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Es Rafael Correa

  • Published in Política

Dicen que en las madrugadas belgas
el viento y la oscuridad dejan escurrir

un lamento silencioso, rabioso
y que viene como del centro del mundo.
Algunos aseguran que es un torrente amargo,
ahogado, impotente, selvático, indio.
Las desgracias brotan en cascada,
provocadas por duendes canallas
bien conocidos,
y la impotencia se revuelve rebelde
y maniatada.
Quedán aún sufrimientos pendientes.

Retumban en las horas y en la distancia,
unas sentencias de cortes de justicia esperpénticas,
valleinclanescas,
que por mucho que apeles
con abogados experimentados,
ya sabes de antemano,
el veredicto final.
Se repite el miserable y rebuscado método,
salido de los estercoleros de la Cia.
Los más recientes,
Dilma Rousseff, Lula Da Silva, Cristina Fernández,
Evo Morales, Nicolás Maduro,
(por la cabeza de este ofrecen un botín).
No amaina la maldad en el Norte,
ni con su pais apestando a podrido
por los cuatro costados.

Pero no es siquiera por la farsa de la corte ecuatoriana
que escuchan los belgas en las madrugadas
ese pesar indígena, recorriendo con un silbido de quena
todos los minutos de la noche.

Son los fallecidos.
Tan indignas son aquellas muertes
que doblemente muertes son.
Ni los Perros Hambrientos
del Perú andino
de Ciro Alegría,
de los tiempos de sequías y hambrunas,
murieron por aquellos páramos,
despavoridos y desquiciados
con tanta indignidad y abandono
como mueren ahora en Ecuador, seres humanos.
La mortandad es tal, que se acabaron las maderas pobres.
Un ataud, un simple ataud ya es un lujo de oligarca;
sólo quedan bolsas de basura, plásticos y cajas de cartón,
de las que chorrean a las horas, los humores indios
que contienen cadáveres, más que anunciados.
Es tal la perplejidad y el pánico,
que no queda tiempo, ni para el llanto.
Por eso, por tanta bajeza gubernamental,
por tanta injusta muerte,
por tanto asesinato, vestido de pandemia,
llueve, cuando amanece en Bélgica.
Es Correa, que pasa insomne las noches,
repasando en la soledad europea,
no ya su sentencia infame,
sino el dolor y la entraña de estos crímenes
porque eran evitables,
porque al traidor de cuatro ruedas
le importó siempre, NADA,
la suerte del ecuatoriano,
de la ecuatoriana.
Asi son los asesinos,
en su cotidiana y repugnante existencia,
la de los abyectos farsantes.
Lenin Moreno es el campeón de esta desgarradora infamia.


En Las Palmas, 01.05.2020
Micaela Sagaseta