Por: Dailos González Díaz
El mundo se dirige hacia posturas cada vez más reaccionarias. Lejos de limitarse a las características personales de determinados mandatarios como Donald Trump o Javie Miley (ay, esa manía de buscar explicaciones psicológicas y psiquiátricas individuales para los fenómenos políticos) estamos ante un fenómeno global. La ventana de Overton, esto es, lo que puede asumirse como normal o aceptable y lo que no, se está abriendo cada vez más hacia discursos racistas, misóginos, aporafóbicos y homófobos. Un discurso de ataque a los derechos laborales y de verdadera criminalización de la clase trabajadora está siendo asumido por algunos sectores de las propias clases populares gracias a las promesas de hacerse rico si caen en una estafa piramidal.
Hay quienes hablan de que avanzamos hacia un tecnofeudalismo, en palabras de Vaoufakis, o incluso ante un tecnofascismo, en palabras del papa León XIV. Para otras personas no es más que una nueva fase del neoliberalismo, donde se combina el autoritarismo con palabras grandilocuentes de libertad, en las que son capaces de lanzar mensajes de que la justicia social es una aberración liberticida. Y no es casual que algunas de estas nuevas tendencias reaccionarias, pues son diversas, hayan asumido símbolos como la bandera de Gadsen, de un señor que supuestamente defendía la máxima libertad de los hombres frente al estado, pero con el no secundario matiz de que ese señor era un esclavista: la máxima libertad suponía la libertad de tener esclavos, es decir, la de negarle la libertad a las otras personas.
En un mundo cada vez más hostil no es raro que terminemos coincidiendo en algunos aspectos concretos con el presidente Pedro Sánchez, aunque discrepemos en otras cosas, o con el propio papa León XIV. Tenemos en ocasiones que terminar defendiendo al PSOE ante un evidente lawfare (aunque el PSOE calló cuando este lawfare de empleó contra personas en esos momentos en Podemos o contra la izquierda abertzale), o a la izquierda católica, pero no preguntemos de momento por sus posturas frente al aborto.
Pero, espera un momento ¿en serio defender al PSOE cuando este está haciendo bien pocas políticas de izquierda? ¿o pintar a la iglesia católica como la gran defensora de los derechos humanos por simplemente defender el humanismo más básico y esencial? Es más ¿en serio estamos defendiendo ahora el liberalismo capitalista ante un neoliberalismo reaccionario autoritario? Ni tan siquiera estamos enarbolando ya un discurso socialdemócrata, ahora es la democracia liberal con buena parte del antiguo estado del bienestar ya privatizado la que hay que sostener frente a lo peor que se viene.
El problema es que una parte de las fuerzas de lo que se ha denominado “a la izquierda del PSOE” ahora acaban de entrar en una dinámica de sostener al PSOE frente a la amenaza, real por cierto, de la ultraderecha. Pero se hace una defensa en la que hemos perdido ya un discurso propio, se ha perdido un programa propio, sin nuestras propias reivindicaciones.
Ya no hay un proyecto de futuro, sino un “defender lo que hay”. Y ahí es donde se crece una extrema derecha que reivindica un futuro, falsario eso sí, donde prometen poco menos que “si te esfuerzas, quitamos los impuestos y los derechos laborales, puedes hacerte rico”. Será un discurso fácil de desmontar, el problema que buena parte de la izquierda “a la izquierda del PSOE” ya no promete nada, no promete ningún futuro distinto. Y, efectivamente, no hay un discurso ilusionante.
Por otro lado, aunque es evidente que existe un lawfare, también existe corrupción en el PSOE, como la hay en el PP o en CC. Y precisamente la existencia de casos reales de corrupción terminan restando credibilidad a la inocencia ante casos más dudosos o posibles montajes. Y tampoco resulta para nada creíble atribuirlo todo al lawfare o, dicho de otro modo, la existencia de lawfare no puede ser la excusa para no denunciar la corrupción real o para no asumir responsabilidades. Al final todo esto lo que hace es convertir la política en un lamentable espectáculo sin atender a las necesidades sociales más perentorias.
Y mientras ¿qué hacemos desde la izquierda? ¿En serio pretenden que la tarea de la izquierda en estos momentos críticos sea defender al PSOE? Estamos viendo a personas de la izquierda defendiendo a Pedro Sánchez más que lo que lo hace el propio PSOE. El riesgo a una toma de poder por la ultraderecha no puede ser la excusa para permitirlo todo, es más, ante ese riesgo conviene ser especialmente exigentes y dar ejemplo.
La posibilidad de un gobierno de ultraderecha no ha de enfrentarse convirtiéndonos en muleta o en perritos falderos del PSOE. El resultado puede ser o bien hundirnos con el PSOE o bien que ante el miedo a los reaccionarios el PSOE crezca a costa del hundimiento de cualquier partido situado a su izquierda.
Hemos pasado de defender un proyecto de cambio, de avance, a ser los grandes defensores del sistema liberal. Desaparece toda crítica a las limitaciones de un sistema liberal que con un barniz democrático beneficia fundamentalmente los intereses de los poderes económicos. Desaparece toda crítica al capitalismo que aparece como el único sistema posible. Pero no, ante el neoliberalismo la alternativa no puede ser liberalismo, ante el capitalismo autoritario la alternativa no puede ser capitalismo de rostro humano. Hubo todo un movimiento que se forjó en la crítica a un sistema injusto, no puede ser que ante los anuncios de otro más injusto todavía nos convirtamos en los máximos defensores de ese sistema que criticábamos y denunciábamos. Porque si hacemos eso habremos asumido nuestra derrota. Si el eje está corriéndose hacia la derecha, no debemos correr con dicho eje, debemos mantener los principios de justicia social (más ahora cuando ese mismo concepto está siendo cuestionado por los ideólogos del egoísmo más reaccionario que pretende mantener los privilegios de los ricos) e ir más allá.
Desde medios de comunicación, determinadas portavocías políticas y redes sociales están llamando socialismo al liberalismo con un mínimo compromiso social. Todo es “socialismo”. El concepto de justicia social, un consenso básico hasta hace unos años, es presentado ahora como una barbaridad que atenta contra la libertad de los ricos. El siguiente paso es llamar socialista a la propia democracia liberal. Los sentimientos de humanidad más básicos son calificados ahora como woke. Ante esta ofensiva la alternativa no puede ser dar pasos hacia atrás o quedarnos como estamos (defender el sistema actual), porque ahí está nuestra derrota.
Finalmente aterrizar en nuestra realidad más inmediata, Canarias. Quienes nos formamos políticamente en la crítica a lo que llamábamos trillizos, esto es, CC-PSOE-PP, no podemos ahora poner todas nuestras esperanzas en uno de esos trillizos. Porque los tres defienden un modelo económico similar, los tres se han combinado en pactos en distintas instituciones. El problema no es sólo CC. Y en Canarias tenemos la ventaja de que a nivel de nuestro archipiélago no existe ese riesgo de un gobierno PP-Vox. Tenemos esa gran oportunidad de llevar adelante nuestro propio discurso político, nuestras iniciativas, entre las que se encuentra la reivindicación de una soberanía la cual no significa darse golpes de pecho diciendo qué bonita es mi tierra o ir de romería.
En definitiva, aunque el riesgo de la ultraderecha es real, el miedo no ha de convertirse en algo paralizante. Hay perder el miedo a ser nosotros y nosotras mismas. Volver a defender el cambio social y una vida mejor y no quedarnos en mantenernos como estamos (con o sin corrupción) ante el miedo a lo peor. Defender un futuro y no un presente.

