Por: Joaquín Hernández
CUADERNO DE BITÁCORA
Hace unos días, en una de las diversas tertulias de la tv, hablando sobre el tema de la vivienda y los problemas que conlleva ser “propietario”, una señora se quejaba amargamente de su situación de “pobreza” provocada por un inquilino al que alquilo su apartamento y llevaba 6 meses sin pagar el arrendamiento, lo que había provocado una demanda de desahucio del “inquiokupa” (palabreja inventada para definir a un inquilino moroso). No entendía muy bien a que clase de “pobreza” se refería esta señora ya que residía en un piso de su propiedad y, además, “ahorrando toda su vida” se había podido comprar un apartamento para tener asegurada una renta de por vida. La mujer llorisqueaba y pedía a la justicia celeridad en desahuciar al “inquiokupa”.
Cuando termino el lacrimógeno relato quedé pensando en que a millones de españoles les gustaría tener el grado de “pobreza” de la señora en cuestión, con dos propiedades inmobiliarias. Lo que si estaba claro es que no pasaba hambre.
Porque la pobreza es la condición de las personas que carecen de recursos económicos necesarios para cubrir sus necesidades básicas, como alimentación, vivienda, educación, salud y acceso a los servicios básicos de agua potable, electricidad y saneamiento. No se limita a la falta de ingresos, también implica la privación de oportunidades y derechos fundamentales como lo es la dignidad del ser humano, afectando el bienestar físico, mental y emocional.
En todo caso, la pobreza elimina la dignidad de los seres humanos-
Todos los pasos de la humanidad han ido dirigidos por y para la dignidad del ser. Tanto en la Carta de los Derechos Humanos, como en todas las Constituciones de los países del planeta Tierra, incluida la española, todos sus artículos y enunciados van unidos directamente a lograr la plena dignidad del hombre y mujer.
Pese a esas intenciones, hoy nos encontramos que son los propios Estados, aquellos que pisotean, degradan y apalean ese grado de dignidad conseguido a través de los siglos.
La secta política, formada por partidos que sirven como guaridas donde se refugian “delincuentes legales”, donde exhiben las diferencias entre sus privilegios y las del resto del pueblo que dicen representar. La dignidad del ser humano es inviolable.
Su cuidado y protección es obligación de todos los poderes del Estado. Paradójicamente es el propio Estado de Derecho y Democrático el primero en violar, en lugar de proteger, de velar por esa inviolabilidad de la dignidad. Es el primero, sin importarle las leyes que ellos mismos dictaron, que atenta con alevosía y premeditación contra ese precepto básico cual es el derecho fundamental al honor.
Cuando la Justicia actúa en contra del menos favorecido a favor del más poderoso, cuando interpreta la ley de forma injusta, atenta gravemente contra la dignidad del pueblo.
Cuando el desempleo sigue siendo el denominador común de una sociedad y el Estado no actúa con diligencia y eficacia para solucionar el drama del paro obrero, atenta gravemente contra la dignidad humana.
Cuando se crean leyes para beneficio de oscuros intereses financieros, se decreta en contra de la mínima justicia social y se deja al albur a cientos de miles de familias abocadas a la miseria perdiendo su hogar, esos gobernantes atentan gravemente contra la dignidad del ser humano.
La Justicia si fuera justa, equitativa e igualitaria para todos, actuaria en contra de tanta barbarie cometida cuando se vulnera el primer derecho fundamental de la persona, cual es salvaguardar su honor y su dignidad.
Para acallar conciencias, hemos “clasificado” los distintos “grados de pobreza”, asi llamamos:
“Pobreza absoluta”, “Pobreza relativa”, “Pobreza extrema” y “Pobreza multidimensional” , todo esto queda resumido en la frase: “perdida total de la dignidad del ser humano”.
Actualmente existen 2.900 millones de personas en situación de pobreza extrema, quiere decir que sobreviven con menos de 2 dólares al día y otros 1.100 millones están en pobreza multidimensional, o sea, sin acceso al agua potable, vivienda, educación, salud, sin nada, viviendo bajo las inclemencias de la vida. Para estos 4.000 millones de seres humanos, la dignidad no existe, nunca la han conocido.
Mientras todo esto sucede, las guerras continúan y el gasto que suponen superan el billón de dólares en los últimos 26 años del siglo XXI.
Las guerras, el genocidio, la tragedia de la invasión de países poderosos a los más débiles también supone atentar sobre la dignidad del ser humano.
La verdad es que no sabemos nada de la dignidad, solo miramos nuestro sucio y apestoso ombligo, y así nos va.

