Por: Samuel Rodríguez Martín, Doctor en Microbiología
En esta última década, la sistémica ponzoña fecaloidea que anega las costas de nuestro Archipiélago ha generado en mí una inherente magua por la mar, casi patológica. Hace más de veinte años, los veranos de mi niñez y pubertad siempre estuvieron vinculados con playas tan emblemáticas de la indómita y bella Anaga, como son (o más bien fueron) Antequera y Roque Bermejo. Dada la historia de mi familia, de pescadores y artesanos de barquitos pesqueros (ahora los foráneos o estultos los confunden con watertaxis), acceder a estas zonas litorales recónditas, puras y cuasisalvajes era sumamente sencillo con una embarcación tan característica de los “lagarteros” (gentilicio de mi pueblo, San Andrés).
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Fruto de aquellas efímeras pero memorables odiseas, en mi conciencia quedaron grabadas imágenes, sonidos, aromas, tactos y todo tipo de estímulos sensoriales que espero nunca extraviar. En la playa de Antequera, verbigracia, las aguas eran absolutamente prístinas, tan cristalinas que en su fondo se reflejaban los vaivenes serenos de las sombras del oleaje. Mi hipocampo evoca continuamente el color azul de la marea en la que flotaba y, desde entonces, mi globo ocular sigue anhelando fervientemente volver a vislumbrar un tono turquesa tan íntegro, natural y hermoso. También se forjaron recuerdos de olores y texturas, como el del salitre impregnado en la piel y en el aire, el roce aterciopelado de la arena del lecho marino con las puntas de los dedos, la suavidad de los callaos esculpidos por el impetuoso oleaje o la férvida arena negra que calcinaba los pies hasta alcanzar las cholas o la toalla.
En la actualidad, desafortunadamente, no es más que una ensoñación en plena vigilia, un cuento onírico que parece satírico o sarcástico frente a la cruda realidad, que es diametralmente opuesta. Nuestras islas están sometidas a una arremetida constante y continua de vertidos fecales ilegales, padeciendo este ataque miserable que también enferma a nuestra gente, todo ello como resultado de una gestión inexistente o interesadamente inepta. Centenares de cañones – eufemísticamente identificados como emisarios – deyectan una artillería absolutamente perniciosa para la salud ambiental y humana, una mezcla fatal compuesta de heces, fósforo, nitrógeno, hipoclorito sódico (lejía), toallitas y otros polímeros sintéticos (microplásticos y nanoplásticos) y a saber qué más sorpresas. Una corriente que vomita diariamente millones de litros de aguas residuales sin depurar o cuyo tratamiento es incompleto, alterando todo lo que otrora existía. Los tonos azules y verdosos que antes eran mecidos por la marea se han tornado en franjas o máculas canelas de olor fétido, llegando el hedor a una intensidad inenarrable que ni siquiera podría describirse con la expresión “fos” más potente posible. Esporádicamente aparece espuma de origen ignoto, blanquecina o de otros colores impropios de la mar, que nada tiene que ver con la espuma natural formada por el incesante azote que le propina cada ola a los roques.
Y esto no es una excepción aislada, sino que tiene nombres y apellidos de playas cerradas que se reparten a lo largo de nuestras islas. Atendiendo a la indicado en fuentes oficiales del Gobierno de Canarias, en el Archipiélago existen un total de 403 puntos de vertido censados (Consejería de Transición Ecológica y Energía, censo de junio de 2025). Según detalla dicha memoria, el 45% y el 29% de los mismos se ubican en las islas de Tenerife y Gran Canaria, respectivamente, cuya suma asciende a 295 puntos de vertido, seguidas por Fuerteventura (40), Lanzarote (36), La Palma (17), La Gomera (10) y El Hierro (5). A tenor de semejantes cifras, parece razonable suponer que la lista de costas afectadas es de mayor longitud en islas como Tenerife, que posee un total de 180 puntos de vertido, de los cuales veinte se corresponden con emisarios submarinos. Mención especial – y deshonrosa para los “gestores” públicos – requiere Playa Jardín, en el Puerto de la Cruz, por su dilatado periodo de cierre (decretado el 3 de julio de 2024 como consecuencia de la rotura del emisario hasta su reparación y reapertura oficial el 17 de junio de 2025, unos 349 días), así como su marcada reincidencia en cuanto a contaminación fecal se refiere según lo señalado por Salud Pública (se cerró brevemente el 12 y 13 de agosto de 2026, y este jueves 3 de septiembre se ha prohibido el baño en dos de sus calas).
Desde el punto de vista microbiológico, el análisis de la calidad de aguas costeras destinadas al baño y los valores de los datos obtenidos se rigen por la establecido en la legislación europea (Directiva 2006/7/CE) y nacional (Real Decreto 1341/2007). Entre los indicadores empleados para determinar la salubridad de aguas marinas cabe destacar los coliformes (totales y fecales) y los enterococos. Los coliformes, sobre todo los fecales, son bacterias que se localizan en heces de humanos y otros animales, siendo la más representativa del grupo la especie Escherichia coli, descrita por primera vez en 1885 por el pediatra y bacteriólogo germano Theodor Escherich (véase como el epíteto específico coli denota la procedencia intestinal de la misma). Los enterococos, por su parte, son bacterias de morfología esférica pertenecientes al género Enterococcus, cuya etimología del prefijo Entero– hace referencia a su presencia en el intestino. Como establece la normativa vigente, los valores de coliformes y enterococos (expresados en unidades formadoras de colonias o UFC por cada 100 mililitros) permiten evaluar la calidad del agua marina: calidad suficiente, E. coli ≤ 500 y enterococos ≤ 185; calidad buena, E. coli ≤ 500 y enterococos ≤ 200; y calidad excelente, E. coli ≤ 250 y enterococos ≤ 100. Exceder estos umbrales no es un mero número que permanezca entre líneas de un informe, sino que se manifiesta en enfermedades como gastroenteritis, otitis, conjuntivitis y otras, sobre todo en grupos de riesgo (niños, ancianos, personas inmunodeprimidas…), convirtiendo un baño estival en un ingreso en urgencias, sin metáfora alguna.
Parece ser que, en este mes de agosto, la Fiscalía ha pedido cuatro años de cárcel para cuatro alcaldes y exalcaldes del polígono industrial de Güímar que, presuntamente, “permitieron el vertido continuo e incontrolado de aguas residuales”. Llegados a este punto, la sociedad canaria debe plantearse varias cuestiones: ¿Hasta cuándo permaneceremos impasibles ante la contaminación sempiterna de nuestras costas? Es cierto que, en los últimos años, grandes movilizaciones en el Archipiélago nos hicieron darnos cuenta de la realidad que nos rodea, pero no basta con ello. ¿No vamos a exigir que los culpables rindan cuentas y que se mejoren todas las instalaciones destinadas al saneamiento y el tratamiento de las aguas residuales? Queda patente que la indignación mal encauzada y la pasividad innata no son la mejor manera de poner punto y final a este esperpento ambiental y sanitario. Si no nos movilizamos y organizamos, si no damos ese paso adelante, nunca volveremos a ver ese azul turquesa.

