Por: José Manuel Rivero
El 26 de septiembre de 1960, Fidel Castro, joven líder de la Revolución Cubana recién triunfante, conmocionó a la Asamblea General de la ONU con un discurso de casi cinco horas que pasaría a la historia no solo por su extensión, sino por su contundencia política. En el corazón mismo de la institucionalidad internacional, denunció al imperialismo norteamericano, su maquinaria bélica, sus instrumentos de coerción económica y la arquitectura global erigida para perpetuar la dominación de las potencias occidentales sobre los pueblos. No fue una protesta circunstancial, sino una exposición analítica que conserva una vigencia extraordinaria en la actualidad, pues delineó las contradicciones esenciales de un imperialismo que aún define las dinámicas del siglo XXI.
En aquella intervención, Castro señaló con lucidez que la carrera armamentista y la amenaza nuclear no constituían una garantía de paz, sino el peligro más grave para la supervivencia de la humanidad. Lo que entonces denunció como una irracionalidad del imperialismo se ha materializado hoy en la política sistemática de la OTAN, alianza militar al servicio de los intereses de Estados Unidos, que se expande hacia el este de Europa —aproximándose a las fronteras de Rusia— y hacia el Indo-Pacífico y reinicia una fase de rearme continental. Los pueblos se ven arrastrados así a un nuevo ciclo de militarización que multiplica los beneficios de la industria bélica norteamericana, mientras condena a millones a la pobreza. La retórica imperial sobre la “defensa de la democracia” encubre la verdadera amenaza: la estrategia de dominación global de Washington, impuesta mediante la OTAN y su red de bases militares dispersas por todo el planeta.
Fidel advirtió que las naciones periféricas serían las principales afectadas en cualquier confrontación entre potencias. Esta previsión se confirma trágicamente en la actualidad: Ucrania se ha convertido en el campo de batalla de una guerra propiciada por la expansión de la OTAN y la voracidad del complejo militar-industrial estadounidense, mientras Palestina padece lo que destacados juristas, organismos de derechos humanos y la propia Corte Internacional de Justicia investigan como posibles actos de genocidio, una barbarie respaldada con financiamiento, armamento y veto político por parte de Estados Unidos en la ONU. Su propuesta de destinar los recursos de la guerra al desarrollo adquiere hoy una urgencia aún mayor, en un mundo donde la crisis climática exige una movilización global de medios que la lógica capitalista impide realizar.
Otro eje fundamental de su discurso fue la denuncia de la agresión económica. Castro expuso cómo el imperialismo emplea el bloqueo, las sanciones y el chantaje financiero como armas de guerra contra los pueblos que eligen un camino soberano. Hoy, estas prácticas se han generalizado: Cuba sigue sufriendo el bloqueo económico más prolongado de la historia; Venezuela, Irán y Rusia enfrentan sanciones unilaterales que buscan someterlos mediante el hambre y la escasez. Estas medidas, que violan abiertamente el derecho internacional, son presentadas por la propaganda imperial como “instrumentos de presión diplomática”, cuando en realidad constituyen crímenes de lesa humanidad. Como bien señaló Fidel, son castigos aplicados contra quienes defienden su soberanía y rechazan la subordinación al capital monopolista.
La crítica de Fidel a la ONU ha resultado profética. En 1960 denunció que el derecho a veto en el Consejo de Seguridad era un instrumento de dominación que anulaba la voluntad de la mayoría de los pueblos. Sesenta y cinco años después, esa denuncia mantiene toda su vigencia. La ONU se ha mostrado incapaz de detener la masacre en Gaza, de frenar la expansión militar de la OTAN o de hacer respetar el más elemental derecho internacional. Se ha revelado como un organismo secuestrado por las potencias que tienen el “derecho de veto”, diseñado para gestionar su hegemonía y negar la soberanía plena de los pueblos. La voz de Fidel en la ONU fue un acto de insumisión que hoy conserva toda su fuerza.
Siguiendo la enseñanza de Pierre Vilar, abordemos estas lecciones desde el rigor del materialismo histórico, que nos revela cómo las estructuras de dominación imperialista no son coyunturales, sino parte de un sistema que reproduce sus contradicciones hasta que los pueblos lo transforman. Fidel lo comprendió y lo denunció con la claridad de un revolucionario. Sus palabras no son una reliquia del pasado: forman parte del arsenal teórico y político de la lucha actual. En ellas late el llamado a unir a los pueblos contra el imperialismo, a desmantelar la maquinaria bélica norteamericana, a romper las cadenas de la deuda y las sanciones, y a construir un orden internacional verdaderamente justo y democrático.
Hoy, cuando el Sur Global se alza reclamando su lugar en la historia y cuando la soberanía de los pueblos es amenazada por la agresión económica y militar del imperialismo, la voz de Fidel sigue siendo brújula y arma de combate. Su discurso de 1960, y los que pronunció durante décadas contra la OTAN, el bloqueo y el saqueo imperialista, continúan marcando el camino: el de la resistencia, el de la unidad de los oprimidos y el de la lucha por un mundo socialista donde la paz y la justicia no sean consignas vacías, sino realidades conquistadas por los pueblos.

