en la que lució el lomo de una hipocresía institucionalizada, que utiliza las tribunas,  con la narrativa de que la empatía y los cuidados forman parte de la fisiología femenina.  Pero cuando una trabajadora, Melus Méndez —comprometida con lo humano y ecosocial— , desde el público habló para afearles “ la romantización de la imagen de la mujer” en un recinto público, lo que recibió de la presentadora y de políticas, sentadas en primera fila, se resume en una nueva línea discursiva condescendiente y paternalista, henchida de forzada empatía.  Intentaron invalidar la emotiva intervención de Melus, reinterpretando sus palabras, que fueron contundentes y no necesitaban reinterpretación, sino un aplauso, como el que recibió de sus compañeras; y después de este, en todo caso, hubiera merecido el respeto de una reflexión genuina en voz alta. Por cierto esta intervención tuvo miles de reproducciones en las redes sociales.

En fin, cansada de la actitud de aquellas personas que, no estando dispuestas a repasar los propios privilegios, sostienen discursos mediáticos sospechosamente empáticos, como el referido en el parlamento, donde se afirmó que “hay que cuidar a las que cuidan porque son el motor de la economía canaria”, lo que, bien administrada y en las dosis adecuadas, no deja de ser una sibilina fórmula de la política regional para que las mujeres acepten el rol de los cuidados, al tiempo que se sientan orgullosas de ello, pese a condiciones y sueldos miserables.

Me atrevo a decir que muchos de estos aforismos son un gran logro de la lógica laboral del neoliberalismo, para el que  dichos apotegmas trabajan sin cansancio y republicamos sin reparar en su alcance.

Cuando se afirma que la felicidad es cuestión de trabajo personal, se están invisibilizando de algún modo las condiciones materiales y patologizando el malestar social. Si la persona aparece como única responsable de su éxito o fracaso, se diluye la responsabilidad colectiva, empresarial e institucional. En la intervención en el parlamento Melus Méndez dijo “¿Saben qué son las camareras de piso? ¡Dolor!” —mientras le salían, desgarradoras, desde la misma boca del estómago, los cinco sonidos de aquella palabra, que logró juntar y que reverberó en la sala como el llanto de un bebé recién parido. Porque era también el lamento tardío de las miles de mujeres  que, en un gordo y pingüe embarazo de casi ocho décadas de turismo, aquel día por fin se le daba a luz.  Sin duda no sería lo mismo hablar de “trabajo personal” desde una posición de privilegio, sentada en primera fila, con un sueldo medio anual de unos 58.490 € más dietas, que desde contextos de precariedad estructural, con un sueldo cuatro veces inferior y sin dietas.

No creo —aunque me gustaría— que la felicidad sea solo una cuestión interna, de lo contrario, las históricas luchas por derechos laborales no hubieran mejorado la calidad de vida, ni el sufragio femenino hubiera transformado la autonomía vital de millones de mujeres, ni la educación y sanidad públicas tendrían una correlación directa con el estado de bienestar.

Gracias al movimiento feminista, y a la obra de Simone de Beauvoir, entre otras de antes y después, hemos sabido que muchas patologías de las mujeres no eran de génesis individual, sino derivadas de las estructuras de dominación.

Pero vamos a la trampa moral en la que se nos hace caer.  Cuando se afirma, sin matices, que “la felicidad depende de ti”  es un empujón al pozo de la culpa: si eres feliz es mérito propio/si no lo eres es fallo personal. Un discurso  reaccionario que puede despolitizar el sufrimiento, toda vez que la tristeza o la ansiedad dejan de interpretarse como posibles respuestas comprensibles a situaciones injustas, y pasan a verse como defectos de carácter o falta de madurez emocional. Quizá la postura más sólida no sea negar  la importancia del trabajo personal, sino situarlo en relación con lo social. Sí, existe un margen de agencia individual. Pero ese margen está condicionado por estructuras económicas, culturales y de género.

En los mitos clásicos, que, como sabemos, surgen de las raíces profundas del árbol social de la comunidad que los articula para entenderse, encontramos muchos testimonios.

Prometeo, por ejemplo, representa el sufrimiento por el bien común de la humanidad cuando roba el fuego a Zeus para entregárselo a esta, a sabiendas de que será castigado con terribles padeceres. No actúa buscando su felicidad personal, sino el progreso colectivo. Si la felicidad fuera solo responsabilidad individual, ¿habría sido su figura simbólica el bronce bruñido en el que desearíamos mirarnos? Es un héroe civilizatorio que encarna la idea de que el estado de bienestar es fruto de actos colectivos. Por tanto, el progreso implica conflicto con el poder. El fuego no es una actitud mental: es tecnología, cultura, posibilidad material, techo, calor, hogar. Antígona representa la conciencia moral contra el orden establecido. Cuando desobedece la ley de Creonte para enterrar a su hermano, no lo hace por autorrealización, sino por lealtad a una ley superior. Su acto demuestra que  el malestar contra las tiranías no se resuelve gestionando emociones, sino enfrentando una injusticia estructural. La ética no se agota en la autorregulación emocional. Ella busca ser justa y su sentido de la justicia encontrará un eco profundo en la posterior eudaimonía  (εὐδαιμονία de Platón), concepto que refiere la felicidad verdadera, un principio cósmico y moral, inseparable de la pertenencia a la comunidad.

Por otro lado, el estoicismo, lejos de la versión superficial contemporánea más mediática, es más complejo y enseña a aceptar lo que no se puede cambiar, conforme a la virtud. Y la virtud incluye justicia, compromiso con la comunidad y deber político. Marco Aurelio  recuerda constantemente (memento mori) que es parte de una comunidad humana. El trabajo interior no es ningún problema, lo es su desvinculación del mundo común.  También Espartaco tensiona la idea del bienestar como un asunto interior. Es un esclavo que lidera una rebelión contra Roma (la llamada Tercera Guerra Servil) con un gesto no introspectivo, sino insurgente. Si aplicáramos el aforismo contemporáneo “la felicidad depende de tu actitud”, la recomendación implícita es “acepta tu condición. Trabaja tu resiliencia. Encuentra sentido dentro del límite”. Pero Espartaco convierte el malestar en acción colectiva porque él no busca serenidad en la esclavitud, sino abolirla.

Si en los años 50 se hubiera impuesto el discurso actual de la autoayuda, el mensaje habría sido “mujer, ajusta tus expectativas. Practica gratitud. Reinterpreta tu rol”. Pero el feminismo hizo lo contrario: desobedeció, nombró la opresión, politizó la experiencia, transformando leyes e instituciones.

Cuando el malestar tiene raíces estructurales, convertirlo en un problema de actitud es una forma de neutralización política.  La consigna implícita es “si no puedes con todo, no estás gestionándote bien”. Pero cuando aún la carga mental, la brecha salarial, la violencia simbólica o la desigualdad en los cuidados no son fallos individuales sino estructuras persistentes, se alza en el parlamento canario una voz referente entre el público, que deja, no claro, “¡clarinete!” cómo la política olvida su dimensión ética comunitaria y feminista, y lo hace al grito de “¡qué genes! ¡Qué genes! ¡Estoy cansada de los genes!” (Melus Méndez).

Quizá la felicidad sea la posibilidad de vivir en un mundo donde no sea necesario desobedecer para ser digna, pero, mientras ese mundo no exista, tal vez convenga desconfiar de los aforismos que nos piden calma, cuando lo que se necesita, a veces, es coraje.

En el escenario donde estoicos cultivan su jardín interior y Espartacos rompen cadenas, emergen otras muchas, como también Lisístrata, que sorprendió con que lo íntimo podía ser arma colectiva, o como Medea, que nos susurraría que el dolor negado termina incendiándolo todo. Quizás todas, legendarias, históricas del feminismo y contemporáneas, y la voz de cabello blanco alzada entre el público del parlamento, añadan otra dimensión: la del cuerpo sitiado, la del conflicto encarnado, la del límite a la obediencia, convencidas de que algún día se podrán hacer juguetes a la justicia social y al amor “con las viejas argollas/ de las cadenas de la tierra”1

Del poema Rebelión de la escritora canaria Mercedes Pinto.

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