Por: José Manuel Rivero. Abogado – Analista político
El análisis de la geopolítica contemporánea exige una mirada que trascienda la superficie de los acontecimientos para desentrañar las estructuras de poder que dictan la marcha de la historia. Desde el fatídico 11 de septiembre de 2001, hemos asistido a un desplazamiento tectónico en la dirección estratégica de los Estados Unidos. Lo que en un principio se presentó como una respuesta defensiva al terrorismo global, se ha revelado con el tiempo como el punto de inflexión hacia una subordinación sistemática de la maquinaria imperial a intereses que no solo no coinciden con los de su propia estabilidad interna, sino que, en esta fase actual la socavan activamente. Como ha diseccionado Andrei Martyanov, estamos ante una capitulación de las élites de Washington, cuya autonomía estratégica se ha desvanecido en favor de una agenda externa que utiliza al aparato militar y financiero estadounidense como su principal fuerza de choque.
Esta realidad no puede entenderse sin abordar el concepto de la captura institucional. Las estructuras del poder en el Estado profundo norteamericano han sido permeadas por una red de influencias vinculadas al sionismo político, cuya prioridad absoluta es la consolidación del proyecto del Gran Israel. En este esquema, el Estado de Israel actúa como la punta de lanza de una estrategia de dominación regional que ha sumido a Oriente Próximo en una espiral de caos y destrucción. La caída de Siria en diciembre de 2024, donde se instrumentalizó a elementos terroristas yihadistas para instaurar un régimen funcional a los intereses de la ocupación, fue solo el preludio de la agresión actual contra las soberanías de Irán y Líbano.
La agresión ilegal perpetrada contra el Líbano y la escalada bélica contra Irán no son hechos aislados, sino la ejecución de una doctrina de aniquilación de cualquier polo de resistencia soberana. Los ataques conjuntos de EEUU e Israel del 28 de febrero de 2026 contra Irán, con extensión, repito, de la agresión israelí al Líbano, que según ha denunciado la comunidad internacional, incluido el Secretario General de la ONU, António Guterres, constituyen una violación flagrante de la Carta de las Naciones Unidas y del derecho internacional, buscan el desmantelamiento de los Estados nacionales para facilitar la reconfiguración territorial de la región. La justificación de «ataque preventivo» contra Irán esgrimida resulta insostenible, pues no existe prueba de una amenaza inminente que no sea la propia existencia de una política exterior soberana e independiente de la tutela imperialista.
El motor material de esta política se encuentra en los vasos comunicantes que unen al complejo industrial-militar estadounidense con la estructura de defensa de Israel. Existe una simbiosis extractiva donde el contribuyente estadounidense y, también, el de la Unión Europea financia, mediante transferencias masivas de capital y tecnología —solo en 2025 se aprobaron más de 12 mil millones de dólares en ventas militares y en enero de 2026 se aprobó un paquete adicional de 6.670 millones de dólares —, una maquinaria de guerra que beneficia a los grandes consorcios de armamento de ambos países. Israel funciona, en la práctica, como un laboratorio de pruebas en tiempo real para la tecnología bélica de vanguardia, validando en territorio libanés y palestino la eficacia de sistemas que luego son reintroducidos en el mercado global y utilizadas en las agresiones imperialistas: el 3 de enero contra la República Bolivariana de Venezuela y el 28 de febrero contra Irán. Esta retroalimentación ha dado lugar a una nueva era de «tecnomilitarización», donde empresas como Palantir o Anduril ven en Gaza un banco de pruebas para algoritmos de inteligencia artificial aplicados a la guerra. Este circuito garantiza que la política exterior de Estados Unidos permanezca anclada a la beligerancia permanente, ya que la paz representaría un colapso en las tasas de beneficio de esta alianza corporativo-militar.
La cobertura militar, diplomática y económica que Washington brinda a las operaciones genocidas en Gaza y las agresiones ilegales al Líbano e Irán es la manifestación más cruda de esta captura de las estructuras estatales. Resulta analíticamente imposible justificar, bajo cualquier lógica de interés nacional, el apoyo incondicional a una entidad que desestabiliza las rutas comerciales globales, la economía mundial y que erosiona la estabilidad de la metrópoli. Sin embargo, cuando se examinan los mecanismos de coerción que operan en las sombras, las piezas del rompecabezas encajan. El contexto de los archivos Epstein-Maxwell y sus vínculos con el aparato de inteligencia del Mossad, que según declaraciones de un exoficial israelí habría reclutado al financiero en los años 80 para operaciones de recopilación de información sensible, sugiere la existencia de una red de control y chantaje que garantiza la fidelidad de las élites. No es casual que la publicación de estos documentos coincida con momentos de máxima presión sobre la administración Trump para escalar la confrontación con Irán.
Paradójicamente, mientras esta dinámica se intensifica, emerge una contradicción interna en el seno del proyecto. Israel ha anunciado un plan de inversión de 110 mil millones de dólares para desarrollar su propia industria de defensa independiente, buscando reducir su dependencia histórica de Washington. Este movimiento, descrito por Netanyahu como la construcción de una «super-Esparta», sugiere que la relación podría estar mutando: de una simbiosis donde Israel era el socio menor, a una donde aspire a ser un centro autónomo de poder militar-tecnológico, aunque por ahora la cooperación y las ventas de armamento estadounidense sigan fluyendo. La presencia de una base del Mando Central estadounidense (CENTCOM) en territorio israelí, desde donde se coordinan operaciones, evidencia hasta qué punto la integración militar ha calado en la soberanía de ambos Estados.
Estamos, por tanto, ante una fase del imperialismo que se devora a sí mismo: mientras el tejido social y productivo de los Estados Unidos se degrada, sus recursos son drenados para sostener una guerra que beneficia a un proyecto de hegemonía etnocéntrica y a un complejo industrial que ha encontrado en la guerra perpetua su negocio más rentable. Ignorar esta captura institucional es renunciar a comprender la verdadera naturaleza del conflicto que hoy pone en riesgo la paz mundial. La guerra contra Irán no es un accidente ni un exceso; es la consecuencia lógica de unas estructuras de poder que han secuestrado la política exterior estadounidense al servicio de intereses del sionismo internacional, en una metamorfosis que convierte a la metrópoli en rehén de su propia creación.

