José Manuel Rivero. Abogado — Analista político
El 26 de julio no es una simple fecha en el calendario de la memoria histórica; es una trinchera ideológica que mantiene su pulso vivo setenta y tres años después de que una generación de jóvenes decidiera tomar el cielo por asalto en los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes. Cuando Camilo Cienfuegos calificó a Fidel como «el gigante», o cuando Hugo Chávez lo nombró «Comandante de Comandantes», no rendían culto a la personalidad, sino que reconocían la encarnación de una praxis revolucionaria capaz de transformar la derrota táctica en victoria estratégica. Aquella gesta no fue un episodio insurreccional aislado, sino el punto de inflexión donde la moral política se impuso sobre la aritmética militar, abriendo un horizonte que trascendió las fronteras de Cuba para proyectarse sobre toda Nuestra América y los pueblos oprimidos del planeta.
Aquel 16 de octubre de 1953, en una pequeña sala del Hospital Civil de Santiago de Cuba convertida en tribunal improvisado por la dictadura batistiana, el joven abogado Fidel Castro no buscó la indulgencia del fuero burgués, sino que transformó su defensa jurídica en un acto supremo de acusación política. Al dictar su célebre alegato La historia me absolverá —sintetizado conceptualmente junto al Manifiesto a la Nación—, Fidel no solo desarmó la legalidad ilegítima del régimen, sino que sentó las bases de un programa de liberación nacional y social cuyo alcance, lejos de agotarse en lo cubano, respondió a las coordenadas universales de la emancipación humana. Frente a un tribunal de clase, no ofreció excusas; ofreció una sentencia anticipada contra la tiranía, articulando por primera vez con nitidez quirúrgica quiénes eran los sujetos de la transformación: los desempleados, los obreros del campo y la ciudad, los campesinos sin tierra, los profesionales e intelectuales ahogados por la falta de futuro. En ese documento, el programa revolucionario se presenta como un catálogo articulado de medidas estructurales —la reforma agraria, la nacionalización de las riquezas básicas, el derecho a la vivienda, la salud y la educación, y la restitución de la soberanía popular—, demostrando con contundencia que no existe verdadera democracia ni pleno ejercicio de los derechos humanos sin la liquidación de las bases materiales de la dominación de clase.
Hoy, inmersos en un escenario internacional donde el imperialismo, en su fase de descomposición y agonía agresiva, vuelve a someter a la humanidad a formas remozadas de barbarie, el legado teórico y práctico del Moncada cobra una urgencia insustituible. Guerras genocidas, bloqueos criminales, injerencismo neocolonial y el auge del neofascismo como muleta del capital no son fenómenos contingentes, sino manifestaciones sistémicas de un mismo entramado de dominación. En ese contexto, atrocidades jurídicas y políticas como la agresión militar del pasado 3 de enero —con sus bombardeos y su escalada de violencia—, el secuestro del presidente constitucional Nicolás Maduro y de Cilia Flores, y la progresiva ocupación imperialista que, a partir de esos hechos, se ha ido consolidando sobre la República Bolivariana de Venezuela —sometiendo sus aparatos estatales, cooptando institucionalidades, deformando su arquitectura jurídica y profundizando el saqueo sistemático de su petróleo, oro y demás recursos estratégicos— revelan la cara desnuda de una estrategia continental que no ha renunciado a la doctrina del dominio. A este brutal zarpazo se suma el oportunismo carroñero desplegado tras el doble terremoto del pasado 24 de junio: una tragedia que el imperialismo angloamericano y el sionismo han aprovechado como coyuntura idónea para aplicar la más feroz «doctrina del shock», instrumentalizando el dolor y la vulnerabilidad del momento con el fin de profundizar el chantaje, acelerar el despojo y consolidar la ocupación.
Venezuela no enfrenta meramente una agresión diplomática o un bloqueo económico: está inmersa en un proceso de ocupación funcional que opera mediante la confiscación de activos en el exterior, el control extractivista por parte de consorcios transnacionales amparados en decisiones judiciales foráneas, y la imposición de una fachada política domesticada al servicio del expolio. Bajo esa ocupación, sin embargo, comienzan a gestarse los primeros brotes de una resistencia popular que —lejos de ser una entelequia o un hecho ya consolidado— está por fraguar en el seno del pueblo venezolano: en los barrios, en las fábricas, en las comunidades organizadas, en las milicias populares y en los llamados explícitos a la insumisión y a la movilización activa contra el ocupante. Esa resistencia —que aún no ha desplegado todo su potencial y que reclama, con urgencia, una dirección política revolucionaria y combativa— está llamada a convertirse en una fuerza activa, ofensiva y articulada, capaz de desgastar al imperio y de abrir el cauce hacia la liberación definitiva. El pueblo venezolano conserva su dignidad intacta frente a un diseño de sometimiento que busca convertir su soberanía en mercancía de remate; pero la traducción de esa dignidad en resistencia efectiva exige forjarse en la práctica, en la organización y en la lucha. Frente a esta realidad, el reclamo de resistencia no es una opción retórica, sino un deber histórico inaplazable: la defensa de Venezuela es la defensa de la autodeterminación de Nuestra América.
Pero el mismo imperialismo que ocupa y saquea a Venezuela, que secuestra a sus líderes y bombardea su territorio, mantiene sobre Cuba un cerco aún más antiguo y no menos criminal. Por ello, el acento en la defensa de Cuba debe ser irrestricto y muy firme: porque el imperio no concibe Nuestra América sin colonias, y porque Cuba —forjada en la resistencia de más de seis décadas— no puede caer ni va a caer. El bloqueo económico, financiero, comercial y energético, las permanentes amenazas militares, la ocupación ilegal de Guantánamo y las campañas de subversión no son sino las herramientas de un mismo proyecto de dominación que pretende asfixiar a la isla. No obstante, la defensa de Cuba no puede fundarse en la mera inercia pasiva ni en la retórica de la firmeza: aquí es fundamental precisar que la resistencia se fragua en su ejercicio y adaptación cotidiana. La efectividad de esta respuesta exige rearticularse, reforzarse y activarse con una conciencia de clase que no se limite a sobrevivir, sino que se proponga avanzar. Defender a Cuba es defender el legado del Moncada, de Martí y de Fidel; es defender el único territorio de Nuestra América que ha demostrado que el socialismo es posible, y es asumir que la victoria de uno es la victoria de todos, y la derrota de uno sería el preludio de la derrota de todos. Por eso, la solidaridad con Cuba debe ser activa, organizada y combativa.
Paralelamente, la escalada bélica desplegada por el eje angloamericano y sionista en Oriente Medio —mediante los continuos bombardeos, agresiones e intervenciones contra los pueblos de Palestina, Líbano, Yemen e Irán— completa el cuadro de una ofensiva global contra la autodeterminación. El genocidio en Palestina,la agresión sistemática contra la soberanía iraní, el asedio a la resistencia libanesa y yemení, la ocupación neocolonial en Nuestra América y el criminal bloqueo y asedio energético contra Cuba no son episodios aislados: constituyen la prueba fehaciente de un capital financiero transnacional dispuesto a aplastar la voluntad de los pueblos para asegurar su dominio geopolítico y el control de los recursos estratégicos.
Para quienes analizamos la realidad desde las coordenadas del materialismo histórico y la dialéctica, el alegato fidelista, documentado en “La historia me absolverá” no debe leerse como un documento estático, sino en profunda unidad dialéctica con las tesis fundamentales del Manifiesto Comunista de Marx y Engels, y con los desarrollos de Lenin sobre el derecho de los pueblos a la autodeterminación. El genio político de Fidel radicó en su trayectoria de líder revolucionario precisamente en traducir los principios universales del marxismo-leninismo a las condiciones concretas de una formación social periférica y dominada, sin ceder un ápice en la radicalidad de sus postulados. Del mismo modo que Marx y Engels identificaron en 1848 que la historia de la humanidad es la historia de la lucha de clases y formularon el objetivo fundamental de la abolición de la explotación del hombre por el hombre, Fidel definió con exactitud sin igual quiénes constituían «el pueblo» en la lucha revolucionaria, anclando el proyecto emancipador en las mayorías sociales excluidas del paradigma oligárquico. Pero a esta dimensión de clase se suma, de manera indisoluble, la cuestión nacional y antiimperialista. Lenin demostró fehacientemente que en la época del imperialismo el mundo queda dividido entre naciones opresoras y naciones oprimidas, y que la lucha por la autodeterminación de los pueblos no es una mera consigna burguesa, sino una condición sine qua non para la revolución socialista y la quiebra del dominio colonial. Fidel, abrevando en el pensamiento de José Martí e integrándolo con el leninismo, comprendió que la soberanía nacional y el socialismo son dos caras de la misma moneda en el Sur global, y que la construcción de una sociedad socialista solo es posible desde la independencia plena frente al yugo imperialista.
Martí había alertado con décadas de anticipación que el peligro para Nuestra América no venía de sus pueblos, sino del desdén del vecino del norte que, bajo la retórica de la civilización, asfixiaba la voluntad de las naciones recién nacidas. Su concepción de la patria no era estrechamente localista: era universalista, pues entendía que la independencia de Cuba y de Puerto Rico era inseparable de la justicia para todos los oprimidos del mundo. Sin embargo, a Martí le faltó el instrumento político capaz de transformar su intuición antiimperialista en una fuerza material capaz de vencer. Fidel encontró en el leninismo ese instrumento. De Lenin tomó la comprensión del imperialismo como fase superior del capitalismo, la necesidad de un partido de vanguardia que organizara conscientemente a las masas, y la estrategia de la alianza obrero-campesina como columna vertebral del poder popular. Pero Fidel no aplicó el leninismo como receta importada: lo fundió con el alma martiana, con la tradición de las guerras de independencia cubanas y con la urgencia de un pueblo que no podía esperar. Así, el Moncada no fue solo un acto de armas: fue la síntesis viviente donde el antiimperialismo martiano adquirió cuerpo de estrategia revolucionaria, donde la nación soñada por el Apóstol se convirtió en proyecto socialista, y donde la dignidad de un pueblo dejó de ser postulado ético para transformarse en programa de gobierno. Cuba lo demostró: sin independencia no hay socialismo, y sin socialismo la independencia se convierte en fachada de una nueva tutela oligárquica.
La reactivación de la lucha en Venezuela frente a la ocupación imperialista, la resistencia de Cuba revolucionaria frente al bloqueo genocida —económico, financiero, comercial y energético— y el combate de los pueblos de Oriente Medio demuestran que la lucha contra el colonialismo y el fascismo requiere hoy, más que nunca, la articulación de un frente antiimperialista mundial que no se limite a la denuncia retórica, sino que se traduzca en solidaridad activa, coordinación política y resistencia organizada. El alegato del Moncada nos enseña que frente a la barbarie fascista e imperialista no cabe el repliegue reformista ni la resignación legalista. La verdadera legalidad reside en el derecho inalienable de los pueblos a la rebelión contra la opresión y la tiranía, y en la construcción de una nueva institucionalidad nacida desde las masas, no impuesta por las oligarquías.
Extraer las lecciones del Moncada, del Manifiesto Comunista y del leninismo en este aniversario implica asumir la necesidad de construir y articular un programa político revolucionario y combativo, que ponga las bases para la construcción de un socialismo comunitario global. Un programa que no se limite a resistir el embate de las oligarquías, sino que organice conscientemente a las masas a través de una lucha continuada y permanente para la consecución de una sociedad sin explotadores ni explotados, y para el logro de una humanidad sin pueblos opresores ni oprimidos. La historia, en efecto, no absolverá a quienes capitulen ante la barbarie; absolverá, como absolvió a Fidel y a su generación, a quienes persistan en la batalla de las ideas y de los hechos por la emancipación plena de los pueblos.

