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Home»Opinión»Política Opinión»Donde empieza la violencia

Donde empieza la violencia

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By on agosto 5, 2025 Política Opinión
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Por Eloy Cuadra, escritor y activista social.

Tengo fama de radical en algunos círculos, y he de admitir que lo soy, aunque no por el lado con el que se ha popularizado el término. No voy -ni me habrán visto nunca- insultando ni golpeando a nadie, ni quemando contenedores, volcando coches o haciendo barricadas, ni alentando a nadie a que lo haga, pero sí me gusta ir a la raíz de los problemas. Y es que eso, justamente, es lo que supone ser radical, del latín radix, que significa “raíz”. Radical no es por tanto quien grita más, ni quien rompe más cosas, es el que se atreve a preguntar por las primeras causas, por el origen de los problemas, y no se conforma con el primer argumento que le llega, porque es fácil de entender o porque le viene bien a su grupo o a su manera de ver el mundo. Porque esto, precisamente esto, es lo que pasa en la actualidad, cuando todo parece concebido en base a discursos simples o sesgados.

Hecha esta introducción necesaria, conviene preguntarnos con honestidad: ¿qué está ocurriendo en Canarias -aunque esto podría ser extensivo a toda España- con la violencia exacerbada que sufrimos?  Asistimos a un goteo constante de homicidios, desapariciones inexplicables, mujeres violentadas, quemadas o asesinadas, ajustes de cuentas, niños maltratados, jóvenes delincuentes, peleas en bares, en fiestas, en partidos de fútbol… Todo ello en la comunidad autónoma con el índice de litigiosidad judicial más alto de España. ¿En serio estamos así? ¿Dónde ha quedado la bonhomía habitual del canario? Y estas preguntas nos llevan a otras más incómodas y profundas. ¿Hay un origen en esta violencia generalizada? ¿De dónde sale, de qué simiente, de qué semilla ha brotado? ¿A qué lógica responde, esta violencia que nos mata y nos arrebata la vida? ¿Es natural al ser humano y solo nos cabe contenerla (Hobbes), o cómo decía Rousseau, somos buenos, compasivos y libres en el estado de naturaleza, y es la sociedad la que nos corrompe? No sé si es porque he tenido hijos y he podido ver cómo es el ser humano en su estado de naturaleza inicial, o se debe a una cuestión genética o experiencial diferente, pero me decanto más por esta segunda teoría. Y si los niños no odian ni excluyen por naturaleza, solo lo hacen cuando aprenden a hacerlo, cuando el mundo les enseña que hay que pisar para no ser pisado, entonces, habrá que buscar a los que nos enseñan a ser así, si queremos ir a la raíz.

No se trata -aclaro- de justificar o excusar al que violenta, golpea o mata a otra persona, pero sí de repartir culpas, y apuntar a los ideólogos que están sembrando desde espacios de influencia y poder esta forma de sociedad. En esta deriva involucionista, no sé ustedes pero yo observo un punto de inflexión en la nueva política que se instauró en España con la llegada de Pedro Sánchez y las izquierdas alternativas al poder. No digo que los de antes fueran mejores, seguramente fueron peores, pero el señor “M. Rajoy”, probablemente metido hasta el fondo en la trama corrupta del Partido Popular, al menos se esforzaba por ser educado y correcto en el debate político. A su salida se abrió la veda de la mala educación, la chulería y el insulto, a hablar de felón, autócrata, psicópata, perro, comunista, fascista, chavista, franquista, el puto amo, mafia o “me gusta la fruta”, por no citar las barbaridades a las que han llegado los alvises, los abascales y compañía. Y esta violencia verbal que se ha colado en el discurso político no es banal. No es solo una cuestión de maneras, de decoro o de estilo, es una forma de contagio moral, una pedagogía oscura que va enseñando a la ciudadanía que gritar vale más que argumentar, que atacar al adversario es más rentable que confrontar ideas, que todo vale con tal de no perder.

Y si el primer escalón en la espiral de la violencia es la mala educación, impuesta desde el poder,  el segundo escalón lo conforman la mentira y la manipulación, aún más corrosivas porque socavan el suelo mismo sobre el que se construye toda convivencia, y toda democracia: la verdad compartida. La mentira además violenta la inteligencia del otro, y lo humilla sin necesidad de gritarle. Y otra vez es algo que viene y se enseña desde arriba. Así, cuando una autoridad miente deliberadamente, está usando su poder para distorsionar la realidad y someter la conciencia de los demás, obligándonos a creer lo que no es, y a tragar con la verdad mentirosa del poder. El drama del asunto es que si un político tiene la mentira y la manipulación de su lado, ya no necesita ser buen político ni solucionar los problemas de la gente, le basta con pintar la realidad a su acomodo y tapar, manipular o criminalizar la realidad que no le conviene, y en ese punto hace ya mucho tiempo que estamos. Ejemplos elocuentes de esta violencia en forma de mentira, todo el espectro político, y por esta parte del mundo el señor Clavijo con su “modo canario” de hacer política, puestos a su servicio muchos medios de comunicación -en especial la TV Canaria, convertida ya en revista de propaganda-, controlada la Diputación del Común y otras tantas instituciones, y tendida su red de influencias hasta extremos insospechados. Sin ir más lejos, en plena guerra de algunos contra el ecocidio de Cuna del Alma y la corrupción del PSOE canario, ahora que también apuntamos a CC y PP por colaboracionistas prevaricantes, como no están dispuestos a ir contra el cacique sureño -por aquello de que “perro no come perro”-, van y le dan justamente esta semana desde el Gobierno de Canarias el premio al Ayuntamiento de Adeje (PSOE) como excelencia en el Turismo en Canarias, aunque todos sabemos que es una patraña, es contrapolítica, es usar las instituciones para manipular y criminalizar a los canarios que luchan. Pues esto, también es violencia.

El tercer escalón en esta espiral descendente de la violencia es la polarización. Es sencillo: cuando todos mienten, y nadie asume ya un mínimo compromiso ético y político con la verdad, el debate público queda reducido a una guerra de acusaciones cruzadas. Unos señalan las mentiras de los otros, los otros devuelven el golpe con más fuerza, y así se alimenta un clima de sospecha y enfrentamiento en el que ya no importa lo que es cierto, solo de qué lado estás. Y cuando ya no hay verdad compartida, lo único que queda es el bando. Lo que vemos hoy en España y por extensión también en Canarias, es el resultado de años de esta lógica destructiva: un país partido por la mitad, donde la derecha y la izquierda no se enfrentan con ideas, lo hacen con fanatismo y trincheras. En este ambiente, ya no se tiende al consenso, a la justicia o al bien común, solo importa eliminar al otro, al precio que sea. Cada cual consume sus propios medios, repite su propio relato, y odia, o teme al adversario, desde su blindada cápsula ideológica. ¿Díganme si esta polarización extrema, es o no violencia?

Pero la espiral no termina aquí, porque cuando la política deja de resolver, dado que ya no lo necesita (para eso tienen sus señorías la mentira, el relato y sus propios medios de propaganda), entonces, lo que sufre es la vida concreta de la gente, y allá  donde la mediocridad política es más grande más sufre la gente, como es el caso de Canarias. Y este es el último escalón, el más doloroso y el más básico: el momento en que una ciudadanía harta, frustrada y golpeada por una mala política que nada soluciona, deja de creer en las instituciones y se ocupa en sobrevivir como sea, desde la precariedad, la marginalidad o la delincuencia. En este punto, la violencia deja de ser simbólica, sibilina o institucional, y se vuelve física, directa, brutal. Se impone el discurso de: como nadie hace nada, lo hago yo. En esta realidad, las instituciones, el derecho, la ley y lo que está bien hace tiempo que desertaron, y solo queda la  ley de la calle, la del más fuerte, sobrevivir como sea, con el uso de la violencia siempre que sea necesario. Y cómo a violencia directa y bruta es imposible ganar a la ultraderecha, ellos van ganando. Así aparecen, entre otros, los justicieros de la vivienda. Y no por casualidad, porque allá donde la justicia social y la civilización fracasan y abandonan, su lugar lo toman los violentos. Quiero destacar este asunto especialmente, porque es sin duda la claudicación más grosera y dolorosa que este Estado Fallido que es España ha hecho a la violencia, aceptando como legales las empresas de desokupación, dándoles incluso el rango de héroes, cuando en realidad son pura coacción e intimidación, hasta acabar convirtiéndolos en ídolos y benefactores populares cuyas formas y maneras hay que imitar. Y estamos ya sin darnos cuenta en el ¡sálvese quien pueda! como regla de oro de la convivencia. Ya no se espera nada del Estado ni de nuestra clase política, esos grandes fingidores, y pasamos a legitimar la fuerza bruta como el camino para “resolver” lo que la política o la civilización no han querido solucionar.

Después de esto, lo que tenemos es una sociedad que ha aprendido a mentir, a ser grosera, malencarada y violenta, una sociedad que lo relativiza todo y desconfía de todos. ¿Qué viene después? Justo lo que estamos viendo: violencia pura y dura. Gente apaleada en la calle, mujeres quemadas por hombres, jóvenes que mueren a golpes, ancianos estafados sin piedad, personas sin hogar malmuriendo por todos lados, robos, atracos, homofobia, racismo, intolerancia, mafias, corrupción, acoso escolar…, con los gimnasios llenos de gente musculándose para pegar más fuerte. Entretanto, con cada nuevo delito, con cada nueva paliza, a cada nuevo asesinato, ahí están sus señorías con sus medios de propaganda, diciéndonos algo así como: “¡Vaya, otra oveja negra! ¡Hay que ver cómo está el mundo!, ¡necesitamos más policías!” Y lo peor es que muchos, quizá demasiados, acabarán creyéndolo, mientras otros, no tantos, seguiremos nadando contracorriente, convencidos de que la violencia tiene muchas caras, y solo puede combatirse desde la educación temprana en una no violencia y una honestidad radicales. Eso, con el agravante temerario que tiene un caso como el mío, siempre a la contra, flaco, cascado, sin dominar ningún arte marcial ni haber ido nunca a gimnasios.

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