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Home»Opinión»Política Opinión»Mi amigo Fidel Castro

Mi amigo Fidel Castro

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By Prensa CCPC on agosto 14, 2026 Política Opinión
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Por: Ignacio Ramonet 

Lo primero que llamaba la atención en Fidel Castro no era su uniforme, ni su estatura, ni su barba, ni siquiera su elocuencia. Era su curiosidad. Tras largas horas de conversaciones para nuestro libro Fidel Castro: biografía a dos voces, o Cien horas con Fidel, cuando todos los demás estábamos agotados, él seguía formulando preguntas, buscando aclaraciones, hurgando en detalles históricos o científicos con una energía intacta. A menudo he pensado que ese era el secreto de su longevidad política: antes que un hombre de poder, Fidel era un hombre de conocimiento.

A lo largo de mi carrera periodística, he tenido la oportunidad de conocer a importantes jefes de Estado, dirigentes políticos, intelectuales y líderes que dejaron huella en su época. Pocos de ellos, sin embargo, me impresionaron tanto como Fidel Castro.

No me refiero aquí al mito, tan a menudo cultivado por sus admiradores como por sus adversarios. Hablo del hombre, del ser humano al que tuve el privilegio de conocer de cerca durante muchos años, de interrogar durante incontables horas y de observar en detalle mientras razonaba en voz alta, reconstruía episodios históricos hasta el más mínimo detalle y articulaba hechos de apariencia insignificante con una amplia perspectiva geopolítica.

Sus mecanismos cerebrales impresionaban. Poseía una memoria prodigiosa. Pero más notable aún era, insisto, su curiosidad intelectual, la cual se mantuvo intacta hasta el final de sus días. Nada de lo que concernía al mundo le era ajeno.

Estas conversaciones con él me enseñaron una lección esencial: para comprender a Fidel, había siempre que mirar más allá de su imagen pública, de su figura mediática. Su vida estuvo entrelazada con la historia de Cuba durante más de medio siglo, pero también reflejó las grandes convulsiones de la segunda mitad del siglo XX: la descolonización, la Guerra Fría, los movimientos de liberación nacional, la globalización neoliberal, la crisis climática y el consiguiente surgimiento de un mundo más diverso, más multipolar en el que las antiguas potencias occidentales ya no ostentan el monopolio de la toma de decisiones.

Precisamente porque Fidel Castro ocupa un lugar tan singular en la historia contemporánea, cualquier nuevo texto sobre él puede parecer, a primera vista, superfluo. ¿Qué más se puede decir sobre un hombre al que ya se le han dedicado tantísimos libros? La respuesta es sencilla: cada época plantea nuevas preguntas al pasado, y cada generación reinterpreta a las grandes figuras históricas a la luz de sus propias inquietudes.

En un panorama mediático donde a menudo se reduce a Fidel Castro a la condición de ícono adorado o de ogro abominado, propongo optar por un camino más desafiante: captar la complejidad de una vida extraordinaria sin caer en la hagiografía ni en la condena ideológica. Cuando se cumplen, este 13 de agosto de 2026, cien años del nacimiento de Fidel, este enfoque se ha vuelto esencial.

Durante décadas, la figura del líder de la Revolución cubana quedó atrapada en una pugna de relatos. Para algunos, sigue siendo un símbolo de resistencia frente al imperialismo; para otros, encarna todos los excesos del socialismo de Estado. Estas visiones contrapuestas —por muy legítimos que sean los sentimientos que las sustentan— a menudo terminan oscureciendo una realidad histórica mucho más matizada.

La misión del historiador no es avivar pasiones, sino, ante todo, arrojar luz sobre los hechos. Por eso me gustaría aquí recordar que Cuba no puede entenderse al margen de la relación singular que ha mantenido durante más de un siglo con su poderoso vecino: Estados Unidos.

La Revolución de 1959 nunca se desarrolló en un entorno normal. Desde el principio, se enfrentó a intentos de desestabilización, a una invasión armada, a un bloqueo económico destinado a prolongarse durante décadas y a una constante confrontación mediática y política. Ninguna evaluación seria de las decisiones del gobierno cubano puede pasar por alto esta realidad.

Lo cual no significa que todo pueda explicarse —y mucho menos justificarse— mediante presiones externas. El propio Fidel Castro sabía que toda revolución genera sus propias contradicciones, errores y rigideces. A veces hablaba de esto con una franqueza y una fuerza autocrítica que sorprendía tanto a sus detractores como a sus admiradores. Su ambición no era construir una sociedad perfecta —él sabía que tal cosa no existía—, sino preservar la independencia nacional, requisito fundamental, según él, para cualquier política de justicia social.

Otro aspecto llamativo de su figura era la extraordinaria amplitud de sus horizontes. Su visión trascendía con creces las fronteras de Cuba. África ocupaba un lugar especial en su pensamiento. América Latina y el Caribe constituían su ecosistema geopolítico natural. Asia despertaba cada vez más su interés a medida que hacia allí se desplazaba el centro de gravedad del mundo. Mucho antes de que el término se generalizara, él ya había previsto la emergencia de un Sur Global y el advenimiento de un orden internacional multipolar y multicéntrico.

Con la distancia, esa intuición resulta hoy singularmente lúcida. El mundo que se perfila ante nuestros ojos ya no es el que surgió tras el colapso y la implosión de la Unión Soviética. Nuevas potencias se consolidan, los países del Sur Global reclaman mayor autonomía, el síncope climático amenaza a la humanidad, las tecnologías ligadas a la IA cambian todas las reglas del juego y el equilibrio de poder internacional atraviesa una profunda reestructuración.

Revisitar la figura de Fidel Castro en este contexto no es un ejercicio de nostalgia; es una forma de comprender mejor ciertas dinámicas clave de nuestro presente.

No pretendo convencer al lector de que admire a Fidel Castro. En cambio, le propongo algo más valioso: entenderlo. Comprender cómo un joven abogado de Santiago de Cuba se convirtió en una de las figuras políticas más influyentes del siglo pasado; comprender cómo una pequeña isla caribeña logró ejercer, a escala mundial, una influencia diplomática y moral muy superior a lo que cabría esperar por su tamaño; y, por último, comprender por qué —casi diez años después de su fallecimiento— Fidel Castro sigue ocupando un lugar tan singular y tan especial en el imaginario político mundial.

Las grandes figuras históricas son objeto de constante reinterpretación. Las pasiones se aplacan, los archivos se abren y las perspectivas cambian. La Historia va ocupando gradualmente el lugar de la controversia. Este proceso es esencial; nos aleja de las vanas polémicas y permite acercarnos a la verdad sin pretender jamás poseerla por completo.

Espero que los lectores recorran esta corta nota con esa misma apertura de espíritu. Atentos tanto a los hechos como al contexto. Sobre todo, que piensen en un Fidel Castro profundamente humano: estratega y visionario; a veces obstinado, a menudo audaz e incluso temerario, pero siempre convencido de que los pueblos pueden escribir su propia historia.

Esta convicción, más que ninguna otra, explique probablemente por qué el nombre de Fidel Castro sigue siendo inseparable de los grandes debates sobre soberanía, justicia social e independencia de las naciones.

Al repensar hoy en el comandante de la Revolución cubana, con ocasión de su centenario, el lector no se limita a meditar sobre la vida de un líder; se adentra en una época histórica convulsa cuyos ecos palpitantes siguen moldeando nuestro mundo actual y su futuro.

 

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