Por: Rafael Rodríguez Marrero. Docente jubilado; antimilitarista y antifascista
Vivir hoy en
el planeta Tierra no parece muy seguro. Después de la publicación del primer informe del Club de Roma en 1972, “Los límites al crecimiento» -y sus actualizaciones posteriores- que nos advertían acerca de la mala salud planetaria debido al crecimiento desenfrenado en los ritmos de vida y consumo de las sociedades opulentas, las élites dominantes en estas sociedades de capitalismo obsceno (concentrado en el llamado Occidente colectivo, pero con pretensiones de extenderse -hasta la fecha con bastante éxito, salvo en los lugares a los que no llega la electricidad- por todas las regiones del globo) saben que, efectivamente, la situación, cincuenta y pocos años después, es límite. El modo de producción capitalista que la humanidad ha aguantado durante casi quinientos años se agota; al menos, en lo que han sido sus regiones centrales (las que aglutinamos en torno al Occidente colectivo). Las periferias no se encuentran mejor; sin embargo, sí parecen más adaptadas a lo que se vislumbra.
La huella ecológica es un concepto que analdo por los investigadores William Rees y Mathis Wackernagel a mediados de la década de los noventa del pasado siglo y asumido por buena parte de la comunidad científica internacional, muestra que los ciudadanos de los países occidentales (de manera, sin duda, desigual entre ellos y ellas) estamos consumiendo y desechando enormes cantidades de recursos. Y sabemos que, para producir, precisamos energía, a ser posible barata.
Hemos llegado a un momento en que la energía fósil (carbón, petróleo, gas) de la que venimos dependiendo desde que se inició la 1ª revolución industrial se agota. La que va quedando en el subsuelo resulta cada vez más cara extraer. Y sabemos que los seres humanos sin energía no somos nada. También se ha comprobado, pese al negacionismo de los fundamentalistas del mercado, que el abuso de tales recursos energéticos fósiles se ha vuelto contra la propia naturaleza que nos protege tornando incontrolable el clima y alterando los frágiles equilibrios que generan y mantienen la vida en toda su diversidad, tal como se conoce al menos desde los inicios del Holoceno.
Las sociedades que hemos construido en estas latitudes y que comparten costumbres, saberes y artes desde hace siglos (conformando lo que hoy llamamos la civilización occidental, el Occidente colectivo) encontramos, en los avances de las ciencias y las técnicas, fórmulas para “progresar” en el planeta. Si bien, lo han hecho a costa de imponerse a otras culturas y sociedades a las que se les consideró “inferiores”. En ese sentido, Edward O. Wilson nos recordaba que “gran parte de la tecnología ha tenido el combate como su objetivo principal”. Incluso, desde algunas religiones (como la que sostiene a los neofascistas estadounidenses) se ha justificado el uso de la fuerza bruta militar para imponerse: “Porque la mano que blande esta espada y mata con ella no es la mano del hombre, sino la de Dios; y no es el hombre, sino Dios quien cuelga, tortura, decapita, mata y lucha. Todas estas son obras de Dios” (1)
Esta civilización nuestra occidental, que se ha creído triunfante, es hija del capitalismo; concepción económica, social y política que se ha asentado en esta parte del mundo (con intenciones globales desde tiempo atrás, como sistema mundial, pues su formato más desarrollado lo ha encontrado bajo el imperialismo y este siempre es expansivo, como los tumores).
Caracterizado el capitalismo “por la aparición de un mercado mundial y de una clase activa de empresarios privados”, incluso la de una Estado (en aquel momento, Inglaterra) “dedicado a sostener que el llevar al máximo las ganancias privadas era el fundamento de la política del gobierno”, como señalaba E. Hobsbawm. Historiador inglés quien nos recordaba, además, que “ante los mercaderes, las máquinas de vapor, los barcos y los cañones de Occidente, los viejos imperios (incluso el gran Imperio chino) y civilizaciones del mundo se derrumbaban y capitulaban” (2).
Un modo de producción, el capitalista, sostenido sobre la propiedad privada de los medios para producir, la explotación de la fuerza de trabajo de las mayorías -asalariadas- y la producción de mercancías para, puestas en el mercado, facilitar la acumulación continuada de capital.
Pues ese modo de producción histórico en el siglo XXI ya bordea sus límites; atraviesa una profunda fase degenerativa y, con él, su potencia hegemónica durante el último siglo -tras el final de la primera conflagración mundial-. Y es que se vuelve imposible el crecimiento infinito que propugna ese sistema en un planeta caracterizado, entre otras, por su finitud. Además, la acumulación de valor -la sangre que irriga y da vida al sistema- se muestra gripada.
Por si fuera poco, y como no podía ser de otro modo, las periferias del sistema (las mayorías) se levantan pidiendo participar del reparto y reclamando otras maneras de relacionarse entre países y regiones. Asunto este sobre el que volveremos en otro momento.
Y es que, ciertamente, aún no está cuestionado en su conjunto aquel modo de producción; si bien se abren cada vez más amplias grietas que, afortunadamente diría, amenazan su existencia.
Sí resulta evidente que el hegemón -EEUU- percibe su declive. Y en estos tiempos, en ese interregno, en que lo viejo no termina de morir y lo nuevo no acaba de emerger aparecen los monstruos, como recordara el pensador y político sardo. Pero el interregno podrá resultar más o menos largo, en función -en gran medida- de los martillazos que las clases desposeídas sean capaces de descargas para ampliar las grietas lo suficiente como para destruir los muros que este sistema demencial ha ido construyendo al objeto de eternizarse.
Mientras tanto, el hegemón viene mostrando al mundo cuánto daño es capaz de realizar al objeto de seguir manteniendo el liderazgo de un modelo civilizacional que acaba con todo aquello que contiene la vida para ser vivida con dignidad.
El impresionante crecimiento una vez más (ocurrió parecido antes de las primera y segunda Guerras Mundiales) del complejo militar-industrial es muestra de lo que decimos; de hasta dónde es capaz de llegar el Capital para mantenerse vigoroso; para perpetuarse a costa de las poblaciones que habitamos en este planeta alarmado.
Humanos que debemos ocupar los espacios públicos para levantar las voces contra la barbarie de las guerras y contra las organizaciones que, como la OTAN, nos conducen a ellas.
(1) Martín Lutero (1526): “Si los hombres de armas también pueden estar en gracia”; citado por Wilson, E. O. (2012/2014): “La conquista social de la Tierra”. Debate, Barcelona.
(2) Hobsbawm, Eric (1962/1997): “La era de la revolución. Europa 1789-1848.” Planeta-Crítica. Barcelona.
Rafael J. Rodríguez Marrero.
Docente jubilado; antimilitarista y antifascista.

