Por: José Manuel Rivero
El analista geopolítico Alfredo Jalife-Rahme ha señalado con claridad —en sus columnas de La Jornada, en su canal de YouTube y en su boletín de Substack— que la narrativa occidental sobre Venezuela como “dictadura” o “amenaza a la democracia” es apenas un disfraz de un objetivo mucho más profundo: proteger los intereses financieros de la Anglósfera, esa red que enlaza a Wall Street con la City de Londres y que utiliza a los paraísos fiscales del Caribe como eslabones de un sistema de capitales offshore que sostiene el poder global anglosajón. “El asedio es una fachada”, sostiene Jalife, “para resguardar la estructura financiera en un mundo que se multipolariza peligrosamente para Occidente” (Substack,17 sept. 2025).
Este marco resulta imprescindible para entender, siguiendo la tesis del Dr. Jalife, que comparto, la visita de Donald Trump al Reino Unido los días 17 y 18 de septiembre de 2025. Más allá de la pompa cortesana con el rey Carlos III y los gestos de cordialidad con el primer ministro Keir Starmer, lo que se consolidó fue la reafirmación de la alianza anglosajona como escudo de esos capitales. El anuncio de un paquete de inversiones de 150 mil millones de libras esterlinas en tecnología, energías limpias y ciencias de la vida no es un simple acuerdo comercial: es una señal de blindaje financiero, de reafirmación de la City como pieza clave del engranaje global que depende de la opacidad de jurisdicciones caribeñas como Islas Caimán, Bermudas o Islas Vírgenes Británicas.
Diversos estudios dan dimensión al problema. Tax Justice Network calcula que en el Caribe británico y en otros territorios vinculados a Londres se concentran más de 50 billones de dólares en activos ocultos a la tributación y al escrutinio público. Gran parte de esos flujos están relacionados con bancos globales, fondos de inversión y corporaciones energéticas. Estados Unidos y el Reino Unido, a través de su red de tratados y su poder militar, actúan como garantes de que esos enclaves permanezcan invulnerables. En ese contexto, Venezuela no es un “Estado paria”, sino un riesgo estratégico: un país con las mayores reservas de petróleo del mundo, abundante oro y minerales críticos, y la disposición a estrechar lazos con Rusia y China.
El episodio del oro venezolano retenido en el Banco de Inglaterra ( aproximadamente 31 toneladas de oro: Alrededor de 2.000 millones de dólares estadounidenses) ilustra esta dinámica. Londres se niega a entregarlo bajo argumentos jurídicos, pero en realidad lo utiliza como ficha para impedir que Caracas disponga de sus recursos y para reforzar el papel de la City como custodio financiero del orden anglosajón. Si Venezuela accediera libremente a su riqueza, podría reconfigurar no solo su economía sino la correlación de fuerzas en la región, debilitando la hegemonía de los flujos offshore que dependen del Caribe como retaguardia.
La visita de Trump debe interpretarse desde este prisma. Al insistir en la “relación especial” con el Reino Unido, el mandatario estadounidense reafirma que Londres no es solo un socio histórico, sino el ancla de un sistema financiero que Washington necesita preservar. La alianza con Starmer —más allá de diferencias ideológicas— encarna la convergencia de intereses en torno a la defensa del capital anglosajón. Mientras Trump se muestra pragmático en su relación con Maduro, negociando acceso al petróleo venezolano, la alianza con Londres asegura que ese pragmatismo no ponga en riesgo el control sobre los circuitos financieros.
La Estrategia Nacional de Defensa del Pentágono refuerza esta lectura: un reposicionamiento hacia México y el Caribe, entendidos como el “Mediterráneo estadounidense”, donde el despliegue militar y la presión diplomática tienen como objetivo último mantener bajo custodia los flujos de capital. El Caribe no es solo un espacio geográfico, es el corazón oculto del sistema financiero internacional. Y en la medida en que Venezuela intenta ejercer soberanía plena sobre sus recursos, se convierte en el equivalente latinoamericano de Ucrania: el punto donde se juega el equilibrio de poder de Occidente.
El viaje de Trump a Londres, entonces, no puede reducirse a una postal diplomática. Fue, en los hechos, una reafirmación del pacto anglosajón para sostener un orden financiero que se tambalea frente al ascenso de nuevas potencias. Venezuela, con sus riquezas y su posición estratégica, aparece como la pieza incómoda en ese tablero. Lo que se juega no es únicamente el control del crudo pesado de la Faja del Orinoco, ni la disposición del oro retenido en Londres. Lo que se juega es la capacidad del capital financiero anglosajón de seguir controlando el sistema global de capitales oscuros que alimenta su hegemonía.

