Crónica de José Manuel Rivero
27 de Septiembre de 2025: Fuimos al Alfredo Kraus con entradas de 30 euros para un recital íntimo de Luis Morera. Nada más entrar, nos dieron una revista en papel couché con una hojilla pidiendo donaciones a la Fundación Artisophia. Un detalle que anunciaba, sin disimulo, que esa noche combinaría música, espectáculo y capital simbólico mercantilizado.
Pero lo que prometía ser un concierto cercano se convirtió en un montaje inesperado. La Fundación abrió la velada con la entrega de los Premios Internacionales Aglaya, pantalla gigante incluida. Reportajes de los galardonados, discursos, solemnidad. Lee Ufan, artista surcoreano vinculado al mercado del arte; Inka Martí, editora, activista ambiental y defensora de los lobos; y Luis Morera, quien compartió su deseo de crear un museo para toda su obra. La presidenta, Mariluz Laforet, reforzó los valores de paz, cultura y ecología con tono ritual y casi esotérico.
El público asistía desconcertado. La mezcla de música, videos, discursos, luces y solicitudes de donaciones creó un ritual de legitimación cultural. Cada premiado representaba un tipo de capital simbólico y cultural. La Fundación desplegaba un poder sutil: legitimación, estética y cosmopolitismo sin tocar la realidad del poder económico ni la estructura social que sostiene estos símbolos.
Hubo un giro inesperado. Entre interludios musicales, Luis Morera habló de destrucción, guerras y genocidio, dejando entrever que se refería al pueblo palestino. Inicié los aplausos; el público reaccionó. Más tarde, volvió a mencionar explícitamente al pueblo palestino. Su música y sus palabras atemperaron la indignación inicial que había generado el montaje ceremonial. La denuncia era ética y política, aunque sin señalar directamente al gobierno de Israel.
El momento más luminoso llegó con su deseo de un museo propio. Alguien del público, situado en un sitio privilegiado, alzó la voz para que todos lo oyéramos: “lo tendrás”. Esa voz colectiva y espontánea condensó la fuerza de la música, la emoción y la autenticidad del artista. Luis Morera apareció como figura luminosa: capaz de atravesar el ritual simbólico y recordar que el arte sigue conectado con la vida, la memoria y la comunidad.
Cuando la música ocupó todo el protagonismo, quedó claro que aquella noche fue doble: un recital íntimo y, simultáneamente, una demostración de cómo la cultura, los premios y los rituales simbólicos legitiman discursos, consolidan élites y construyen hegemonía. Pero Morera logró abrir un resquicio de conciencia: la música como acto de memoria, denuncia y esperanza, un soplo ético en medio del artificio.
Salimos del Alfredo Kraus con la sensación de haber vivido algo más que un recital. Un montaje de cosmopolitismo, rituales esotéricos y capital cultural, atravesado por gestos auténticos que humanizaron la velada. Una noche de arte, ritual y política, con luces, sombras y sorpresas que difícilmente se olvidarán.

