Por: Javier Marrero
Pequeño homenaje al drago caído en Los Realejos que hoy lloramos, pero también agradecemos su paso junto a todos los dragos de Canarias,
los que resisten al viento,
los que crecen despacio,
y los que aún esperan bajo la tierra el momento de nacer.
Dicen que los dragos extienden sus raíces para encontrarse con otros y contarles, bajo la tierra, las experiencias que acumulan con el paso del tiempo. Dicen también que su savia, a través de la corteza, nos habla de salud, belleza, justicia y libertad.
Sus apreciadas semillas, pequeñas bolitas anaranjadas, viajan en el estómago de rabiches y otras aves hasta lugares recónditos, hacia territorios guanches, bimbaches, mahos, gomeros, awaritas, canarii. Allí germinan nuevas memorias.
Sus grandes ramas sostienen hojas largas y lanceoladas que, trenzadas, alcanzan una fuerza y una resistencia capaces de transformarse en objetos útiles y duraderos.
De una u otra manera, el drago habita el espíritu canario. Por eso, aunque separados por el Atlántico, el dolor nos alcanza cuando en cualquier isla cae alguno.
Pero también es tiempo de agradecimiento, por su enseñanza, por su vigilancia silenciosa, por los secretos que generaciones enteras le han confiado. Es tiempo de alabarlo y llorarlo en un duelo que solo se calma protegiendo a los dragos que quedan y sembrando nuevas semillas de uno de los árboles emblemáticos del Archipiélago Canario, valorado por su antigüedad, su forma escultórica y su profundo valor histórico y cultural.
Dicen que los árboles caen en silencio, pero no es verdad. Cuando un drago cae, algo cruje también en el corazón de quienes lo amamos. Porque no cae solo un árbol, cae una parte del paisaje que nos enseñó a ser quienes somos.

Sin embargo, los dragos conocen algo que los humanos a veces olvidamos.
Saben que la vida no termina en el tronco que cae.
Saben que cada semilla ya lleva dentro otro árbol.
Saben que el tiempo continúa creciendo.
Por eso, mientras el drago de Los Realejos vuelve lentamente a la tierra que lo sostuvo, su descendencia sigue brotando en laderas, barrancos, montañas y plazas de todo el archipiélago.
Y cada nuevo drago que levanta sus ramas hacia el cielo repite, sin palabras, el mismo antiguo mensaje:
“cuídennos, porque somos la memoria viva de estas islas.”
Porque mientras exista un drago en pie,
el espíritu de las islas seguirá enraizado en el mundo.

