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Como opinar libremente sin morir en el intento

EL BAR DE PEPE

La Constitución es una Ley de Leyes, o por lo menos se supone que cualquier decreto por muy firmado y sancionado que esté, si vulnera la Carta Magna española de diciembre del año 1978 del siglo pasado, no sirve de nada por inconstitucional.
Pero estoy completamente seguro que un 90% de la población no ha leído más allá del articulo 1 que viene a decir: “España se constituye en un Estado social y democrático de Derecho, que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político. La soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado”.
Todos hablamos de un estado “democrático” y a cada cual que le preguntes se auto titula “demócrata de toda la vida”. Sin embargo la democracia cada uno la entiende según le conviene. Claro que no existen clases especificas de demócratas, ni los institutos, ni las universidades enseñan a nuestra juventud los valores intrínsecos, esenciales de un Estado de pleno derecho donde el pueblo es soberano y es el que, con sus actitudes más que con su voto, decide el destino del pueblo.
Porque la vida de los pueblos que gozan de la libertad que otorga el libre albedrío, la libertad de expresión y opinión otorgados, como premisa inexcusable, por las leyes constitucionales se ganan día a día, con los ejemplos de cada uno de nosotros en el respeto mutuo de los ideales del que no piensa igual.
Estamos ante un panorama donde se tiene miedo a  opinar igual que uno u otro personaje, a menos que te arriesgues a que te etiqueten de populista, progre de izquierda, anti sistema anarquista, facha de derecha moderada o fascista de la ultra derecha más recalcitrante.
Con esta forma de entender un Estado de pleno derecho, estamos llegando al punto de, por mucho que estés de acuerdo con Pablo Iglesias en cuanto al impuesto a la Banca y la derogación de la Reforma Laboral de Mariano Rajoy, el aumento del salario mínimo o el salario básico asistencial, no puedas coincidir, públicamente, con el partido político morado a menos que te arriesgues a que te tachen de podemita seguidor de Maduro y admirador de Ali Hoseiní Jameneí, anti sistema y poco menos que anarquista.
Pero si por el contrario, resulta que estás de acuerdo con algunas medidas que propone Santiago Abascal y su partido Vox, en cuanto a una regulación de flujo migratorio y a una nueva Ley de violencia de género donde no se criminalice de por si al hombre y se tengan en cuenta la presunción de inocencia, tal y como se hace con la mujer, y  no sirva solo la denuncia para llevarte encadenado al juzgado, por poner un ejemplo, entonces te conviertes en un fascista asqueroso, cavernicola, seguidor del nazismo y, en el peor de los casos, un camisa azul nostálgico de las JONS y de ondear la bandera española cantando montañas nevadas o el cara al sol.
Sin embargo tu pensamiento está a años luz de los postulados de Maduro o de Jameneí, de Hitler o de José Antonio Primo de Rivera y más alejado de los camisas azules de la JONS.
Es una verdadera pena observar como los políticos, todos los políticos sin excepciones, están en una constante pelea sin sentido, el resultado está en putear cualquier iniciativa, por buena que sea, del partido que la presente, de lo que se trata es de la negación perfecta, da lo mismo si el proyecto nos beneficia a la gran mayoría de ciudadanos, el caso está en no aceptar, por norma, ni siquiera lo evidente.
Yo desde este momento me declaro “neutral”, la pena es que esa opción no existe para votar, y te tienes que decantar por el que supones menos cabrón.
Obviamos el 90% del articulado constitucionalista, precisamente ese es el motivo por lo que hemos dado en llamar que España es un estado que vive en una Dictocracia, que no es otra cosa que una Dictadura disfrazada en el entramado legal de la Constitución vigente.
El día que nuestros dirigentes aparquen las fobias y las filias, dejen de pensar en la erótica del poder y en las poltronas del Consejo de Ministros, quizás podremos empezar a entender lo que es una verdadera democracia. Cuando nos respetemos, verdaderamente y no de boquilla, nuestras opiniones sin etiquetas, sin sombras, sin miedos, empezaremos a entender que esa y no otra es la formula perfecta para vivir en un Estado de Derecho.
«Jamás acepten los jóvenes que les cercenen el más importante de los derechos que tiene el ser humano, que es la libertad de pensar».

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