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Home»Opinión»Justicia»Por supuesto: no son todos los jueces

Por supuesto: no son todos los jueces

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By on noviembre 9, 2016 Justicia
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Son días de gozo para la salud democrática: los medios de comunicación regionales informaron pormenorizadamente sobre supuestas irregularidades –acaso punibles- relacionadas con algunas señorías. Pero a pesar de la espectacularidad, se trata de minoritarias minorías dentro del amplio colectivo. Por tanto, ajenas a la función primera de un juez: “Dar a cada uno lo que le corresponde o pertenece”.  

Son, insisto, actuaciones individuales, aunque por su impacto desestabilizan a unos y refuerzan a incrédulos o críticos radicales. Además, perplejan y anonadan pues en muchas mentes jamás se consideró la condición humana de sus señorías. Tal vez no eran dioses olímpicos; ni tan siquiera lares, a la manera de la sociedad romana dos veces milenaria. Pero humanos humanos, lo que se dice seres con debilidades, manías, pasiones naturales, contradicciones o equívocos, ni hablar.

Hasta hace poco nadie contradecía su fallo. Muy al contrario, la prudencia recomendaba aquella locución tan socorrida de “Asumo el veredicto, pero no lo comparto”, artilugio lingüístico para manifestar en público la disconformidad con una sentencia. Y a causa de tal trasnochado dogma (siempre actúan sin errores humanos posibles), la tan auxiliadora construcción próxima a políticos hipotéticamente delincuentes: “Tengo mi conciencia tranquila. Confío plenamente en la Justicia”. Es decir, en los humanos que actúan por ella.  (Se mantienen otros dos recursos: si la sentencia es favorable, “Siempre confié en la Justicia”. Si no, “Jamás comento las decisiones judiciales”, construcciones ambas tan presentes en la señora vicepresidenta, astuta ella.)

Así pues, y solo como ejemplo, transcribo subtítulos leídos aquí y allá y que llevaron a la asociación Jueces para la Democracia (una de las cuatro del colectivo) a exigir el cese (hoy también significa ‘deposición, destitución’) del señor X, magistrado con excesivo protagonismo en las páginas de periódicos e informativos de radio. Además, reclamó la apertura de expediente disciplinario». Léense en aquellos textos distintas variantes relacionadas con llamativas formas de actuar, visitas a despachos, entradas por zonas reservadas… Otros son enjundiosos o, cuando menos, impactantes: “El juez X grabó a un compañero de la Audiencia Provincial en su despacho”; “El audio entre el abogado […] y el magistrado X revela aventuras amorosas, abonos sospechosos de dinero y oscuras maniobras”…

Pero hay más: “La conversación entre el magistrado X y el empresario Z duró 45 minutos más de lo que reflejan las grabaciones”… En efecto: días antes el señor Z, empresario, había registrado sin consentimiento de la otra parte la conversación mantenida con el señor X, juez, en torno a una jueza, la señora F, hoy exdiputada de Podemos y ayer candidata de esta agrupación al ministerio de Justicia. Pero hete aquí que la grabación entregada por el señor Z estaba incompleta según técnicos especialistas de la Guardia Civil.

Vaya por delante el inviolable principio que exime a cualquier ciudadano de culpabilidad mientras esta no se demuestre. Pero si a los dos párrafos anteriores añadimos la transcripción titulada “Deliberaciones nada secretas” (Canarias7, 5 de noviembre), la imagen se difumina pues, al menos, determinados comentarios resultan inapropiados en sus señorías, por más que pueda tratarse de una reunión informal. Sorprende la afirmación de alguien sobre la mafiosidad de todos “los jovencitos” rusos fuera de su país o que “todas las rumanas, [son] putas”: aparentan generalizaciones al menos muy precipitadas y, por supuesto, imprudentes.   

Digo al principio “días de gozo para la salud democrática” y digo bien: jamás de los jamases el bisturí diseccionador de las palabras públicas había abierto en canal una estructura tan cerrada, monolítica y en momentos de la Historia muy temida. Por ejemplo, los tribunales de Orden Público, uno de los tantos elementos represivos usados en la dictadura franquista contra colectivos y personas amantes de libertades (Agustín Millares Cantero; Maxi Páiser…) y, las más de las veces, sacrificadas en su nombre. Así, sindicalistas (en honor a la verdad, casi todos de CC OO, la otra); proletarios que reivindicaban justicia social; miembros y simpatizantes de partidos políticos (PCE, sin menoscabo de otros); profesores que pregonaron en las aulas palabras de ilusiones y esperanzas frente a violencias del Estado, Carabanchel, sanciones económicas… (Le debo a la libertad / muy grande deuda le tengo. / Y como le debo, debo pagarle, pues soy honrado. / Llévenme, pues, a la cárcel / para que más libre sea.)

Anteayer intervino, al fin, el Consejo General del Poder Judicial. Expedienta al magistrado X (señor Alba) por dos faltas muy graves y una tercera grave, referidas a “inobservancia del deber de abstención” […], “revelación de hechos o datos conocidos en el ejercicio de su función […] cuando se cause algún perjuicio a la tramitación de un proceso o a cualquier persona y, finalmente, al “exceso o abuso de autoridad”.

Insisto, sin embargo, en las imperfecciones inherentes a todas las sociedades humanas, a todas. Torpe sería negar, por tanto, desaciertos en quienes imparten justicia: Errare humanum est (‘Errar es humano’), dice la expresión latina que intenta enmendar naturales fallos o errores cometidos incluso por señorías, aunque sin ánimo de perjudicar. 

Acepto, pues, la expresión latina como algo innato del individuo, consustancial a su propia imperfección. Pero tal máxima debe llevarse a su mayor encumbramiento con un segundo elemento: …Sed perseverare diabolicum (‘Pero es diabólico perseverar’ [en el error]). Por tanto, actuó el CGPG. Puede estar en juego algo rigurosamente importante en una sociedad libre: la pureza de sus estructuras judiciales, acaso bajo sospecha de extraños entramados en los cuales se mezclan señorías, influencias, poderes económicos, caminos enrevesados, tuteos…

A pesar de todo, y a la manera de Blas de Otero, tiendo mi mano a la inmensa mayoría de jueces, magistrados… y defiendo su pudor profesional: me identifico con la “indignación” generalizada en todos sus órganos de Canarias. A la par, me felicito por la revitalización de la Prensa, elemento absolutamente imprescindible para el control democrático de nuestra sociedad (tal como estimo en sus fuentes de información). Sus señorías, mientras, meditarán sobre excesivas confianzas… o acaso imprudencias.

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