Por Javier Marrero
Finalizaba la primavera de 1977 y continuábamos pintando y confeccionando nuestra bandera de identidad, la de las siete estrellas verdes. Éramos grupos de escaladores, montañeros y soñadores recorriendo las islas, mientras aún resonaban los ecos de una dictadura que, aunque oficialmente terminada, dejaba intactos muchos de sus engranajes. Nos hablaban de una transición, pero sabíamos que no era real; los poderes seguían en las mismas manos, heredados sin vergüenza por quienes durante cuarenta años silenciaron la cultura de los pueblos y nacionalidades del estado español.
Canarias, que ya arrastraba siglos de colonización, no fue ajena a esa aniquilación sistemática de su identidad como pueblo atlántico. Aquel régimen oscuro no hizo más que aplazar aún más el despertar de nuestra conciencia como pueblo. Pero en medio de ese tiempo confuso, en la ciudad de Aguere, surgía un faro: un proyecto editorial comprometido con la memoria, la palabra y la cultura canaria.
Nacía el Centro de la Cultura Popular Canaria, con la valentía de quienes saben que la cultura es también trinchera. Apostaron por publicar historia, literatura, poesía, pensamiento político, denuncia social… por abrir espacio a la música popular, al teatro, al cine… Por dar voz a lo nuestro, a lo que nace de abajo, de la gente.
Hoy, tantos años después, siguen en la brega. Con la misma entrega, el mismo amor y el mismo empeño de trabajar con Canarias y por Canarias. La Cultura Popular, la que importa, la que transforma, la que viene del pueblo y vuelve al pueblo.

