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La ley electoral canaria no es sólo una ley electoral

  • Published in Política

En los años 70 del pasado siglo, Canarias pasaba por uno de los periodos más convulsos de su historia. Aunque muchos canarios de cierta edad recuerdan lo que aconteció, no parece que exista una verdadera conciencia de las implicaciones que tuvo todo el movimiento social que se generó en estas islas.

Fueron años en los que el movimiento independentista liderado por Antonio Cubillo tuvo un protagonismo extraordinario, no tanto en las propias islas como en el exterior. En aquellos años, Cubillo logra convencer a la Organización para la Unidad Africana (OUA), la organización encargada de acabar con el colonialismo en ese continente, de que Canarias está en África (algo evidente en el mapa) y que es una colonia de España al igual que el Sáhara Occidental. La OUA le apoya y Cubillo llega a ser un personaje aceptado en sus reuniones sobre descolonización. También en esos años emite un programa de radio desde Argelia que nítidamente se podía escuchar en Canarias. Para muchos sus alocuciones no dejaban de ser una excentricidad política, además de que la conciencia independentista en Canarias era realmente escasa y sus seguidores una minoría.

Sin embargo, en la metrópoli existía una importante preocupación por el asunto pues Cubillo estaba logrando a nivel internacional unos éxitos diplomáticos excepcionales. Mientras a ETA nadie le hacía caso en el terreno internacional, Cubillo se codeaba con los líderes africanos. Por supuesto, la censura sobre el tema fue absoluta y sólo hemos tenido conciencia de lo que ocurrió muchos años después. En el interior sólo fuimos conscientes de algo más que anécdotas como el deterioro de coches con matrícula de la península, algunos (desgraciados) petardos, y poco más. A finales de los setenta ya aparecieron algunos líderes como el tal Comandante Guetón, y otros que no vamos a nombrar, cuyas excentricidades pueden dar para mucho (y no es ahora el caso).

En las primeras elecciones municipales democráticas los resultados terminan preocupando definitivamente a Madrid. Una coalición electoral de carácter nacionalista y de izquierdas, Unión del Pueblo Canario (UPC), consigue (a pesar de la ley D´Hondt) importantes resultados en Santa Cruz de Tenerife, La Laguna y Las Palmas de Gran Canaria, donde logran hacerse con la alcaldía. Además, en los municipios de Gran Canaria desde Telde hacia el sur obtienen alcaldías y una importante representación distintas agrupaciones con un marcado carácter de izquierda y nacionalista. Incluso en otras islas menos pobladas ganaban estas agrupaciones progresistas como el caso de Asamblea Majorera en Fuerteventura, la alcaldía de Santa Cruz de La Palma para el PCE y la de San Sebastián de la Gomera para el PSOE. El núcleo de la población de Canarias estuvo volcado hacia estas tendencias, en aquel momento, más que progresistas.

Por aquel entonces, la Universidad de La Laguna era un hervidero. Una importante masa de los que en los próximos años iban a tener puestos de responsabilidad (el porcentaje de estudiantes universitarios respecto a la población era muy pequeño) estarían claramente decantados hacia la izquierda (en todas sus facetas y colores). Las organizaciones estudiantiles progresistas y la penetración de los partidos de izquierda era absoluta. Los universitarios mayoritariamente querían un cambio democrático en el país y en Canarias. Por supuesto, la Universidad nutriría a los futuros mandos políticos. Los canarios tendríamos representantes que romperían con la caduca maquinaria franquista y una nueva era se abriría para todos los demócratas. Esto se les iba de las manos a los posfranquistas.

Por otro lado, es cuestión bien documentada en la historia que cuando un país tiene un recurso importante, su gestión por parte de los representantes políticos elegidos democráticamente mengua o desaparece. Quizás los países ricos en petróleo son los ejemplos más claros. En ellos, cuando hubo democracia, ésta fue una quimera. Las grandes potencias y empresas transnacionales nunca dejaron estos recursos en manos de su población y así las parademocracias y las dictaduras se sucedieron. Países tan ricos como México o Venezuela, y no digamos los de oriente medio o África, nunca prosperaron. No se podía poner en manos “incontroladas” los asuntos de comer del primer mundo. En Canarias pasa algo similar. Nuestra riqueza siempre ha sido la posición estratégica del archipiélago en esta zona del mundo. Esta ha sido nuestra condena desde los Reyes Católicos hasta nuestros días.

Ya tenemos todos los ingredientes. Situación estratégica, movimiento independentista de izquierda muy fuerte en el exterior, aunque débilmente creciendo en el interior, una población que se decanta por el nacionalismo de izquierda (principalmente en Gran Canaria y Tenerife), una futura clase dirigente educada en una Universidad con importante conciencia democrática, partidos, asociaciones de vecinos,… Sin duda, la metrópoli estaba preocupada y constantemente preguntaba si la pequeña burguesía canaria también estaba en el asunto. Claramente no, era heredera del viejo caciquismo y del franquismo, pero no había que tentar a la suerte.

El primer escollo importante fue defenestrar el independentismo y se hizo a lo bestia. Antonio Cubillo había logrado otro éxito sin precedentes al lograr que la OUA pidiera que la independencia de Canarias se discutiera nada menos que ante la Asamblea General de la Naciones Unidas (ONU). Cuando en 1978 Antonio Cubillo se disponía a salir hacia el aeropuerto para dirigirse a Nueva York, dos agentes del gobierno español lo dejaron al borde de la muerte. Este acto fue posteriormente reconocido por la Audiencia Nacional como terrorismo de Estado. Ahí lo dejo.

El segundo escollo, más complicado, fue revertir esa suerte de éxtasis democrático que vivía Canarias, lógico después de 40 años de dictadura y 500 años donde el que hablaba algo más de lo permitido, o se iba a América, o la alternativa era la cárcel, o la muerte. La selección natural al revés, los mejores desaparecían. El proceso para revertir tanto candor democrático tuvo varias vertientes. Por un lado, se evitó educar a la ciudadanía acerca de las bases del sistema democrático. En el parlamento español se legisló introducir una asignatura sobre el tema pero nunca se llevó a cabo. De esta forma nadie puede reivindicar lo que no conoce. Los españoles han vivido casi 40 años creyendo que el parlamentarismo es un verdadero sistema democrático. Parece que ahora se están dando cuenta.

En segundo lugar, todo el arco político canario acepta el sistema electoral basado en la triple paridad (supuesto equilibrio electoral entre islas) sin rechistar. En aquél entonces las cinco islas no capitalinas tenían el 12% de la población y se les otorga la mitad de la representación en el parlamento (30 de los 60 diputados). Un auténtico golpe de estado. Ni en países poco o nada democráticos se suele ver esta desproporción. Incluso Maduro en Venezuela no se ha atrevido a tanto para sacar su asamblea constituyente. El sistema electoral canario no es el primer o segundo sistema más injusto del mundo, es simplemente el hurto de las libertades a un pueblo con la connivencia de todo el arco político de las islas. Además, curiosamente sentenció el auge de la izquierda en Canarias pues su fuerza siempre estuvo en las grandes ciudades. Inexplicable.

Es quizás el aspecto más asombroso de nuestra historia. Nadie protestó en 30 años acerca de este desaguisado. En 2008, cuando organizamos un debate sobre el tema en la Universidad de Verano fue curioso observar el poco interés que despertó la ley electoral entre los partidos políticos, principalmente de izquierdas. Sólo unos ciudadanos agrupados recientemente en aquél entonces bajo el nombre de “Demócratas para el Cambio” se atrevieron a hablar claramente de lo injusto del sistema electoral. ¿Por qué nadie reivindicó la libertad durante 30 años? Esto parece un misterio. A la derecha le venía muy bien y fueron quienes lanzaron el órdago. Pero, ¿y la izquierda? ¿dónde estaba? ¿en qué estaba pensando?

Personalmente, creo que éstos tampoco creían en el sistema democrático, en un sistema de libertades como modelo de convivencia. De hecho, era común oír hablar a muchos de ellos denominando al sistema como “democracia burguesa”. Un sistema con el que había que convivir y que te daba la oportunidad de llegar al poder para posteriormente ejercer tu razón. De hecho, cuando tomaron el poder en algunos municipios, pronto se observó que aquellos que venían a pecho descubierto gritando por el pueblo y para el pueblo, no admitían el más mínimo disenso. Tenían la razón y contra eso es difícil argumentar nada. Muchos ciudadanos aprendieron en sus carnes que la razón es totalitaria. Existía un menosprecio generalizado al sistema democrático en los partidos de derecha e izquierda. En algo estaban de acuerdo.

Por supuesto, para que nadie pudiera deshacer el entuerto había que blindarla. Se impidió que el propio pueblo canario pudiese utilizar cualquier mecanismo democrático para tumbar dicha ley. De hecho, sólo el parlamento puede modificarla o suprimirla, nadie más. Claro, ese 12% (que ahora es un 17%) de la población, teniendo la mitad del parlamento, jamás elegirá a nadie que quiera acabar con esos privilegios. De hecho, partidos que se dicen de izquierda como Asamblea Majorera defienden a capa y espada dicha ley. La cuadratura del círculo.

Pues la cosa no se queda ahí. En los años 80 todavía coleaba ese fervor democrático de los años 70, tal y como se observó en el referéndum sobre la OTAN del año 1986. Canarias vota negativamente a la entrada en dicha organización. Todavía estaba vivo ese espíritu marcadamente progresista entre la población. Cuando se preguntó sin traducir en términos de diputados, sin aplicar ley D´Hondt y triple paridad, los resultados mostraron la pervivencia de aquellos mimbres de los 70. En esa asombrosa deriva de los partidos de izquierda que aceptan formas no democráticas, su práctica totalidad (a excepción del Partido Socialista que sigue apareciendo como tal), se une a finales de los 80 y principios de los 90 a la derecha caciquil, formando lo que hoy conocemos por Coalición Canaria (CC). Esta maniobra política estuvo diseñada para asaltar el poder y lo consiguieron en poco tiempo (y hasta nuestros días).

Después de una ley electoral antidemocrática, se consuma prácticamente la desaparición de la izquierda en Canarias. El parlamentarismo instaurado en España es un sistema de listas electorales donde los partidos y sus dirigentes ejercen un poder extraordinario. Ahí estuvo el truco para dejar en la cuneta a todos aquellos que reivindicaban más democracia política o social. Para salir elegido, el candidato debe figurar en los primeros puestos de dichas listas. Simplemente, dejando a los díscolos (a los más progresistas) en posiciones menos aventajadas, poco a poco irían quedando fuera del sistema. Si el candidato se enfrenta al partido o alguno de sus dirigentes, quedará definitivamente excluido del sistema. No te elige tu electorado, te elige el partido. De esta forma, todos aquellos que profesaban vocación democrática iban a quedar sin opciones y de hecho hoy en día Coalición Canaria es un partido de la derecha recalcitrante con algunos neo-caciques que se autodenominan de izquierda (p.e., Asamblea Majorera). Algunos lograron huir a tiempo y formaron Nueva Canarias. En Las Palmas de Gran Canaria como respuesta a tanto vaivén y disparate político (recuerden el pacto time-sharing para vergüenza de cualquier progresista), el electorado otrora de izquierdas termina apoyando al Partido Popular como fuerza mayoritaria durante lustros.

En poco más de una década se acaba con el entusiasmo generado en los años 70 donde una nueva juventud llamada a dirigir estas islas había expresado sus ansias democráticas. Desde mi personal punto de vista, la falta de formación democrática, la visión generalizada de que la democracia es simplemente un sistema para acceder al poder y no una forma de convivencia, y el absoluto desprecio a sus normas básicas como es la separación de poderes, acabaron con el sueño. Tanto la izquierda como la derecha han rechazado que podamos elegir a nuestros representantes sin que los partidos nos cocinen las listas (cerradas o abiertas, da igual), donde podamos decidir si queremos esta carretera o aquél puente, donde sentemos todas las semanas a nuestro concejal (o diputado) electo por el distrito para pedirle responsabilidades,… Donde gobiernen las mayorías en un sistema a doble vuelta para evitar tamayasos y pactos en cascada,… En fin, un largo, muy largo etc. Simplemente para que los ciudadanos no seamos meros espectadores, sino partícipes del sistema.

Finalmente, parece que cada partido tiene su democracia. Es de risa esa especie de carrera por proponer esta u otra reforma electoral. Que si diez diputados más, que si dos por islas y lista regional, que si aumentar no sé cuántos diputados en las islas capitalinas,… Estrafalario. La democracia moderna está inventada hace más de 200 años para que gobierne la mayoría y exista un escrupuloso respeto por las minorías. No hay que reinventarla en el siglo XXI. Sólo hay que aplicarla si realmente se es un verdadero demócrata. Lo que si parece claro es que es hora de ir aprendiendo pues la ley electoral canaria no fue una simple ley electoral, fue el instrumento para secuestrar la libertad de todo un pueblo durante más de tres décadas. Esa connivencia de todo el espectro político ha sumido a Canarias en su más grave crisis. Las enormes bolsas de pobreza en las islas más pobladas, los niveles de incultura, la situación de la sanidad, la educación, la justicia, los servicios sociales, infraestructuras, I+D+i (nuestro futuro), medio ambiente, los bajos salarios,… producen escalofríos y nos sumen en el subdesarrollo. La corrupción y la impunidad tienen niveles alarmantes y esto sólo se sana con altos, muy altos niveles democráticos.

Santiago Hernández León
Catedrático de Universidad