Alerta roja: la vuelta del nazismo

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Por: Joaquín Hernández, periodista.

CUADERNO DE BITÁCORA

La extrema derecha arrasa en Alemania. Hoy, cuando se habla del “avance del nazismo”, conviene evitar tanto la trivialización como la histeria. No todo populismo es fascismo ni toda crisis económica engendra totalitarismo. Pero sí es cierto que cuando las instituciones democráticas se muestran impotentes, cuando las élites pierden legitimidad y cuando el resentimiento se organiza en torno a identidades excluyentes, el terreno se vuelve peligroso. La historia alemana de “entreguerras” nos recuerda que la democracia no se defiende sola: requiere resultados, cohesión mínima y una ciudadanía dispuesta a rechazar las soluciones mágicas que prometen restaurar un pasado idealizado a costa de la libertad de otros.

El ascenso del nazismo en Alemania entre 1919 y 1933 no fue un accidente de la historia ni el simple producto de la locura de un solo hombre. Fue el resultado previsible, y en gran medida evitable, de una combinación tóxica de humillación nacional, crisis económica profunda y debilidad institucional. Comprender este proceso no es un ejercicio académico: es una advertencia permanente sobre lo frágil que puede resultar el orden democrático cuando se combina el miedo con la promesa de grandeza restaurada.

Tras la derrota en la Primera Guerra Mundial, el Tratado de Versalles se convirtió en el gran catalizador del resentimiento. Las reparaciones, la pérdida de territorio, la cláusula de culpabilidad de guerra y la limitación del ejército generaron en amplios sectores de la sociedad alemana la sensación de que la República de Weimar había nacido traicionando a la nación. Esta narrativa, explotada con maestría por Hitler y el NSDAP, transformó una derrota militar en una herida moral permanente. El “stab-in-the-back” (la puñalada por la espalda) se instaló como explicación simplista y emocionalmente poderosa.

La debilidad estructural de la República de Weimar facilitó el camino. Un sistema de representación proporcional extrema fragmentó el Parlamento, los gobiernos de coalición eran inestables y el artículo 48 de la Constitución permitía gobernar por decreto. Cuando los partidos tradicionales preferían pactar con los nazis o tolerarlos antes que aliarse con los socialdemócratas o los comunistas, el sistema ya estaba herido de muerte. El nombramiento de Hitler como canciller en enero de 1933 no fue un golpe de Estado, sino una decisión política tomada por élites conservadoras que creyeron poder controlarlo. En pocos meses demostraron lo contrario.

Hay una lección incómoda en este proceso: el nazismo no triunfó solo por la violencia de las SA ni por la eficacia de la propaganda de Goebbels. Triunfó porque amplios sectores de la sociedad alemana —no solo los fanáticos— estuvieron dispuestos a sacrificar la libertad y el pluralismo a cambio de orden, orgullo nacional y un chivo expiatorio. El antisemitismo no fue un detalle marginal; fue un elemento central de cohesión ideológica que permitió unificar odios diversos bajo una sola causa.

El nazismo no fue inevitable. Fue posible. Y esa es precisamente la parte más inquietante de su avance.

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