Por: José Manuel Rivero. Abogado-Analista político.
La historia —entendida como proceso total, no como sucesión de anécdotas inconexas— nos sitúa ante una coyuntura donde la estructura del poder imperial estadounidense en comandita con el sionismo internacional se tambalea bajo el peso de sus propias contradicciones. No asistimos a conflictos aislados en Gaza, Líbano o Irán, sino a una guerra de agresión sistemática orquestada por el bloque imperialista anglo-israelí, que busca asegurar por la fuerza bruta una hegemonía que se desmorona en lo económico y lo moral. Esta ofensiva no es reacción defensiva: es un proyecto de «acumulación por desposesión» y reordenamiento regional que utiliza el genocidio del pueblo palestino como laboratorio de una nueva barbarie global.
Para desentrañar las claves de esta conflagración, es imperativo examinar la obscena imbricación entre intereses privados y política de Estado. Como ha documentado con lujo de detalles Pepe Escobar en su reciente investigación ( «Kushner Porn» — Netanyahu Slept In Jared Kushner’s Bedroom — And the FBI Say Jared Became the De-Facto U.S. President, The Phantom Directive, Substack, 28 de marzo de 2026) la intimidad política y personal entre figuras como Jared Kushner —yerno de Donald Trump por su matrimonio con Ivanka Trump— y Benjamin Netanyahu —quien llegó a pernoctar en la habitación de infancia de Kushner— no es un detalle trivial. Es el síntoma de lo que Escobar denomina una «pornografía del poder»: el momento en que la diplomacia se privatiza al servicio de proyectos mesiánicos y extractivistas.
Esa relación simbólica y material explica la impunidad con que se ha pisoteado el derecho internacional, convirtiendo la política exterior estadounidense en una extensión de las ambiciones expansionistas del sionismo más radical. La ruta que va del dormitorio de Kushner al Despacho Oval, pasando por su formación en las redes de Chabad-Lubavitch —cuyas operaciones, según los Archivos Epstein, incluyen el uso de fundaciones para canalizar influencia y financiamiento— y el tutorazgo de Alan Dershowitz, abogado estadounidense de Epstein y de Donald Trump —a quien los mismos archivos vinculan con actividades próximas al Mossad— no es una anécdota biográfica: es el esquema de un pipeline de influencia que convirtió a un asesor familiar, Jared Kushner, en el verdadero centro de toma de decisiones, desplazando a los canales diplomáticos tradicionales.
Esta agresión contra Irán, que hoy se extiende al Líbano, fue anticipada con lucidez asombrosa por Fidel Castro en sus «Reflexiones» entre 2010 y 2012. El comandante advirtió que el imperialismo cometía un error de cálculo histórico al tratar de aplicar en Irán el mismo esquema de intervención que en Irak. Irán no es una nación fragmentada ni carente de cohesión: es una sociedad con memoria histórica de resistencia y una capacidad de respuesta que trasciende lo militar para convertirse en factor de movilización total. Fidel señaló que una guerra contra Irán no solo sería un crimen de lesa humanidad, sino un suicidio para el orden económico capitalista.
Los datos confirman hoy esa advertencia. Los informes recientes indican que la destrucción de entre el 30% y el 40% de la infraestructura energética en el Golfo ya ha provocado una crisis de suministros sin precedentes. Como resultado inmediato, el precio del crudo Brent ha escalado un 60% en marzo de 2026 hasta alcanzar los 115 dólares por barril, el mayor aumento mensual de la historia. La retórica de Donald Trump, que ha confesado abiertamente su intención de «apoderarse del petróleo iraní» —una expresión que ha repetido en actos públicos y declaraciones— no es un exabrupto improvisado: es la verbalización de un bandolerismo internacional que busca oxígeno para un sistema financiero en agonía, al tiempo que transfiere la factura de la guerra a las economías dependientes del Golfo.
Pepe Escobar desmonta la mecánica interna de esta decisión: mientras mediadores independientes —Catar, Omán y el asesor británico Jonathan Powell— aseguraban que un acuerdo diplomático estaba «al alcance», y la inteligencia estadounidense advertía que un ataque solo consolidaría la unidad nacional iraní, el Mossad presentaba un plan operativo optimista de ruptura. La balanza se inclinó por la vía de la fuerza porque Jared Kushner llevó esa narrativa operacional israelí directamente al oído de Donald Trump. No fue un conflicto inevitable: fue una elección, tomada por un canal de influencia privatizado que antepuso los intereses de una red dinástica y de inteligencia extranjera (Mossad) al juicio unificado del aparato de Estado.
Desde la perspectiva de la historia total, observamos cómo el genocidio en Palestina actúa como epicentro de una onda expansiva que busca aniquilar cualquier foco de soberanía en el llamado «Eje de la Resistencia». La incapacidad del bloque histórico dominante para generar consenso o estabilidad lo empuja hacia la «guerra permanente» como única forma de supervivencia. Sin embargo, esta huida hacia adelante ignora las consecuencias tectónicas en el sistema internacional. El desplazamiento del eje de poder hacia la multipolaridad y la creciente irrelevancia de las instituciones surgidas de la posguerra no son procesos abstractos: son el resultado directo de esta violencia desmedida.
Las consecuencias de persistir en esta escalada son catastróficas. No se trata solo de la pérdida irreparable de vidas humanas y la destrucción de milenios de cultura en la región; estamos ante el riesgo inminente de una conflagración que, como advirtió Fidel, podría derivar en el uso de armamento nuclear ante la frustración de las potencias agresoras por su incapacidad de lograr una victoria convencional. La resistencia en Líbano e Irán no es simplemente una respuesta militar: es la manifestación de una voluntad colectiva que el materialismo histórico nos enseña a valorar como el motor del cambio frente a la opresión.
Si esta guerra de agresión continúa, el colapso del orden imperial no será un evento ordenado, sino una implosión que arrastrará consigo las economías dependientes y las estructuras políticas del Occidente colectivo. La historia no perdonará la complicidad ni la pasividad ante lo que es, a todas luces, un intento de reescribir el mapa del mundo sobre las cenizas de pueblos enteros. La clave para detener este abismo reside en comprender que la lucha del pueblo iraní, libanés y palestino es, en última instancia, la lucha por la supervivencia de la humanidad frente a la barbarie terminal del imperialismo.

