Por: Joaquín Hernández
CUADERNO DE BITÁCORA
Pues sí, si señores y señoras, damas y caballeros, como decía Enrique Santos Discepulo, en su famoso tango Cambalache:
Que el mundo fue y será una porquería, ya lo sé
En el 510, y en el 2000 también
Que siempre ha habido chorros, Maquiavelo y estafaos
Contentos y amargaos, valores y dublé
Pero que el siglo 20 es un despliegue
De maldad insolente, ya no hay quién lo niegue
Vivimos revolcaos en un merengue
Y en el mismo lodo, todos manoseaos
Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor ¡Ignorante, sabio o chorro, pretencioso o estafador!
¡Todo es igual! ¡Nada es mejor!
Enrique fue, como Julio Verne, un visionario del mundo que nos está tocando vivir en pleno cuarto del siglo XXI, cien años después de componer el famoso tango, todo sigue peor.
Por eso estoy hasta los cojones de aguantar las cabronadas que día tras día nos toca soportar, y sobre todo sabiendo que esa gentuza que nos gobierna lo hace con una mediocridad absoluta, si no fuera así, si no creyera que lo hacen porque el mundo del siglo XXI está lleno de necios, de estúpidos, que es la definición según el diccionario de la lengua española un gilipollas, sería cuestión de empezar a utilizar la famosa motosierra del loco del presidente argentino Milei.
Cuando la gente normal, los que dicen de “a pie”, que somos la inmensa mayoría, a los que nos insultan cuando nos dicen que somos “el pueblo soberano”, está harta de estar harta de aguantar tanta cabronada junta y empieza a estar “hasta los cojones” de tanto político inepto, trepa, zoquete útil, el ansia de cambio se convierte en un anhelo profundo que puede acabar en un estado depresivo, sin más solución que la medicación intravenosa del vino de Tacoronte.
Aunque no lo crean, muchos alcohólicos, no anónimos, lo son motivados por la gran frustración de las políticas sociales de los gobiernos autonómicos, locales, y centrales.
Ustedes me dirán que soy un pesado y estoy erre que erre con el tema de la vivienda pública. Porque parece que el tema de la construcción de varios centenares de miles de viviendas de protección oficial promoción pública es un proyecto imposible de realizar. El tema llega al extremo que se ha convertido en una especie de bucle donde desde el Gobierno dicen que no pueden hacer nada más que financiar los proyectos que presenten las Comunidades Autónomas, que son las que junto a los Ayuntamientos tienen competencia en la materia, pero por ese mismo lado, las Autonomías y los Ayuntamientos (la mayoría gobernadas por el PP y Vox) niegan cualquier acuerdo con el Gobierno del Psoe. Así, una y otra vez, votan en contra de cualquier proyecto de ley que permita desbloquear el asunto.
Quiero decir que entre unos y otros “la casa sin barrer”. El problema ha ido tomando unas dimensiones geométricas y se avecina un otoño hirviendo, la gente está ya hasta los ovarios ellas y hasta los cojones los demás, de tanta tomadura de pelo y que, con su dinero, el dinero de todos se dilapide en otras “prioridades”.
La oposición al Gobierno de coalición es capaz de fastidiar a sus propios votantes, cosa que no logro a entender, por tal que Pedro Sánchez dimita y anticipe el calendario electoral, cuestión, a estas alturas de la película, que parece muy improbable.
La solución no es fácil, pero no es imposible, solo se trata de poner en marcha leyes que impidan el cachondeo político en temas tan vitales como es el derecho constitucional a una vivienda digna.
Unos me dicen que el principal problema estriba en el suelo urbano, que parece que no existe y si existe no es público. Otros que el problema es que no interesa construir viviendas sociales porque los llamados “fondos buitres” no están por la labor. Los menos que como no existen los PGE y estamos trabajando con presupuestos renovados desde el año 2023, es por lo que no hay dinero para acometer construcciones masivas de viviendas sociales.
Quizás debamos reformar la Constitución Española en el sentido de la tierra. En la República Popular China, existe la propiedad privada, usted puede comprar una y 10 viviendas, pero no el suelo donde se construyen, los chinos son propietarios de su tierra, por eso “prestan el terreno” donde se construirán las viviendas. Lo que se convierte en una cesión por un mínimo de 70 años renovables. Una vez derruido el edificio el solar vuelve a ser propiedad del Estado. Con este sistema la construcción se abarata en un 40% como mínimo, al no repercutir el valor del solar en la vivienda construida.
Cuando escuchaba a un periodista decir: “el problema de la vivienda en España no tiene fácil arreglo y no se podrá solucionar ni a corto ni a medio plazo”, me sentí ninguneado, menospreciado, vilipendiado puteado, acojonado, y como español un mindungui y como europeo un parasito de los fondos Next Generation.
Cuando la gente está “hasta los cojones” la gente deja de creer en casi todo: partidos, medios, instituciones y hasta en las elecciones. Sube la abstención, el cinismo y frases del tipo “todos son iguales”. Es la fase más silenciosa pero más peligrosa a largo plazo. El electorado empieza a votar a figuras que se presentan como antisistema, populistas o radicales (de izquierda, de derecha o de difícil clasificación). Prefieren a alguien que diga “voy a romperlo todo” antes que a los políticos tradicionales. Esto ha pasado en muchas democracias en las últimas décadas.
No es de extrañar que a veces el agotamiento popular no produce más democracia, sino el efecto opuesto: un sector de la población pide “mano dura”, orden y un líder fuerte que “ponga las cosas en su sitio”, aunque eso implique menos libertades.
En resumen: cuando el pueblo está realmente hasta los cojones, la política tradicional pierde el control del relato y de la calle. Lo que viene después depende de muchos factores y puede terminar en renovación democrática, en populismo, en autoritarismo o en puro caos.




