Por: Rafael Juan Rodríguez Marrero. Docente jubilado… y cabreado.
En los inicios de esta primavera septentrional decía el investigador y divulgador Antonio Turiel en su interesante blog https://crashoil.blogspot.com/ que, con la agresión bélica anglo-sionista contra Irán, se está perdiendo alrededor de “un 40% del petróleo disponible para la exportación”. Añadía que, en porcentajes entre el 20-30% aproximadamente, va a faltar gas natural licuado, fertilizantes nitrogenados, helio, aluminio, azufre (materiales todos necesarios para el desenvolvimiento habitual en nuestras latitudes). Señalaba que “la falta de petróleo crudo medio de la zona del Golfo Pérsico afecta especialmente a la producción de diésel. Y también a la de queroseno (…) Lo que le pase después al turismo, Dios dirá.”
Estamos hablando de una crisis que excede a lo hasta ahora conocido por cuantas personas habitamos en el Norte global (ante las crisis, las gentes del Sur global -como otras veces hemos señalado- muestran mayores niveles de resiliencia). Téngase en cuenta que, como nos decía hace algunos años Pedro Prieto, el 20% de la población (la que habita en EEUU, Canadá, los países más “avanzados” de la UE, algún país de la península Arábiga -Arabia Saudí, Kuwait,…- Japón, Nueva Zelanda y Australia) consume entre el 75-80% de la energía primaria y de los recursos del planeta. Es precisamente esa población la que peor vamos a pasarlo con el cierre selectivo del estrecho de Ormuz.
Parece que en este “Occidente Colectivo” muchas personas aún no han tomado consciencia de la gravedad del momento presente. Otras venimos advirtiendo (en la mayoría de las ocasiones con escasa capacidad mediática) del problema al que se enfrenta la población del planeta ante el declive inexorable del imperio norteamericano que, desde finales de la 1ª Guerra Mundial, ocupa la posición de privilegio; un estatus que desde hace algunos lustros viene perdiendo y no quiere abandonar. Responde como lo hacen los imperios decadentes: mediante guerras y exterminio.
Vendrá genial, considero, que esta civilización -capitalista- que padecemos sea superada por otras maneras de hacer colectividad; por otras formas de producir, relacionarnos y consumir. Pero en el interregno, quienes dependemos de otros para vivir -la población asalariada, esto es, la gran mayoría- vamos a encontrarnos en delicada situación.
Los conflictos en los que nos están metiendo generan, para empezar, el mayor de los problemas, sin duda el más relevante: muchas vidas humanas se ven segadas. Las guerras (con armamento convencional y también las económicas -que con tanto gusto aplica el imperio estadounidense-) destruyen millones de vidas humanas que tendrían todo el derecho (como usted y yo) a vivir.
Luego, resulta también obvio señalar que, si se reducen los aportes energéticos, cualquier ser vivo deberá hacer cabriolas milagrosas para adaptarse exitosamente a la nueva situación. Si ello es así con los individuos, más “magia” deberán mostrar las comunidades humanas para afrontar el declive energético.
Y es que la Megamáquina Industrial de la que nos hemos hecho dependientes es enormemente consumidora de energía primaria fósil. Y dada la poca adaptación que hemos realizado para los tiempos que vienen, nos va a resultar más difícil la vida como comúnmente la venimos observando y viviendo.
También es cierto que tampoco viene mal que se pare la Megamáquina un tanto; el crecimiento desbordado que ha tenido (fruto del empeño capitalista de crecer indefinidamente) deja en situación difícil al planeta que nos sostiene (por mucho que lo nieguen los destructores de la vida -léase, los poderosos de la tierra-).
En otro nivel, deberemos desintoxicarnos de tanto individualismo (como nos vienen machaconamente imponiendo los neoliberales de turno desde hace décadas) y proceder a romper también con la lacra del consumismo desaforado al que nos sometieron -especialmente en las sociedades de 1º y 2º mundo- desde la época de los gloriosos treinta años dorados (tras la 2ª conflagración mundial).
Va a resultar complicada la tarea pues, mientras tanto reaprendemos, regresan ideologías relativistas e irracionales -y “personajuchos” que las promueven-. Mediante ellas -y con enormes apoyos económicos y mediáticos- tratan de hacernos ver que los serios problemas a afrontar son generados por otras y otros -de diferente color de piel, de otras latitudes, con distintas maneras de pensar y hacer, del otro género, …- a quienes señalan como responsables de la poli-crisis que padecemos.
Pero de todo eso ya teníamos noticias. Si no nos habíamos enterado es porque vivíamos alienados.
¿Y en Canarias? ¿Quedan “politicuchos” y empresarios afines aspirando a aumentar el número de visitantes que se acercan a nuestro -cada vez más fragilizado- archipiélago? Como recordaba Turiel, va a faltar el combustible y su precio irá en aumento. Las reducidas tarifas de las aerolíneas (gracias al queroseno barato) han permitido la llegada de tantos. Parece va acabándose el “cuento de la lechera” (aquella que sin cuidar la tierra creyó siempre disponer de leche). El turismo sin movilidad pierde sentido para el capital.
Lo hemos señalado para quienes nos han querido oír; si bien el eco de nuestras voces se ha quebrado ante tanto murmullo mediático.
Pero vamos a seguir insistiendo: o nos dejamos embelesar por este capitalismo imperialista y por los nuevos fascismos rampantes a su servicio o empezamos a trabajar con propuestas realmente alternativas; aquellas que apuesten por modelos económicos y organizativos que pongan en el centro a las gentes y la cobertura de sus necesidades reales (no las artificialmente creadas): agua, alimentación, vivienda, vestimenta, salud, educación, tiempo liberado, cuidados, comunidad. En ello nos va el futuro.
Porque, desgraciadamente, es la puta guerra la que nos muestra los lados que no hemos querido ver, las voces que nos hemos negado a escuchar.

