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El invierno más negro

  • Published in Política

El teniente Otto ordenó en su español rudimentario golpear a los presos que acababan de traer del norte de la isla, las buenas relaciones de los golpistas españoles con los nazis hicieron llegar a cada punto del estado a mandos del ejército de Hitler, pocos años antes de la Segunda Guerra Mundial.

En el grupo de reos iba Raimundo Carrasco, trabajador de correos en Las Palmas natural de Lorca (Murcia), casado con Remedios Noguera, costurera del barrio de San José.

El hombre sintió los golpes en su cuello y espalda que le propinaban los “Cabos de vara”, presos vendidos a los fascistas que en su afán de agradar a sus “amos” podían ser mucho más crueles que los propios falangistas.

Notó que la sangre le corría por sus nalgas y muslos, golpes secos en aquella madrugada del 37 en el campo de exterminio de El Lazareto en Gando, guardaba silencio, no quería darle el gusto a aquellos asesinos de verlo quejarse, se refugiaba en un rincón de su mente en los buenos recuerdos, como el hermoso día de septiembre cuando conoció a Remedios en la fiesta de Teror, arropados por las parrandas de los devotos a la Virgen de El Pino. Le venía el sabor de los besos clandestinos cuando la visitaba en su casa en las laderas cerca de la Batería de San Juan, aprovechando los momentos en que el hermanito de la chica se despistaba desenvolviendo los papeles de los pegajosos caramelos de chocolate y nata.

El alemán lanzaba maldiciones y arengas en aquel idioma ininteligible, mezclaba las blasfemias en castellano y en su propia lengua materna, los verdugos parecían entender la intensidad que debían mantener en cada golpe, en cada latigazo con las pingas de buey o las varas de azebuche.

Raimundo levantó la cabeza unos segundos y vio a sus compañeros destrozados en el suelo, algunos ya no respiraban, otros gemían de dolor, las lágrimas parecían mezclarse con la sangre que inundaba el suelo del patio de armas, un espacio lúgubre y sucio, desde donde se escuchaba el sonido de algún avión militar que aterrizaba en su llegada desde el Sahara Occidental.

El militar nazi se fijó en que no se quejaba y se le acercó, le agarro por los pelos de la nuca y le dijo algo con su cara desencajada de odio, “parecía un perro ladrando contagiado de rabia”, pensó el joven murciano, que solo se le quedó mirando debilitado por el efecto de las graves heridas, la piel desgajada, la carne que ya parecía adaptarse a cada golpe, como si siempre hubiera estado allí detenido, como si nunca hubiera existido otra vida más allá de las alambradas del campo de concentración.

Observó el pelo rubio del teutón, las dos medallas en su pecho, una con forma de cruz deformada, “gamada”, le había dicho el anciano profesor Reyes, la misma tarde que lo asesinaron de un tiro en la nuca cuando se negó a golpear a otro prisionero.

El alemán le pareció muy joven, casi un niño, pero le llamó la atención la forma marcial de moverse, que en ningún momento perdiera la compostura ante la dantesca escena de sus compañeros muertos, de su propio cuerpo destrozado y su mirada desafiante ante la barbarie ilimitada.

Sacó del cinto su pistola y se la metió en la boca, notó el cañón frío, el daño que le hacía en su garganta, que le asfixiaba y le generaba aquella tos hasta que salió el vomito y el teniente comenzó a darle patadas en su estómago enrabietado, muy molesto porque le había manchado los pantalones de sangre y restos de comida, apenas unos mendrugos con agua sucia que le habían dado la noche antes de comenzar la matanza.

El joven anarquista no tuvo tiempo de más, sintió como lo inundaba la oscuridad y el sueño, se dejó marchar y en un instante parecía que no existía el dolor, una especie de placer infantil parecía recorrerle la piel cada centímetro, como cuando la abuelita Frasca lo acogía en sus brazos en las noches veraniegas de la ciudad barroca, allí en los Altos del Guadalentín, unos años donde nadie era capaz de barruntar el invierno más negro, el túnel sin salida del infame genocidio.

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