Por: Lois Pérez Leira
Para trasladar el análisis de Lenin al panorama electoral español actual, es necesario entender que su táctica del «parlamentarismo revolucionario» cobra una vigencia estratégica ante el auge de las fuerzas reaccionarias y la extrema derecha. Desde una óptica leninista, la participación en las instituciones del Estado español no se fundamenta en una fe ciega en la Constitución de 1978 —que se percibe como el marco jurídico de la burguesía—, sino en la necesidad de utilizar el Congreso de los Diputados como una trinchera de agitación. En este sentido, la propuesta de articular un frente amplio de izquierdas, similar al que defienden figuras como Gabriel Rufián, no debe entenderse como una claudicación reformista, sino como la creación de un bloque histórico capaz de frenar el avance del fascismo mientras se agudizan las contradicciones del sistema.
Este enfoque vincula indisolublemente la lucha de clases con los problemas nacionales. Para Lenin, el derecho de autodeterminación no era una cuestión secundaria, sino un motor revolucionario fundamental para resquebrajar la estructura de los Estados centralistas burgueses. En el contexto español, una propuesta de este tipo integra las aspiraciones de las naciones sin Estado como una palanca para cuestionar el régimen vigente, convirtiendo la tribuna parlamentaria en un altavoz que desenmascara el carácter autoritario del aparato judicial y monárquico. La figura del diputado actúa aquí como el «agitador» que describía Lenin: alguien que no va a Madrid a «gestionar» mejor el capitalismo, sino a utilizar el foco mediático para elevar la conciencia de las masas y demostrar la incapacidad del parlamentarismo para resolver problemas estructurales como la vivienda, la precariedad o la represión política.
Bajo esta lógica, la unidad de acción en el terreno electoral se justifica estrictamente por la correlación de fuerzas. Si el avance de la reacción amenaza con destruir los espacios de organización obrera y social, la vanguardia tiene la obligación táctica de participar en coaliciones amplias para proteger esas libertades democráticas mínimas que permiten la lucha futura. Sin embargo, para que esta síntesis sea genuinamente leninista, debe evitar el «cretinismo parlamentario»; es decir, debe dejar claro que el voto es solo un mecanismo de defensa y que el poder real sigue residiendo en la capacidad de movilización extraparlamentaria, en las huelgas y en el control de los centros de producción. En última instancia, la propuesta de un frente que aglutine lo social y lo nacional busca ganar tiempo y espacio para que la clase trabajadora supere sus ilusiones en las urnas y construya, a través de la experiencia práctica, los órganos de poder popular que habrán de sustituir a la democracia formal burguesa.

