Cuando éramos jóvenes

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Por: Joaquín Hernández

CUADERNO DE BITÁCORA

Cada uno intenta acordarse de lo bueno, lo malo se esconde en el trastero de la memoria. Ayer lo dediqué hacer limpieza de estanterías, que, todo sea dicho de paso, estaban de pelusa hasta el techo, y me encontré con un viejo álbum de fotografías que me hicieron recordar que la juventud del mayo del 68, pese a Franco y su dictadura, lo pasábamos bien.

Imagínense ustedes que las fronteras con Europa estuvieron cerradas hasta bien entrados los años 60, fue Fraga el que convenció a Franco que no reprimiese a los chicos por llevar el pelo largo y los pantalones de campana (hoy parece vuelven a ponerse de moda) y a las chicas sus minis faldas, el argumento de un gallego como Fraga a otro como el “Caudillo”, fue el que necesitábamos dinero a espuertas y el turismo era la mejor opción. Cataluña era la zona más cosmopolita de la España negra del franquismo, por un lado, el importante puerto de Barcelona, por otro la unión con Europa por la aduana de la Junquera, la Costa Brava, fueron alicientes suficientes para que Cataluña fuese el motor del turismo en España.

Los españoles nos dimos cuenta de que el Biscuter y el 600 eran una mierda al lado de los Renault, Volkswagen, Mercedes, etcétera de los turistas europeos. La emigración estaba al 100% y las noticias que nos llegaban de los migrantes en Alemania, Suiza, Francia, eran que un marco alemán eran 20 pesetas y que un franco suizo eran 18 pelas.

Yo, por aquellas fechas, un pipiolo que desde la editorial donde curraba para pagarme la guitarra eléctrica y los cursos vespertinos en la Universidad de Barcelona, intentaba ver las revistas pornográficas que caían en mis manos a través de los vendedores que visitaban las librerías y kioscos de toda la península, que mantenían en la trastienda un sinfín de revistas tipo Play Boy, noruegas o danesas. Me enamoré de Kim Novack a través de Play Boy.

Nosotros teníamos el estigma del Caudillo grabado en el pensamiento, de Franco no se podía hablar salvo que te expusieras a ser detenido y apaleado por un par de gorilas en la checa de la comisaria de los grises en la barcelonesa Vía Layetana.

Llevar el pelo largo ya era un riesgo, porque los grises de confundían con un hippi y sin llegar a la checa te podían moler a palos, sin preguntar siquiera tu nombre. Algún gris lo paso mal por haber machacado al hijo de algún comandante o coronel del ejército, o bien, como en mi caso, hijo de un teniente de los grises. Aunque mi padre me había advertido que, si me metían el trullo de la checa, la paliza me la iba a dar él. Lo único que observé era que la dictadura no te prohibía aprender o hablar en catalán, siempre entre ellos claro.

Barcelona en verano era un hervidero de turistas que poco a poco se fue extendiendo hasta la costa levantina y la costa del sol andaluza.

Como en todas las cosas, la música anglosajona estaba prohibida y aparte de Antonio Molina, Juanita Reina, La Faraona, Antonio Machin y otras cantantes llamadas “folclóricas” poca música entraba por las fronteras, estábamos anclados en el primer cuarto del siglo XX y de fandangos y bulerías o copla no pasábamos, algo de cha cha cha que venía de Sudamérica y para de contar.

Hasta que a finales de los años 50 apareció en los cines la figura de Tommy Stell y su rock and roll y empezamos a oír a Elvis Presley, Chubi Cheker, The Platers, y unos melenudos de Liverpool llamados escarabajos, Los Beatles entraron en mi vida con el Twist and Show y se quedaron para siempre, tanto es así que dejé de ir los fines de semana con Carlos Cano a tocar y cantar por los chiringuitos de la costa a cambio de medio pollo frito con papas fritas, vino con gaseosa la Casera, un par de cubatas y las propinas de los “guiris” que en muchas ocasiones superaban las 1.400 pesetas que cobraba de sueldo en Ediciones Toray.

Y así fue como me convertí en un “Beatle made in Spain”. Sin saberlo, nosotros, los jóvenes de los 60 fuimos los que empezamos a cambiar la España negra del “Caudillo” por otra más moderna donde ya poco nos importaban las carreras delante de los grises aguantando porrazos o en la Universidad rompiendo retratos de Franco y desafiando a los grises que no podían entrar en el edificio universitario, bueno hasta que el capitán de los antidisturbios se les hinchan y entraban a saco.

¡¡Que noches la de aquellos años!!

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