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Crónica de un Mamontreto. 3ª parte

El Mamontreto es una caja de sorpresas

Catalina Morgan y Eufrasio Monleón.

Cuando ya nos disponíamos a abandonar el recinto para dirigirnos a nuestros respectivos hogares, se abrió la puerta del cubículo, invitándonos a los cuatro a entrar a gozar de las maravillas que nos ofrece el señor a modo de refrigerio.

Accedimos, pero, cual fue nuestra sorpresa que Catalina se fijó en algo que colgaba de una de las esquinas de la sala. Mientras Eufrasio engullía un buen pedazo de tortilla de cebolla, jamón y chorizo, Catalina se dirigió a dicha esquina con toda cautela para ver de qué se trataba. Una cámara de video pequeña, de las usadas en espionaje. No dijo nada, pero eso nos hizo sospechar alguna trama interesante para nuestro artículo.

Nos despedimos de los testigos con la intención de dar por terminada nuestra aventura cuando a los lejos vimos unas sombras que se deslizaban sigilosamente hacia una puerta que se encontraba a unos metros de la de los testigos.

Su reacción fue absolutamente normal, por lo que pensamos que esas personas eran conocedoras de las reuniones del grupo religioso. La puerta se cerró y acudimos, con nuestras linternas apagadas, hacia la zona donde estaba la misteriosa puerta. Por los bordes se podía ver una luz, lo que indicaba que allí se estaba produciendo una reunión, a la vista del número de sombras que vimos entrar, alrededor de seis o siete.

- ¿Tocamos?
- Tocamos.

Nos abrió la puerta un señor mayor, encorbatado, mal encarado, desafiante, con malas pulgas.- ¿Qué quieren? Esto es un lugar privado y no sé por qué están ustedes aquí, que nadie los ha invitado – gritó, chilló, el mal encarado.

- Pasábamos por aquí…
- Pues ya se están largando de aquí. Están tardando – increpó el encorbatado esgrimiendo una pistola calibre… de un calibre.
- Vale, señor, ya nos vamos – Y nos fuimos, por supuesto. Pero nosotros hicimos nuestras cábalas y sin llegar a conclusiones definitivas, nos dirigimos a la puerta en la que se suponía que estaría el empleado de seguridad. Con aquella oscuridad, pues decidimos apagar nuestras linternas, nos perdimos entre tantos cascotes, ruinas, cábalas, miedos (por qué no decirlo), conjeturas, sospechas que, después de varias vueltas viendo oscuridades, dimos con la puerta del individuo de seguridad.- En buen lío me han medido ustedes dos, coño.
- ¿Por qué lo dice, señor agente?
- Me acaban de despedir.
- ¿Oasereso? – preguntó Eufrasio dándole un toque de canariedad a ver si el agente se dignaba a darnos explicaciones.
- ¿Oasereso? Pues que por unos judíos churros me acaba de despedir el señor Ignacio.
- ¿González? – preguntamos al unísono.
- Sí. Y estoy cabreado con él, porque la cosa no es para tanto.
- Estoy de acuerdo – afirmó Catalina, con toda su comprensión femenina y humana.

Se fue calentando Luciano y, cual fue nuestra sorpresa que nos citó para el día siguiente en el mencionado Bodegón Juanito, así matamos dos pájaros de un tiro. Y se despidió a la francesa internándose al interior de adentro del Mamontreto.

Nos quedamos dos segundos parados, pues vimos de lejos una puerta que se abría y se cerraba con estrépito, así que nos dirigimos hacia lo que debería ser una parada de guagua de línea regular, pero, por mucho que esperamos, por allí no pasó ninguna hasta pasadas más de dos horas de pasar frío, además de un leve chubasco racheado que la marquesina de dicha parada no acertaba a cobijar. Lo que sí pasaron fueron varios coches, alguno más de lujo que los demás, en dirección a Santa Cruz y, Catalina, con su buena vista, llegó a percibir algún que otro perfil fácilmente reconocible.

Decidimos pasar por nuestras respectivas viviendas y quedar para la tarde de ese mismo día en la sede de El Sumidero, pues un bonito amanecer estaba ya a punto de asomar por detrás del mar que se exhibe todas las mañanas con fruición sobre el barrio marinero de San Andrés. Cuando estaba a punto de aparecer el añorado sol que recibiríamos con sumo placer, apareció la guagua que nos llevó a la terminal de guaguas y de allí, andando, a nuestros respectivos domicilios.