Por: José Manuel Rivero. Abogado-Analista político.
El conflicto en Ucrania ha desnudado la peligrosa deriva de una dirigencia europea dispuesta a sacrificar la paz continental en el altar de sus propios intereses geopolíticos. Frente a la urgencia de una salida diplomática, las élites globalistas —encarnadas en figuras como Ursula von der Leyen, Kaja Kallas, Friedrich Merz o el eje Starmer-Macron, espoleados por la agenda del clan Soros-Rotschild— han optado por el alarde militarista y una rusofobia sistemática. Ante la absoluta irrelevancia de una Unión Europea que ha dejado de contar en las mesas de negociación, estos líderes intentan asirse desesperadamente a una estructura atlantista que los desborda. Buscan una relación con un Washington que, bajo el mandato de Donald Trump, no los acepta como iguales, sino que los desprecia y somete en todos los órdenes, desde el comercial al estratégico. En su afán por entrar en un tablero que se les niega, entorpecen activamente el diálogo para la Paz en Ucrania, prefiriendo la escalada antes que la pérdida definitiva de su estatus.
En este contexto de ceguera, el despliegue del sistema de misil hipersónico ruso «Oreshnik» actúa como un recordatorio gélido de la inutilidad de esta retórica frente a la realidad de la asimetría estratégica. Mientras Rusia consolida una capacidad armarmentística de respuesta que neutraliza la «Cúpula de Oro» estadounidense —mediante el rastro impredecible del «Burevestnik», la profundidad inalcanzable del «Poseidón», la potencia del «Sarmat» o la movilidad invisible de los trenes «Barguzin»—, las élites europeas optan por la huida temeraria y suicida hacia adelante contra una potencia nuclear como Rusia. Y es precisamente en este clima de nerviosismo donde el discurso de Felipe VI el 20 de febrero de 2026, durante el almuerzo en el Palacio Real en honor al presidente saliente de Portugal, cobra una dimensión alarmante: no es el arbitraje de un Jefe de Estado, es el «borboneo» de quien busca en el estruendo y el cobijo de la OTAN el blindaje para sus propias fracturas internas y así evitar la caída de la monarquía en España ante una eventual conformación de un Frente Amplio Republicano de izquierdas (a la izquierda del PSOE) y plurinacional.
La monarquía española, consciente de la grave crisis política e institucional del Estado por la fascistización del Partido Popular y el Lawfare contra el Gobierno, se mimetiza con el complejo militar-industrial para sobrevivir. Mientras las casas reales europeas, especialmente la británica, se hunden ante el desprestigio de los archivos de Epstein y suplican un final de “salvar la institución” frente a su decadencia moral, la Zarzuela intenta una maniobra de supervivencia mediante la militarización de su imagen. El exilio dorado de Juan Carlos I en Abu Dabi, orquestado por su hijo para intentar desligarse de la corrupción sistémica que mancha al emérito, no ha frenado la erosión. La apelación de Felipe VI a una OTAN «insustituible» funciona como un salvoconducto: la Corona se ofrece como garante de la lealtad militar a cambio de protección frente al descrédito social y reivindicaciones de República. Paralelamente, se configura una alianza derechista-neofranquista que conllevaría a una deriva autoritaria, acabando con el Gobierno de Pedro Sánchez por derrocamiento y llevar a unas elecciones generales conveniente y mediaticamente conducidas para un triunfo ultraderechista a través de la alianza PP-Vox, con el beneplácito de una OTAN que prioriza la estabilidad de una forma de gobierno monárquica ante el riesgo de un Gobierno que podría cuestionar los planes de rearme y los ingentes gastos de guerra acordados a nivel de la OTAN.
Para sostener este andamiaje, los aparatos ideológicos redoblan el blanqueamiento institucional monárquico. El otorgamiento del doctorado honoris causa a Sofía de Grecia por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, pese a la frontal oposición de gran parte de la comunidad universitaria de este centro, es el último acto de esta liturgia de impostura. Premiar a quien representa la continuidad de la estructura institucional donde se ha generado la corrupción de Juan Carlos de Borbón, en la persona de su esposa, es un intento desesperado de dotar de honorabilidad académica a una institución en descomposición. Se impone el vasallaje para ocultar que la monarquía hoy solo sobrevive gracias al apoyo de los sectores más reaccionarios y la propaganda de guerra.
Felipe VI ha abandonado la neutralidad constitucional para ser el portavoz de un belicismo que ignora la soberanía popular. Al alinearse con quienes entorpecen la paz y esperan mejor trato de un Washington que ningunea a Europa, el monarca confirma su papel como pieza clave de un bloque que prefiere un estado de guerra antes que la regeneración democrática. En última instancia, esta huida hacia adelante pretende, también, que el estruendo de los misiles y la retórica del rearme logren sepultar el clamor de la obsolescencia de las monarquías europeas vinculadas a las élites oligárquicas y financieras, en la que se incluye la española, intentando asfixiar con tambores de guerra la conciencia de un pueblo que ya no encuentra ni honor ni verdad, ni en Buckingham ni en la Zarzuela.

