Por: José Manuel Rivero. Abogado y analista político
El
estruendo que sacude los parqués financieros este marzo de 2026 no es un fenómeno coyuntural, sino el eco innegable de una implosión sistémica largamente anunciada. Mientras el Brent se desbocay la inflación estrangula los salarios, la vieja Europa que conforma la Unión Europea asiste a su propio desmoronamiento desde la parálisis del vasallo. La realidad material es tozuda: la caída de los mercados y el encarecimiento de la vida no son accidentes del ciclo, sino síntomas de una arquitectura imperial que ya no puede sostener el peso de sus contradicciones. El bloque hegemónico atlantista ha decidido, en su fase de declive, que sea la clase trabajadora de la Unión Europea quien pague —con su nivel de vida y su futuro— la factura de una fiesta de sangre y deuda que nunca le perteneció.
Asistimos a la culminación de un proceso de subordinación suicida. Estados Unidos, cargado con una deuda histórica que acaba de quebrar la insostenible barrera de los 39 billones de dólares —un hito confesado con alarma este mismo mes por su propio Comité de Presupuesto—, sobrevive hoy únicamente gracias a la coacción militar y a la imposición forzosa de su divisa. Esta cifra obscena no es un mero registro contable; es el coste de mantener una hegemonía agrietada que necesita exportar la guerra para postergar su propia quiebra. Para ello, cuenta con la servidumbre de una Unión Europea que, abdicando de cualquier soberanía real, ha profundizado su dependencia hasta asumir los costes de una confrontación que dinamita la base material de sus propios pueblos.
La tragedia europea es la de la clase trabajadora que financia su propia destrucción. El desembolso sistemático de recursos para sostener al régimen de Kiev —convertido en un sumidero de capitales y corrupción— alcanza ya los 194.900 millones de euros. A esta sangría se suma el reciente paquete de 90.000 millones aprobado por el Parlamento Europeo en febrero para el bienio 2026-2027, del cual 60.000 millones van destinados íntegramente a alimentar la maquinaria bélica. Mientras la desindustrialización asola a la Unión Europea —con caídas de producción que ya mermaban un 1,5 % en la eurozona a inicios de año—, el fruto del esfuerzo de las clases populares se desvía para engordar al complejo militar-industrial transnacional. Es, sin precedentes en este siglo, una transferencia de rentas del trabajo al capital armamentístico.
A este vasallaje en Ucrania se une la complicidad necesaria con el régimen sionista y la administración estadounidense. La reciente ofensiva bélica conjunta de EEUU e Israel contra Irán, que inicialmente se centró en infraestructuras energéticas, ha escalado de manera dramática. Los ataques no solo alcanzaron el complejo de enriquecimiento de uranio de Natanz, sino también el yacimiento de gas de South Pars —el mayor del planeta—, un golpe directo a la columna vertebral energética del país. Sumados al cierre de hecho del estrecho de Ormuz, por donde transita una quinta parte del petróleo y del gas natural licuado del planeta, estos golpes no fueron daños colaterales. Eran un diseño estratégico.
Y la respuesta, como era previsible en la lógica de la escalada, ha sido simétrica y devastadora. El 21 de marzo de 2026, las fuerzas iraníes han lanzado un misil de represalia contra la ciudad de Dimona, en el sur de Israel, impactando la principal instalación nuclear del país. Pero el contraataque no se ha detenido ahí. Instalaciones estratégicas vinculadas a intereses occidentales, como la refinería de Ras Laffan en Qatar —operada por Qatar Gas, ExxonMobil, Shell y ConocoPhillips—, han sido alcanzadas. Allí, según nos ha ilustrado uno de los mejores geopolíticos mundiales, Pepe Escobar, se concentran los únicos 14 trenes de GNL (Gas Natural Licuado) del planeta, cuya reposición llevaría más de una década; al menos uno de ellos ha sido incendiado. Todos estos nodos se encuentran, nos sigue diciendo Escobar, dentro del alcance de los misiles balísticos e hipersónicos iraníes, capaces de viajar a Mach 16 y hacer inútil cualquier sistema de interceptación.
Este intercambio directo sobre activos estratégicos —Natanz, South Pars, Dimona, Ras Laffan— representa un punto de no retorno. Ya no se trata de desgaste en la periferia, sino de golpes en el núcleo de los programas nuclear y de disuasión, así como en la infraestructura energética que sostiene la economía global. El proyecto del Gran Israel está en el trasfondo del ataque militar criminal conjunto de EEUU e Israel y su escalada de guerra de agresión contra Irán, que se extiende al Líbano, habiendo precedido el genocidio que continúa perpetrando la entidad sionista contra el pueblo palestino. Este proyecto no es una reliquia ideológica, sino una hoja de ruta materialista que exige el control por parte del sionismo internacional, que ha abducido a los EEUUU, sobre las principales cuencas de hidrocarburos y sus rutas de tránsito para asegurar la renta energética de la oligarquía corporativa internacional que controla el sionismo .
Paralelamente, Irán ha reconfigurado, como nos sigue esclareciendo Pepe Escobar, las reglas de tránsito en el estrecho de Ormuz. El nuevo régimen iraní condiciona el paso a la comercialización en petroyuanes y exige un peaje del 10 % sobre cada barco. Esta medida podría reportar a Teherán hasta 73.000 millones de dólares anuales —una cifra que no solo compensa el impacto de las sanciones, sino que evidencia el declive del dólar como divisa energética hegemónica. Para la Unión Europea, que ya ha cambiado una dependencia energética (rusa) por otra aún más letal —la de ser rehén de una guerra que no controla—, esta reconfiguración supone un nuevo frente de vulnerabilidad.
La escalada militar de esta magnitud dinamita cualquier pretensión de estabilidad energética y hunde aún más el poder adquisitivo de las familias europeas. La Unión Europea, atada a un eje Washington-Tel Aviv que fija los precios a voluntad, ve cómo sus gobiernos financian con impuestos y recortes una guerra que no les pertenece, mientras Irán despliega, así nos vuelve a informar Pepe Escobar, una doctrina de “parálisis estructural” que apunta directamente a los cuatro órganos vitales de Israel: el 85 % del agua potable —concentrado en cinco plantas desalinizadoras—, la red eléctrica nacional, los puertos de Haifa y Ashdod por donde entra el 85 % del trigo que consume la población civil, y las refinerías de Haifa, única fuente de petróleo refinado. Es la primera guerra total de alta tecnología en Asia Occidental, y sus costes, como siempre, recaen sobre las mayorías populares.
En este escenario de crisis orgánica, donde las burguesías nacionales son incapaces de ofrecer progreso material o seguridad, el papel del Estado muta hacia su esencia más pura: la herramienta de dominación de una clase, la capitalista, sobre otra, la trabajadora. Al agotarse el consenso mediante el bienestar, las élites, a través de sus gobiernos, se repliegan hacia la coerción. El endurecimiento del aparato administrativo y penal no es una casualidad; es una necesidad sistémica para disciplinar y contener la protesta de unas mayorías sociales asfixiadas por la carestía. La gestión de la escasez se delega en la porra y la sanción administrativa o penal, mientras se envuelven en retórica patriótica los mismos intereses de clase que han vaciado las arcas públicas.
Esta dinámica de disciplinamiento encuentra su correlato en el ascenso de los fascismos con nuevo rostro. Lejos de constituir una anomalía, estas fuerzas son la reacción necesaria del capital: canalizan el malestar popular hacia chivos expiatorios inofensivos para el poder económico —el migrante, el disidente— mientras blindan las estructuras que originan la crisis. Los monopolios mediáticos los blanquean para ocultar su naturaleza: son la fuerza de choque de las élites cuando el contrato social se rompe. No representan una amenaza para el orden establecido; son los perros guardianes de la acumulación capitalista en tiempos de escasez.
La historia material demuestra que ningún bloque dominante colapsa sin intentar devorar antes a sus propios trabajadores. En este invierno de los vasallos, la clase obrera europea descubre que el precio de la obediencia de sus gobernantes es su propia ruina. Mientras la guerra se prolonga y la deuda imperial se socializa a través de recortes y servicios públicos degradados, el continente asiste a la paradoja final: ha entregado su soberanía a unos tutores que jamás morirán por los pueblos de Europa, pero que exigen, implacablemente, que sea el trabajador europeo quien muera, trabaje y se empobrezca por ellos.
Porque en el fondo, la fractura decisiva no discurre entre naciones, sino entre clases. Frente a la complicidad de unas élites que han convertido la guerra en negocio y la necesidad popular en rehén, la única fuerza material capaz de detener esta espiral es la misma a la que se le ha cargado la factura: la clase trabajadora organizada, la que sostiene los sectores estratégicos, la que paga con su cuerpo tanto las sanciones como los misiles. Que ningún dirigente político, ningún tanque, ningún monopolio mediático pueda ya hacerle creer que su enemigo está al otro lado de una frontera. Su enemigo —el único que se beneficia de su sacrificio— está en los consejos de administración de las corporaciones capitalistas de la guerra y en los gobiernos que les sirven de mayordomos. De nuevo ha de resonar y materializarse la divisa de la emancipación de la clase trabajadora: Proletarios/as de todos los países del Mundo Uníos. Contra la guerra global, Huelga General. Hacia la Quinta Internacional Socialista.

