Por una cabeza

0

Así se quejaba Gardel mientras le arropaba un colchón de violines desgarrados con aroma sutil a cuernos, malevaje, suburbio y arrabal. Al menos así le rememoro en un vano intento de emular la maestría con la que Marcos Mundstock describió aquella opus 11, de Mario Abraham Kortzclap.

Hoy la banda sonora de Soria es el mismo tango, en el estribillo apenas se intercambian cabezas por mentiras, y el aroma a malevaje se vuelve puro hedor en forma de robo al estado, ese ente que de puertas afuera Soria apellidaba patria. O tal vez, incluso, de puertas adentro; los psicópatas mentirosos terminan por no distinguir sus mentiras de nuestra realidad, incluso mientras se ahogan en su propia merde. 

Es una cuestión de puro tiempo, una danza al ritmo de cerdos y santos martines, un esbozo de coreografía en la que a un mentiroso le dan la oportunidad de mentir y él hace lo que mejor sabe hacer sin darse cuenta que el trapo, al que va entrando una y otra vez, se hace más grande y su mentira se transmuta en un grotesco vodevil. Era cuestión, sólo de tiempo, que los mismos que dejó Soria heridos en la cuneta le devolvieran la puñalada con un rictus de ironía en el recuerdo, porque Soria sobrevivió con sus mentiras al cohecho tan impropio como prescrito del «caso Salmón», al «caso chalet», al «caso La Favorita», al «caso eólico»… y ahora llegó su ocaso apenas por una mentira. Con los posibles e improbables delitos más que prescritos apenas le mató una mentira, arte en el que Soria es todo un virtuoso.

Da miedo pensar que los patriotas que se han refugiado en el Partido Popular puedan estar cortados por la misma tijera con la que el poder económico dio el golpe de estado en 1936. Si el discurso se llena de patriotismo, si la idea del estado se hace coincidir con la de la patria, se alcanza un estado de ánimo en el que la elevación del espíritu justifica crímenes injustificables, crímenes que cometen personas que no se conocen entre sí, defendiendo los intereses de mentirosos que sí se conocen entre ellos y que mueren en su cama sólo a manos del tiempo. En las guerras silenciosas los muertos en combate ya no lo son por las balas asesinas, se suicidan por la desesperación o mueren de puro austericidio. Y sucede mientras los obreros votan a la derecha.  

«Todo por la Patria«, sí, pero los negocios los hacemos en los paraísos fiscales y las perritas nos las llevamos a Suiza, que es la patria verdadera de los que tenemos el dinero por todo capital. Franco inició la matanza para salvaguardar el modo de vida de los que tenían el capital invocando el santo nombre de la patria, incluso no dudó en unir su nombre al de Dios en sus monedas: «Francisco Franco, caudillo de España por la gracia de Dios«. Los que se denominan a sí mismos representantes de Dios en La Tierra, los custodios de la salvación de nuestras almas inmortales, consideran la blasfemia una virtud siempre que venga acompañada de una parte del botín.

Hace algo más de cuatro años el Partido Popular obtuvo la democrática mayoría absoluta con la misma técnica del discurso salvapatrias e idéntico fin, pero sólo con la violencia de los votos. Desde que murió el dictador, apenas se cambió lo indispensable para que, también apenas, cambiase nada. Todo sigue «atado y bien atado» y el mismo Felipe González lo comprueba cada día mientras revisa los nudos de la soga.

Y todo seguirá atado hasta que no les arrebatemos la patria que nos robaron.

Share.

Comments are closed.