En un Estado democrático todos tenemos derecho a disentir. En democracia, todas las opiniones son respetables
Excepto las que atenten contra el derecho fundamental al honor, a la intimidad personal y familiar y a la propia imagen. Cuando se generaliza con el temperamento irritado, por lógica, se pierde la razón. Un periodista serio no debe enfocar global ni mayoritariamente sus opiniones porque, sesgadamente, contribuye a fomentar el odio y la intransigencia.
Ciertos canales de televisión se han transformado en fábricas de iletrados y gandules de vida fácil que acuden a un plató a vender sus miserias. En esos medios no se hace periodismo; allí se pica carne humana. Algunos políticos censuran y abominan de esas plataformas audiovisuales a las que señalan como telebasura (trash TV) que, sin duda, se ha convertido en una pandemia social que consumimos casi todos. Unos más y otros menos. Incluidos políticos y demás profesionales que, aunque siempre niegan ver telebasura, son los primeros en comerse esa mierda cruda y hasta repitiendo cuántas raciones hagan falta para vender su imagen.
No nos engañemos negando la mayor. Hay políticos que viven más en los platós de la TV que en sus despachos oficiales gestionando sus responsabilidades políticas. Pasan más tiempo ante las cámaras maquillados y engominados que pateando las calles de los barrios y pueblos donde hay hambre y miseria. No se salva ninguno. Pues cuando ven una cámara de TV se les enciende el ego de la belleza: “una de las pasiones que hacen vivir y dar sentido y fuerza al mundo”, como diría el poeta Luis Antonio de Villena en su fascinante introducción sobre ‘El Retrato de Dorian Gray’, obra fundamental de la fama de Oscar Wilde.
En el salón de maquillaje de TVE en Canarias, en mis largos años de presentador de los Telediarios (Telecanarias), fui testigo en infinidad de ocasiones de los esfuerzos que hacían muchos políticos cuando estaban siendo maquillados haciendo extrañas muecas ante el espejo poniendo cara de Paul Newman o de Marlon Brando.
No les preocupaba las preguntas que yo les iba a formular. Solo se ponían nerviosos con el antipático nudo de su corbata, con su alopecia o con su caspa que se esparcía como copitos de nieve sobre las hombreras de sus chaquetas que ellos mismos se sacudían. El mensaje a los telespectadores era lo de menos. Lo esencial, su angustia vital en ese momento, era su imagen.
-¿”Qué tal me ves”? Esa era la única preocupación del político invitado que parecía un actor dando vueltas entre bambalinas esperando el aviso del regidor para salir al escenario.
Estos políticos narcisistas con currículos burgueses y capitalistas son revolucionarios y comunistas de salón que, por haber ganado un puñado de votos, pretenden imponer su modelo de sociedad. Lo mismo hacen socialistas, nacionalistas, derechistas, centristas y ultraderechistas. Solo creen en la ideología del dinero. Ese es el gran drama del PSOE y de PODEMOS: el capitalismo les está ganando por goleada al socialismo y al comunismo de salón de té que tanto gusta a Pablo Iglesias.
No tienen tiempo para recibir a los ciudadanos a los que desprecian. Sin embargo, sí disponen de todas las horas que hagan falta para peregrinar por las televisiones y emisoras de radio mendigando una entrevista o regalando titulares. Para proyectar su imagen siempre están disponibles, pero se esconden y no dan la cara ante los dramas sociales de esta España audiovisual y telemática donde la igualdad y la justicia no es igual para todos.
El paro, las bolsas de hambre, el fracaso escolar, la escasez de viviendas sociales, la delincuencia, la falta de parques y jardines amplios con vegetación y actividades lúdicas, la creación de nuevos polideportivos, el paro juvenil, los desahucios, los jóvenes sin trabajo, los pensionistas y las viudas que pasan hambre, la drogadicción y la pobreza más desgarradora y cruel que son problemas graves y urgentes, poco les afecta a estos políticos que forman un núcleo de vividores que solo les importa escalar el podio del poder.
La inexistente empatía o desconexión con los ciudadanos hace que la clase política esté preocupada y hasta obsesionada por su look. Incluso cuentan con asesores que forman parten del famoseo. Algunos, obsesionados con la estética, aparecen con caras acartonadas o inmovilizadas por el bótox.
Cinismo e hipocresía forman parte de esa pasarela de políticos presumidos que destinan un presupuesto especial al año en cosméticos y maquillaje. Algunos parecen modelos desfilando con traje nuevo de Armani y corbata de Stefano Ricci.
La hipocresía no tiene ideologías. Ni todos los periodistas somos iguales, ni tampoco lo son todos los políticos. Porque, periodistas y políticos jamás nos hemos amado.
No pretendo generalizar ni hacer juicios de valor; pero, lo paradójico y doblemente hipócrita, es que los políticos que dicen no ver ni oler la mierda de, por ejemplo, TELE5, sean los primeros en ponerse en la cola para que los entrevisten en ese canal, presuntamente pestilente, acabando comiéndose la mierda que tanto dicen aborrecer. Para estos y estas patriotas -mujeres políticas incluidas también en esa misma pasarela-, lo que les preocupa es su “liderazgo mediático”, no su “liderazgo social”. Aquí, lo que importa, es pensar en clave televisiva. A esta clase política mediocre no les preocupa si los negros y blancos somos iguales. Ellos van por separado. Van a lo suyo.
Los políticos y caudillos de la televisión: este es el futuro de España.
Armando Marcos
Periodista



