Armando Marcos
El mundo está en llamas.
Los políticos y la mayoría de los gobernantes ven las guerras en directo por la televisión como si fuera algo normal lo que a nivel de calle es plenamente anormal. A los gobiernos solo les preocupa el negocio de las armas.
La vida, el día a día, se ha convertido en un infierno.
Las ciudades parecen selvas donde solo habitan salvajes humanos convertidos en seres insensibles, insolidarios y sin principios.
No importa si la gente muere de Covid, de hambre de un cáncer o de otras enfermedades incurables. No importa las pandemias, la inseguridad, los asesinatos, los pederastas de la Iglesia.
No importa si millones de niños mueren de hambruna y de sed. No importa ver a miles de vagabundos durmiendo en las calles o en las esquinas de este perro mundo.
No importa que los inmigrantes (migrantes) se ahoguen y desaparezcan en las rutas marítimas más peligrosas del mundo como son las aguas de las Islas Canarias. No importa si los desaparecidos son niños, mujeres o ancianos.
No importa nada. Nada importa a los gobiernos y a esa clase política corrupta y sin alma. Solo les importa el poder político y el dinero para gobernar por un puñado de votos, que posibilita la corrupción podrida y el enriquecimiento personal. Eso hay que llamarlo: «La democracia del Fango».
Nos hemos habituados a ver las imágenes que nos ofrecen las cadenas de televisión de las guerras y las matanzas de inocentes en diversos países en conflictos. Ahí tenemos el genocidio cometido por Israel asesinando a la población Palestina provocando un holocausto terrible. Y ahí tenemos la guerra horrible entre Rusia y Ucrania.
El mundo arde por todas partes. El ser humano tiende a olvidar o a borrar su memoria porque tampoco le importa el sufrimiento de los demás. Tampoco podemos olvidarnos de los conflictos bélicos con miles de muertos en diversos países de África y otros puntos calientes del mundo. Unos y otros reciben armas de los Estados Unidos (EE.UU.) la Union Europea (UE) y otros aliados que apoyan a los distintos bandos.
Detrás de esos supuestos apoyos, destaca el negocio de la venta de armas. Las guerras siempre son un negocio a cambio de provocar ríos de sangre humana y la destrucción de los países. Luego, tras las masacres y las muertes de millones de seres humanos, escuchamos la cínica respuesta de la diplomacia política leyendo un lacónico comunicado llamando hipócritamente a la Paz. Palabras, palabras, palabras…
Mientras tanto, el mundo sigue en llamas y la deshumanización global está cada día más cerca. La destrucción humana es imparable y total.
La metamorfosis del hombre lo ha convertido en un animal salvaje y mortal.
Nada importa al Vaticano ni al Papa que el mundo esté ardiendo en llamas. Si el Papa fuera de verdad el representante de Dios en la Tierra, tendría que presentarse en los escenarios donde se libran las guerras y se escuchan las ráfagas de metralletas y la explosión de los misiles. Así, con su presencia, viendo cómo mueren miles y miles de inocentes; contemplando el holocausto y el genocidio por los crímenes de lesa humanidad cometidos todos los días por Israel, el Papa sí tendría legitimidad moral y eclesiástica en nombre de Dios para exigir el fin de la guerra. Pero el Papa, Francisco, tiene que hacerlo sobre el terreno y ante los cadáveres que se amontonan en las calles de Palestina por la destrucción criminal del Gobierno de Israel. La única legitimidad del Papa es su entrega total al servicio de los demás. Sus sermones no construyen la Paz.
Si Dios existiera no permitiría las masacres, los crímenes y las guerras que destruyen países, ciudades y pueblos ocasionando millones de muertos en todo el mundo.
¿Cómo se puede creer en Dios que no evita que el mundo sea un infierno mortal?
¿Cómo se puede creer en la Iglesia que se ha alejado de la sociedad y está infectada de curas pederastas y violadores de niños y niñas? ¿Qué Dios es éste que permite que el Vaticano y todas las Iglesias católicas cierren sus puertas a los pobres y vagabundos que piden pan y un techo para no morir de frío abandonados en las calles?
Es muy cómodo desde una ventana limitarse a bendecir a la humanidad con su clásico “Urbi et Orbi”. Amén.

