La victoria de Lula: un terremoto geoestratégico desde el Sur Global

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Por: Carlos Martínez, presidente de Soberanía y Trabajo

La victoria de Luiz Inácio Lula da Silva en las elecciones brasileñas de 2022 no fue un simple cambio de gobierno. Fue un acontecimiento político de primer orden que reconfiguró el tablero latinoamericano y envió una señal inequívoca al mundo: la derecha neofascista bolsonarista, arropada por Washington y por la international reaccionaria, podía ser derrotada en las urnas. Pero más allá de su significado interno, el regreso de Lula a la presidencia de Brasil tiene una dimensión geoestratégica que aún no ha sido suficientemente analizada.

Estamos ante un líder que no solo gobierna un país continente, sino que se ha convertido en pieza clave de la arquitectura alternativa que el Sur Global está construyendo frente al orden unipolar occidental. Lula y los BRICS: el motor de la desdolarización El papel de Lula en los BRICS es determinante. Brasil no es un socio cualquiera: es la mayor economía de América Latina, un actor energético y agrícola de primer nivel, y una voz con autoridad moral en el mundo en desarrollo. Desde su retorno al poder, Lula ha impulsado con especial interés el debate sobre la desdolarización de la economía mundial. No se trata de una ocurrencia: es una necesidad estratégica.

La hegemonía del dólar como moneda de reserva y de intercambio comercial ha servido durante décadas como instrumento de coerción imperial, permitiendo a Estados Unidos imponer sanciones unilaterales, estrangular economías soberanas y financiar su déficit exterior a costa del resto del planeta. Lula lo sabe y por eso ha respaldado activamente la discusión sobre una moneda de los BRICS para el comercio intrabloque. No hablamos de un proyecto acabado, pero sí de un proceso que ya está en marcha y que cuenta con infraestructuras concretas. El Nuevo Banco de Desarrollo (NDB), el banco de los BRICS, está dirigido por una brasileña de peso: la expresidenta Dilma Rousseff, militante del Partido de los Trabajadores y figura de probada trayectoria soberanista. Este dato no es menor. El NDB no es un club de debates: es una institución financiera que ya opera y que aspira a convertirse en una alternativa real al FMI y al Banco Mundial, instituciones dominadas por Occidente y históricamente utilizadas como correas de transmisión del Consenso de Washington.

La apuesta de Lula por los BRICS y por la desdolarización no es retórica. Es una política de Estado que choca frontalmente con los intereses del imperialismo anglosajón y que explica, en buena medida, la hostilidad visceral que Trump y el establishment estadounidense mostraron hacia su candidatura. Washington sabía que una victoria de Bolsonaro mantenía a Brasil alineado con la órbita occidental; una victoria de Lula lo convertía en un actor autónomo y, peor aún, en un promotor activo de la multipolaridad. Neutralidad en Ucrania y divergencias con la Unión Europea En el terreno de la guerra de Ucrania, Lula ha mantenido una posición de neutralidad que ha irritado profundamente a las cancillerías europeas y a las izquierdas liberales y woke del Viejo Continente. Su postura es clara: condena la invasión territorial —Brasil nunca ha reconocido el derecho de Rusia a ocupar territorio ucraniano—, pero rechaza tomar partido en un conflicto que considera que no se resolverá en el campo de batalla.

Lula ha criticado con dureza la lógica del rearme europeo, calificándola de «locura», y ha señalado que los billones de dólares destinados a armamento deberían emplearse en educación, salud y alimentación. Su conclusión es meridiana: «sin la participación de los dos presidentes en conflicto, no hay paz». Esta posición contrasta radicalmente con la de la Unión Europea, que ha apostado por un apoyo militar y financiero continuo a Ucrania —más de 231.500 millones de euros movilizados, de los cuales 77.900 millones son asistencia militar—, por sanciones crecientes contra Rusia —al menos 21 paquetes hasta 2026— y por un respaldo político que incluye el estatus de país candidato para Ucrania.

Bruselas insiste en que cualquier paz debe basarse en el derecho internacional y en el respeto a la integridad territorial ucraniana, pero Lula considera que esta estrategia está prolongando el conflicto y generando costos enormes, además de desviar a Europa de su tradición de paz y democracia. Ha criticado también la falta de coherencia europea: durante mucho tiempo se insistió en dialogar solo con Zelenski y no con Putin, pero cuando Trump dialogó con Putin, la UE cambió de postura. Para Lula, esto es el resultado de «personas irresponsables que no quieren discutir la paz, sino solo hablar de guerra». El Sur Global frente al globalismo «progresista» La relación de Lula con el universo globalista es compleja y merece un análisis matizado. Es cierto que Lula mantuvo vínculos con George Soros padre, quien lo recibió con frialdad, mientras que su hijo, Alexander Soros, tiene una visión diferente.

La Open Society ha sido, en mi opinión, un referente del imperialismo «progresista» y del globalismo, una suerte de fachada filantrópica del poder blando occidental. Pero el compromiso de Lula con el Sur Global es más fuerte que cualquier coqueteo con esas redes. Su imbricación con los BRICS y su muy buena relación con China así lo atestiguan. Lula no es un hombre del globalismo; es un hombre del Sur Global, y eso explica que no sea santo de la devoción de los globalistas, aunque cuente con el apoyo de las izquierdas liberales y woke de Europa, que lo ven como un baluarte frente a la ultraderecha. Sin embargo, esas mismas izquierdas woke-liberales discrepan profundamente de Lula en asuntos geoestratégicos. Mientras ellas defienden el rearme de la UE y las sanciones contra Rusia, Lula aboga por la negociación y el alto el fuego. Mientras ellas se alinean con la OTAN, Lula construye puentes con China, Rusia y el resto del Sur Global. Es una diferencia significativa que revela hasta qué punto el progresismo occidental ha abandonado la causa de la paz y la soberanía.Apoyos y contradicciones Lula ha recibido apoyos diversos. Toda la izquierda latinoamericana lo ha respaldado sin fisuras, y la Red Socialista Internacional (SOVINTERN), con sede en Moscú, también lo ha apoyado.

El saludo de Cuba fue de los primeros en llegar. Pero no todo es unanimidad: sus políticas sociales han sido tímidas y timoratas en algunos aspectos, y su relación con el imperialismo «progresista» genera suspicacias legítimas. Aun así, es justo reconocer que Lula está donde está: en la presidencia de Brasil, impulsando los BRICS, promoviendo la desdolarización, defendiendo la neutralidad en Ucrania y plantando cara a la hegemonía occidental. En el desierto de las izquierdas occidentales, Lula es un hombre bien visto por unas y otras causas, pero sus diferencias con las izquierdas woke-liberales en asuntos geoestratégicos son irreconciliables. A modo de conclusión La victoria de Lula no fue solo una derrota del bolsonarismo y de los intereses de Trump y Washington en América Latina. Fue un triunfo de la multipolaridad, del Sur Global y de la posibilidad de construir un orden internacional alternativo. Lula juega un papel determinante en los BRICS, impulsa la desdolarización, defiende la paz en Ucrania frente a la lógica del rearme europeo y se niega a subordinar Brasil a los designios del imperialismo «progresista» o del globalismo. No es un santo, no ha acertado en todo, pero su victoria tiene una importancia política y geoestratégica que trasciende las fronteras de Brasil. En un mundo que se debate entre la unipolaridad decadente y la multipolaridad emergente, Lula es una pieza clave del bando equivocado para unos y del bando correcto para otros. Y eso, en sí mismo, es la medida de su relevancia histórica.

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