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Cada día son más

  • Published in Política

EL BAR DE PEPE

Quiero comprender a los jóvenes, a los que siguen nuestros pasos por distintos caminos, por senderos de una libertad que, como nos ocurrió a la mayoría de nosotros, buscan la utopía de evolucionar a un mundo mejor.

El problema de esta juventud, que a diferencia de  la mía que era la bisoñez de nuestras ideas y la escasa visión de perspectiva, es la información que reciben constantemente que da lugar a un estado de opinión y de indignación, de rabia e impotencia que les hace rechazar el modelo de vida “occidental” basado en la sociedad de consumo y el libre mercado y como eje protector el Estado y la familia, no se consideran anarquistas pero niegan el liderazgo como forma de gobierno, defienden la vivienda gratuita y combaten el despilfarro de alimentos, se organizan en comunas y trabajan cada uno según sus actitudes. Por las calles de cada ciudad los podremos ver, tocando instrumentos, vendiendo pinturas y dibujos, pulseras o cerámica hecha por ellos, se niegan a limosnear y sólo quieren las monedas como reconocimiento a sus actividades artísticas.

La particularidad diferente; los peligros de ayer, hoy se han multiplicado por 1000, es decir esta juventud mal llamada “activistas anti sistema” (versión del siglo XXI de la revolución hippy de los años 60 o de la revolución del mundo estudiantil del mayo del 68 en París) están más cercanos a la involución que a la rebelión, son más proclives de caer en las redes de peligrosos intereses políticos-económicos o religiosos que ninguna otra generación. La información que les llega a su mente, manipulada la gran mayoría de las veces, provoca una reacción de rebeldía ante la injusticia social de los llamados países “democráticos guardianes de la paz mundial”. Nosotros los de mi época llegábamos a indignarnos por lo que ocurría en nuestro entorno, la prensa y la televisión eran meros instrumentos del poder y trasmisores de noticias de pandereta, guitarra, toros, futbol y fiesta. Íbamos a las concentraciones con el miedo en el cuerpo y más de uno se meaba piernas abajo cuando los “grises” avanzaban y al toque de trompeta cargaban contra todo bicho viviente que se encontraran a su paso. Nosotros, los de mi época, luchábamos por tener un futuro mejor, por salir de una dictadura, de un mundo oscuro lleno de tinieblas y faltos de libertad. Nosotros, los de mi época, con 18 años luchábamos `por los derechos fundamentales de la humanidad. Hoy estos jóvenes descendientes de Espartaco, rompen las cadenas que les atan al costumbrismo, a los intereses neoliberales, invasores, a la esclavitud de una educación obsoleta y dirigida por y para servir de carnada a “the wolf of wall street”.

Con todas estas similitudes, nosotros, los de mi época, no teníamos el peligro de ser sometidos a intensos lavados de cerebro condicionando nuestros sentimientos en contra de todo un mundo que, queriéndolo o no, aun siendo injusto no podíamos reformar desde la anarquía. El caldo de cultivo para las células terroristas no sólo está en Siria, en Palestina, en Libia o el Líbano. Los hijos de Ala no son solamente los que pueden luchar contra la opresión de los “gendarmes de la democracia”. El propio sistema del neoliberalismo y las políticas económicas de austeridad, fomentan, junto con el rechazo del modelo educativo occidental, el desarraigo de cientos de miles de muchachos, chicas y chicos que, sin necesidad de alucinógenos, de drogas, han comprendido que si el ejemplo de felicidad en un mundo ideal es el de sus progenitores más vale bajarse de este perro y asqueroso mundo. Hoy en día las propias escuelas del anarquismo juvenil las tenemos en nuestras ciudades, en nuestros pueblos. Con nuestro tipo de política represiva, desilusionante y sin futuro les estamos diciendo lo que les espera, que no es otra cosa que la miseria y la inseguridad social en una vejez cada día más tenebrosa.

Cada día son más los que cierran la puerta a un mundo de “prosperidad” para salir de presiones ejercidas por los llamados “valores democráticos de nuestra sociedad” para integrarse en un mundo donde el dinero carece de importancia, su meta es fantasía, sus ilusiones utopías, pero quizás valga la pena apartarnos de nuestros sudorosos y sebosos cuerpos y mirar en las entrañas de esos nuevos andrajosos, mochileros, peludos, rastosos, que prefieren mostrar su rechazo pacíficamente en las plazas de nuestras ciudades o en los pasillos de los metros de Londres, New York, Madrid, Barcelona o París antes de ser perros de presa del poder establecido.