Por: Joaquín Hernández
CUADERNO DE BITÁCORA
Hubo un tiempo, digamos el 18 de julio de 1936, donde los españoles decidimos matarnos los unos a los otros. Aquellos primeros días de la guerra civil retumban, aun 90 años después, en la mente de los descendientes de aquel inútil holocausto. Este es un relato de los sucesos que sacudieron, en los días posteriores al golpe de Estado, que ha pasado de abuelos a nietos, de padres a hijos, con el único objetivo de que la espeluznante historia jamás vuelva a repetirse:
EL CEMENTERIO
A las cinco empezó la gran operación del dolor. Mientras hubo estrellas en el cielo y camiones repletos de soldados recorrieron la ciudad, ningún familiar de ningún detenido, ni siquiera de los que fueron arrancados de sus hogares, aquella misma noche, se atrevieron a salir. Había recorrido la voz de lo que iba a suceder; pero tener miedo no era excusa válida para enfrentarse a las patrullas. Así que, a lo largo de la noche, el alma murió a cada chirriar de neumáticos y los ojos se clavaron en las rendijas de las persianas. Solo de tarde en tarde brotaba la esperanza. “Tal vez el nuestro no figure en la lista” “Tal vez es cierto que los van a trasladar a la cárcel del barco Adeje…
A las cinco en punto empezó a clarear. Por Santa Cruz de Tenerife planeaba un gran silencio. Se había retirado la última estrella, tal vez no quedara tampoco ningún soldado.
En aquel momento, en el seno de algunas familias, pocas en comparación con las muchas que permanecían en vela, la duda se hizo insoportable. Los parientes se miraban los unos a los otros en espera de que surgiera una voz diciendo: “!! Basta ¡¡” Oh¡ si basta de incertidumbre, mejor era comprobar! Mejor era saber de una vez si el marido, el hijo, el hermano se habían salvado o habían muerto. Era preciso ir al cementerio… En cada caso el audaz, el elegido se levantó con una mezcla de espanto y decisión: “!Que Dios te acompañe¡” . En cada caso el audaz abrió con timidez la puerta del piso y bajo las escaleras sin encender la luz. La puerta de abajo chirrió y el aldabón golpeo por sí solo. Fuera estaba la calle. Calle tocada por aquella blancura extraña de mundo recién creado.
Una silueta, dos, cinco, doce… O tal vez veinte siluetas irrumpieron desde todos los ángulos de Santa Cruz de Tenerife y avanzaron pegados a los muros, a semejanza de aquellas otras que salieron con armas el día 18 de julio. Iban simplemente a comprobar si el marido, el hijo o el hermano se habían salvado o muerto.
Algunas mujeres, entre ellas la esposa del profesor Cabañas, llevaban en la mano un cesto de pan o un par de botellas de leche, simulando un quehacer urgente, algunos hombres preferían simular que salían de viaje y llevaban debajo del brazo un paquete o envoltorio. En la calle había formas que a esa hora adquirían un relieve inusitado.
EL SEPULTURERO
El sepulturero y su mujer se habían echado sin desnudarse en la cama, pero no dormían. Los ojos abiertos en la oscuridad prestaban oído al menor ruido de fuera, pues la orden que habían recibido era tajante: “Dejad la verja abierta”. Nada pues le garantizaba que no llegaría otro camión.
El murmullo de la anciana les sobresalto y de un brinco se levantaron y se plantaron en la puerta, en el momento que la mujer llegaba al umbral de la verja gimoteando: “Déjenme entrar”…
Los sepultureros, marido y mujer, se miraron, comprendiendo. Por otra parte, oyeron resonar pasos al otro lado de la tapia. El sepulturero salío a la carretera y vio a ese hombre y a lo lejos a la viuda de Pepe Matías.
El sepulturero decidió no intimidar a los que vinieran llegando. Paso libre. Él y su mujer se apostaron en la puerta de su vivienda ¿Cuántos acudirían a la cita de los muertos? No se sabía. Pronto comprobaron que las reacciones eran parecidas: al ver abierta la verja los visitantes depositaban en el suelo el paquete si era voluminoso, o el capazo con las botellas de leche, y de pronto entraban en el camposanto como succionados desde el interior por una fuerza invisible.
Una vez en el interior ¿qué hacer? Lo mismo que la anciana y que la viuda de Pepe Matias. taparse el rostro y perforar con un grito la madrugada, Porque los cadáveres estaban allí… sin haber recibido todavía sepultura. Los cuerpos yacían en el suelo repartidos entre la ancha avenida central y las dos estrechas avenidas laterales.
Indefectiblemente, cada persona iniciaba su recorrido por la avenida lateral derecha donde los cuerpos habían sido separados uno por uno, por lo que la identificación era más fácil. Extraño simultáneo deseo de encontrar el cuerpo amado y de no encontrarlo. La peregrinación era lenta. Cada cuerpo que no era el amado, cada cuerpo ajeno era una esperanza. “¡Dios mío! Este no; este no”. Los visitantes se tapaban con un pañuelo la boca. En el umbral los cestos y las botellas semejaban víveres traídos allí para alimentos de los muertos.
En la ancha avenida central, la pila de cadáveres era tan informe que para inquirir en ella no había más remedio que tocar los cuerpos separándolos. El primer visitante se atrevió hacerlo fue el hermano de Juanito, el primer cautivo llamado en la cárcel de Fyffes. Con cautelosa repugnancia, utilizando incluso el pie, hurgó allí.
“¡¡Dios mío!!
EL SILENCIO DE LA MUERTE
Era normal que la identificación se debiera a un detalle minimo, como un calcetín o la corbata. Pero nadie la daba por cierto hasta tanto no había visto el rostro Al desplazar el cuerpo, el rostro cambiaba de mueca.
Los cadáveres pertenecientes a personas conocidas, el tendero de la esquina, el maestro de la logia masónica de la isla, iban siendo identificados por todo el mundo, otros en cambio iban quedándose arrinconados, como descartados, como sospechando que nadie los conocería.
Terminada la identificación, las manos empezaron a inquirir, con amorosa insolencia los cadáveres en busca de un recuerdo, la cartera, el reloj, la pluma. En una cajetilla de tabaco, una mujer acertó a descifrar unas letras escritas por su marido; “Nos vemos en el cielo”…

