Por: Joaquín Hernández
CUADERNO DE BITÁCORA
Si se dan cuenta, si nos detenemos un minuto en comparar el año 2025 del siglo XXI, con el año pasado y los anteriores, observaran como vamos perfeccionando la maldad, la crueldad, el terror, nos estamos convirtiendo en verdaderos depredadores de la naturaleza y nadie parece darse cuenta, o si nos damos cuenta pasamos delante de este dramático baile de los malditos sin parar la música.
Desde el comienzo del siglo XXI la humanidad nunca ha estado tan en peligro de desaparecer como en estos últimos 24 años.
Tragedias naturales que se suceden con una frecuencia inusitada, tsunamis, volcanes que parecían dormidos vomitan su lava mortífera, riadas que arrasan ciudades y pueblos, causando dolor y muerte por donde pasa, terremotos de escalas inconcebibles hacen desaparecer poblaciones con decenas de miles de muertos. Crisis económicas que no dan respiro, una detrás de otra, dejan en la miseria más profunda a miles de millones de seres humanos, pandemias de virus creados en laboratorios, virus elaborados para matar y que parecen prepararnos para una guerra química.
Cuando todo parecía tocar fondo, las ansias de poder de los tiranos vuelven a mostrarnos a los jinetes del apocalipsis aún más crueles y sofisticados para asesinar a los débiles, a los indefensos a mujeres y niños, a gente que su única culpa es vivir en Ucrania o Gaza, Libia, Siria, Sudán, etc.
Si, definitivamente, en la escala de la crueldad la humanidad ha subido al pódium, a lo más alto de la maldad, desgraciadamente en este aspecto hemos evolucionado exponencialmente en cantidad y calidad, matar más y mejor es la mayor inversión de los países en investigación y desarrollo.
Nadie parece hacer nada para evitar las guerras, todos nos miramos nuestros sucios ombligos y pensamos que con nosotros no va esa “historia”, ya no nos asombran los muertos en pateras, ni siquiera las bombas rusas en Ucrania que asesinan a la población, tampoco las bombas israelíes en la franja de Gaza, bombas sofisticadísimas capaces de taladrar hasta los cimientos un rascacielos y explotar en su interior, dejando desparramados los cuerpos de los habitantes del edificio. El caos en Gaza ha llegado a tal extremo que los restos humanos son enterrados en fosas comunes, y la única forma de identificarlos es el tatuaje con su nombre que se hacen en las piernas y brazos para que sus familiares, caso de ser asesinados, puedan saber que han fallecido.
Mientras el terror azota el planeta, la Organización de las Naciones Unidas, se ve impotente y se muestra obsoleta e inservible. La Declaración Universal de los Derechos Humanos es una mera declaración de intenciones sin más. Los “cascos azules” incapaces de actuar como “policía mundial” se han convertido en una comparsa de marionetas a los que nadie hace caso.
Putin expone su deseo de llegar hasta el final, estamos al borde de la 3ª guerra mundial y la guerra de Ucrania parece seguir los pasos de Vietnam o Afganistán, por su parte Netanyahu imita a Hitler y quiere acabar el holocausto palestino borrándolos del mapa, esta vez con la complicidad de EE. UU.
Dentro de todo horrible maremágnum la gente se deshumaniza y la empatía con las víctimas no existe, es posible que con tantos “daños colaterales” se esté produciendo una especie de blindaje de nuestras emociones, una coraza que justifique nuestra cobardía para acabar con tanta cabronada.
Mientras todo esto sucede, en el mundo entero avanza como uno de los jinetes apocalípticos la ultraderecha fascista y avisándonos de una nueva situación mundial, gana adeptos a su causa implantando la tiranía donde pone sus afiladas garras.
La solución está en salir a la calle en una manifestación de miles de millones de personas, en todas partes del mundo y dispuestas a todo, hasta que se enteren que somos nosotros, la humanidad, quienes dispongan su presente y futuro.
Por mi parte, cuando se pare un momento, quiero bajarme de este perro, asqueroso pero maravilloso mundo.

