Por: José Manuel Rivero. Abogado – Analista político
La reciente escenografía desplegada en el Despacho Oval, con Donald Trump oficiando una suerte de liturgia junto a una cohorte de líderes del sionismo evangélico, trasciende los límites de lo meramente anecdótico para instalarse en el terreno del esperpento político. No es un acto de fe, sino un burdo ejercicio de prestidigitación: un intento de sacralizar las botas de los marines y bendecir el estruendo de los misiles que se ciernen sobre Irán y el Líbano, con sus consecuencias de destrucción y muertes. Es la vieja táctica del poder cuando su máscara se resquebraja: envolver el acero del imperialismo en el terciopelo de la divinidad para fabricar un consenso que la realidad material, por sí sola, ya no puede sostener.
Esta construcción de una «cruzada» moderna busca legitimar la agresión y el crimen de guerra bajo un manto de teología. Cuando la política interna se resquebraja, cuando la disensión aflora en las costuras de una sociedad profundamente polarizada y la economía de guerra exige sacrificios crecientes a la clase trabajadora, el cesarismo recurre a la metafísica. Trump, en un alarde de debilidad disfrazada de mesianismo, intenta transmutar la respuesta defensiva de Irán y la resistencia libanesa en un mero episodio de la lucha milenaria entre el «bien» y el «mal». Es la huida hacia adelante de un imperio que, incapaz de mantener su hegemonía por la vía de la diplomacia o el derecho internacional, se refugia en el misticismo de cuartel. Como bien analizan algunos expertos, esta «teatralización de la política» es un componente esencial del llamado «realismo político transaccional» trumpiano, donde el drama y el lenguaje nacionalista y religioso se utilizan para exaltar el patriotismo y confrontar a los oponentes, aumentando la polarización en beneficio propio.
Esta estética del «nacional-sionismo» nos retrotrae inevitablemente a los capítulos más oscuros de la historia europea. El eco del nacionalcatolicismo franquista resuena con una claridad inconfundible en esta amalgama de espada y cruz. Al igual que el dictador fascista español invocó una «Cruzada de Liberación» para encubrir la aniquilación de la voluntad popular y la imposición de los intereses de las oligarquías terratenientes, el actual inquilino de la Casa Blanca utiliza el rito evangélico para blindar una agenda de expansión colonial sionista. El paralelismo es estructural y litúrgico: del mismo modo que la jerarquía eclesiástica española ungió al general Franco bajo palio, bendiciendo su golpe de estado contra la República Española y consagrándolo como «Caudillo por la gracia de Dios» mientras se perpetraba una dictadura sanguinaria de cuatro décadas, los pastores evangélicos imponen hoy sus manos sobre Trump en el Despacho Oval para investirlo como ungido, legitimando así sus crímenes de estado. En ambos casos, la religión deja de ser un espacio ético para convertirse en la «trinchera cultural» desde la cual se dispara contra la soberanía de los pueblos. La España franquista, con su identificación entre religión católica y régimen político, construyó la figura de Franco como el «hombre providencial» enviado para salvar a la nación de la «anti-España», mientras la narrativa evangélica actual inviste a Trump (sometido al sionismo internacional) y a sus aliados como instrumentos de un designio divino, cuyo fin último, “El Gran Israel”,justifica cualquier medio, por violento que sea. La misma liturgia, distinto altar; la misma barbarie, distinto siglo.
Sin embargo, para entender la profundidad de este teatro de sombras, debemos aplicar una mirada de larga duración. No estamos ante un fenómeno aislado, sino ante la continuidad de una estructura secular de dominación. Lo que hoy se presenta como «defensa de la civilización judeocristiana» en Oriente Medio es la misma máscara que cubrió la conquista y el expolio de América. Ya Fray Bartolomé de las Casas, en sus crónicas y memoriales, denunció con lucidez implacable cómo se utilizaba el nombre de Dios para justificar el robo de tierras y el exterminio de poblaciones indígenas. Las «razones de fe» esgrimidas por los conquistadores del siglo XVI son el mismo pergamino que hoy utilizan los predicadores de la prosperidad para legitimar el despojo. Las «razones de fe» de ayer y de hoy no son más que una coartada para la acumulación por desposesión. Bajo el manto de la oración en el Despacho Oval, lo que realmente palpita es el interés geoestratégico por el control de los recursos energéticos, el dólar, las rutas comerciales y el sostenimiento de la entidad sionista como enclave nuclear colonial avanzado en la región.
El peligro de este esperpento reside en su capacidad para anular la razón jurídica y cancelar el pensamiento crítico. Si la guerra es «santa», el derecho internacional se convierte en un estorbo; si el líder es un «ungido», los crímenes de guerra se transmutan en «sacrificios necesarios» para el advenimiento de un reino mesiánico. Las recientes declaraciones del embajador de Estados Unidos en Israel, Mike Huckabee —un pastor evangélico que afirma que Israel tiene un derecho bíblico a las tierras entre el Nilo y el Éufrates— no son una excentricidad, sino la expresión de la política de estado: una flagrante violación de la Carta de Naciones Unidas y un llamado explícito a la anexión y la guerra de exterminio. La historia, analizada desde su base material y no desde sus mitos, nos enseña que estas cruzadas son siempre el síntoma inequívoco de una decadencia. La sobreactuación religiosa es el termómetro de una fragilidad política que, incapaz de ofrecer un futuro que no sea la barbarie bélica, prefiere convocar a los jinetes del Apocalipsis.
Mientras los pastores imponen sus manos sobre los hombros del presidente en una ceremonia que busca sacralizar la rapiña y el genocidio, conviene recordar lo que ocurre cuando la pólvora y la plegaria se funden en un mismo altar. El 28 de febrero, en el primer día de esta ofensiva, un misil destruyó la escuela de niñas Shajarah Tayyebeh en Minab, al sur de Irán. Las investigaciones de The New York Times, basadas en análisis visual y satelital, apuntan a que fue un ataque de precisión estadounidense contra una base naval adyacente, un «error de identificación del objetivo» (y yo digo: no es un error es dolo; en derecho penal se tipifica el dolo eventual, en su caso ) que segó la vida de al menos 175 personas, en su mayoría niñas de entre siete y doce años . Sus cuadernos, sus mochilas y sus cuerpos quedaron sepultados entre los escombros mientras en Washington se afinaba la liturgia. Ante esta carnicería, la imposición de manos en el Despacho Oval no es otra cosa que la búsqueda de una absolución religiosa: la certeza de que este poder, como el de Franco, solo responde ante Dios y ante la Historia, nunca ante los tribunales de los hombres. La sangre de Minab está fresca en las manos que bendicen las masacres que perpetra el imperialismo estadounidense y la entidad sionista.
Frente a esta teocracia del capital, que busca arrastrarnos a las tinieblas del siglo XI en pleno siglo XXI, solo queda la denuncia firme y la movilización de quienes, desde el rigor histórico y la defensa inclaudicable del derecho, nos negamos a aceptar que la política sea secuestrada por élites codiciosas en las que la psicopatía se reviste de fanatismo religioso, y que solo se arrodillan ante el becerro de oro del dólar mientras invocan el nombre de Dios para bendecir la muerte de los inocentes.

