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El buen salvaje

  • Published in Cultura

MICRORELATO

San Borondón, isla de los desaparecidos;                                                                                              

los que no llegaron a puerto

miran al horizonte anhelando regresar.

Ilatig se encontró, de pronto, entre el olor nauseabundo de una humanidad putrefacta. El olor que destilaba aquel barco negrero. Un navío que por entonces enlazaba África, Canarias y América, siendo Canarias tierra de camino, no de destino.
Junto con 152 rehenes capturados, tras la rebelión, en Tenerife, son llevados hacia Lisboa donde serán vendidos al mejor postor. Muchos de ellos, entre los que se encuentran mujeres y niños se quedarán para el resto de sus días en Madeira, llevados desde Portugal, donde trabajarán y echarán raíces. Emigración impuesta.

Sin embargo, Ilatig, el guanche rebelde, azotado hasta la extenuación con el vano intento de doblegarlo, no será vendido. Su suerte ha rodado como un ovillo de hilo entre las fauces de un gato juguetón convertido en un león hambriento y voraz. Dando tumbos hasta marearse.

Marearse.

Él, que no había visto el mar sino de lejos, desde lo alto de la montaña y mucho menos sabía lo que era navegar, hoy supo lo que era marearse.

Afuera, en la cubierta, mira al horizonte entre arcadas líquidas y amargas. Sabe que lo llevan a un lugar llamado América y piensa que quizá allá pueda escapar; pueda ser libre. Casi estaba seguro de ello porque aquella belleza azul se lo corroboraba.
Cuando sacó toda la hiel de su amargura recobró entonces el sentido y divisó una hermosa isla, tan parecida a su tierra que al verla a través de los cristales de lágrimas que inundaban sus ojos, se lanzó al mar, mientras gritaba: ¡Atis tirma!*

Los allí presentes contaron que, efectivamente, apareció una isla de la nada, San Borondón, y que conforme el buen salvaje se iba hundiendo por el peso de sus cadenas, la isla fue desapareciendo.

Siglos mas tarde, se supo que en ese punto del Océano Atlántico, los canarios emigrantes que no llegaron a puerto corrieron la misma suerte. La amargura de aquellos que abandonaban su tierra para buscar una vida mejor hacia emerger, por un corto espacio de tiempo, aquella isla misteriosa, mientras manaba entre los emigrantes una terrible tristeza y desesperación.

A día de hoy, aún no se sabe si se tiraban al mar aquejados por esa melancolía que les asaltaba o tan solo porque buscaban en aquella preciosa isla una oportunidad para vivir, al menos, cerca de los suyos.

Quizá, fuera esa la tierra de la segunda oportunidad y a día de hoy esté habitada por aquellos desaparecidos.