José Manuel Rivero. Abogado, analista político
El imperialismo estadounidense, en su fase de declive hegemónico y ante la emergencia irreversible de un mundo multipolar, acelera su maquinaria militar para asegurar los nodos geoestratégicos del planeta. Las recientes maniobras de Washington, que abarcan desde las gélidas latitudes árticas hasta el vital Estrecho de Gibraltar, no son episodios aislados. Bajo la lente del materialismo histórico, se revelan como parte de una misma ofensiva del capital y su complejo militar-industrial: blindar su dominio global mediante el control territorial directo y la instrumentalización de regímenes subalternos.
El reciente acuerdo por el cual Estados Unidos asume el «control permanente» de la seguridad de Groenlandia representa una claudicación histórica. Escudado en la retórica de la contención frente a Rusia y China, Washington ha logrado lo que llevaba años exigiendo: la capitulación militar y económica de un territorio inmenso, rico en recursos y clave para el dominio del Ártico. Trump ha celebrado que este pacto otorga a EE. UU. la capacidad de hacer «lo que sea necesario para defender la isla», a coste cero y con potestad de veto sobre bases militares de sus «enemigos» e «inversiones sensibles». Mientras el primer ministro groenlandés, Jens-Frederik Nielsen, legitima el pacto apelando a la «cooperación internacional», resultan verdaderamente vergonzosas las declaraciones de la primera ministra danesa, Mette Frederiksen. Al intentar maquillar esta flagrante cesión de soberanía como algo «bueno para la OTAN y Europa», Frederiksen retrata a la perfección la verdadera naturaleza de la Alianza Atlántica: no es una coalición defensiva, sino la estructura subalterna de Estados Unidos, diseñada para imponer un seguidismo lacayo a unas élites europeas dispuestas a entregar su territorio al dictado del Pentágono sin el menor pudor.
Este mismo patrón de asfixia geoestratégica se proyecta con crudeza sobre el Norte de África. El cerco sobre Ceuta, en la que se instrumentaliza la manifiesta ambición anexionista de Marruecos no pueden leerse al margen de los intereses de Washington. El control absoluto del Estrecho de Gibraltar es un imperativo categórico para el despliegue naval y comercial del eje atlantista.
La crisis de Ceuta, desencadenada por la entrada masiva de casi 80.000 personas a finales de julio —con el trágico saldo de 141 muertos en el mar—, constituye un episodio paradigmático de guerra híbrida. El Parlamento Europeo, en una reciente resolución impulsada por el Partido Popular Europeo (PPE) con el apoyo de grupos de ultraderecha y parte de los liberales, ha condenado «la instrumentalización de la migración irregular como elemento de guerra híbrida contra la integridad territorial de un país de la UE». El texto señala directamente a Rabat y advierte que cuestionar la soberanía española de las ciudades autónomas es incompatible con sus relaciones comunitarias.
Sin embargo, sería un grave error analítico interpretar esta resolución como un respaldo inequívoco al Gobierno español. Al contrario, el texto evidencia una pinza operativa entre el Parlamento Europeo y el bloque reaccionario español (PP y Vox) para asediar al Ejecutivo de Pedro Sánchez. La resolución alinea a las instituciones europeas con la estrategia de la derecha y la ultraderecha española, allanando el camino para forzar un adelanto electoral. No es casual que Alberto Núñez Feijóo haya calificado la situación como el «epitafio» de Sánchez, responsabilizando a Marruecos pero acusando simultáneamente al presidente de no haber hecho nada para impedir la entrada masiva de inmigrantes, que Vox califica de traición y desacreditar a los servicios de inteligencia del Estado, que según este bloque reaccionario estaba informado previamente. Por su parte, el PNV constata que el Gobierno está «desbordado» y sugiere un posible chantaje marroquí, recordando que Rabat se ha reforzado geoestratégicamente gracias a su alianza con Trump, sus inversiones en espionaje y su creciente aproximación a Israel.
La operación de acoso y derribo es diáfana. Mientras Bruselas emite condenas retóricas, el PP bloquea en las Cortes cualquier mecanismo de redistribución de los casi 10.000 migrantes atrapados en Ceuta, ahogando a la ciudad autónoma. La Unión Europea, a su vez, guarda un silencio cómplice, permitiendo que el drama humanitario se enquiste. El objetivo no es otro que provocar una situación de colapso humanitario y de derechos humanos en la frontera sur que fulmine al Gobierno mediante un derrocamiento institucional, un golpe blando apoyado en el caos migratorio. Una vez instalado un ejecutivo de la derecha, el control del Estrecho quedaría garantizado en manos de un gobierno incondicionalmente alineado con Washington y Tel Aviv. Este nuevo bloque haría exactamente lo que Dinamarca con Groenlandia: ceder el control estratégico del Estrecho a Estados Unidos e Israel sin necesidad de cuestionar formalmente la soberanía nominal de las ciudades españolas. Así se entiende la resolución europea: la defensa retórica de la «españolidad» es solo la coartada perfecta para consumar el vuelco político interno.
Lo que verdaderamente subyace bajo esta presión no es un mero desajuste migratorio, sino la instrumentalización de una frontera exterior de la UE para alterar el equilibrio del Estrecho. Se busca garantizar que este vital cuello de botella marítimo quede bajo la órbita inexpugnable de los socios de Estados Unidos, desplazando cualquier control soberano que resulte molesto o titubeante. Como advierte la prensa conservadora, la política de apaciguamiento con Rabat ha fracasado, utilizando las regularizaciones del Ejecutivo español como pretexto para agitar el efecto llamada y justificar nuevas agresiones.
Para consolidar este cerrojo, el imperialismo se sirve de sus peones regionales. La elevación de las relaciones diplomáticas, de inteligencia y de seguridad entre Marruecos y la entidad sionista de Israel cumple una función netamente operativa. El teniente general Aviv Kohavi, exjefe del Estado Mayor israelí, ha escenificado la profunda cooperación militar entre ambos regímenes, priorizando el intercambio de inteligencia, el adiestramiento de tropas y el desarrollo de armamento conjunto.
Fortalecido tecnológica y militarmente por la ocupación israelí —con un presupuesto de defensa proyectado en 14.500 millones de euros para 2026—, el régimen marroquí actúa como punta de lanza de los intereses estadounidenses, operando con una impunidad absoluta. La presión constante sobre Ceuta es la herramienta táctica de una estrategia de dominación mayor. La entente entre la monarquía alauí y el sionismo es una alianza apadrinada por el imperialismo para asentar su hegemonía en el Magreb y en el flanco sur de Europa, garantizando la perpetua subyugación de los pueblos de la región.
En este tablero, la doble moral de las instituciones continentales es clamorosa y responde a su estricta subordinación anglosajona. El PSOE votó en contra de la resolución parlamentaria para no incomodar a Marruecos, evidenciando un aislamiento que la prensa define como «la soledad de Sánchez». Pero lo más significativo es el contraste en las respuestas: mientras la OTAN y la UE aplauden la claudicación de Groenlandia ante EE. UU., en Ceuta abandonan a un Estado miembro a su suerte ante un ataque híbrido. Ni la OTAN ni la Unión Europea asistirán al actual Gobierno español en la defensa de su frontera porque su prioridad no es proteger a España, sino precipitar la caída de un Ejecutivo que osó vetar el uso de las bases de Morón y Rota para agresiones estadounidenses e israelíes contra Irán el pasado mes de febrero.
Como advertía Gramsci, el viejo mundo se muere y el nuevo tarda en aparecer, y en ese claroscuro surgen los monstruos. La militarización del Ártico mediante la apropiación de facto de Groenlandia y la desestabilización del Estrecho de Gibraltar mediante el expansionismo marroquí-israelí son los síntomas morbosos de un imperio en crisis. Incapaz de sostener su dominio mediante el consenso, recurre al vasallaje atlantista y a la agresión delegada para aferrarse a una hegemonía que se resquebraja. Ceuta no es una crisis fronteriza más: es el laboratorio donde se ensaya el control militar del Estrecho y, simultáneamente, la palanca para derrocar a un gobierno incómodo. El «epitafio» que proclama la derecha española no es un simple augurio electoral, sino la constatación de que las fuerzas reaccionarias, internas y externas, han elegido la ciudad autónoma como el campo de batalla para dirimir la rendición del Gobierno español. Y Europa, como sucedió en el hielo groenlandés, ya ha decidido de qué lado está: el de quienes pretenden entregar las llaves del mundo al imperio.

