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Sin imágenes

Presencias cebolleras, mas no añoranzas

  • Published in Cultura

Resulta curioso: las casualidades no existen, dicen. ¿Pero qué son, si no, sucesiones de hechos enlazados entre sí por el mismo hilo conductor?

Lo confirmé esta semana cuando la vida consciente me despertó en la del alba. Segundos antes andaba solitario y feliz por el barranco de Gáldar, altura del Puente de los Tres Ojos. Seguía a un trozo de madera que pinté de verde en la carpintería de Isidrito “el Fraile”, convertido aquel en navegante bajel pirata con trinquetes, palos mayores y cañones para luchar contra el europeo. Tal leía en las narraciones de Salgari.

Había sido un sueño, sí. Pero las imágenes eran reales: formaban parte de un tiempo pasado en mi pueblo a los ocho o diez añitos sin más compañía que mi buscada soledad. Ahora me distanciaban largos tiempos, decenios; incluso la actual desubicación física de mi tierra cebollera. Sin embargo, aquel martes tan madrugador volví a sentirme rodeado de infancias y primeras juventudes, inmerso en las correntías barranquiles y mudos monólogos, placentero mundo interior. 

Porque Gáldar, Aregaldar, Agadar… fue relajado lugar (y a la vez muy adelantada escuela del realismo por tragedias, miserias, hambre ajena y sufrimientos) cargadísimo de vivencias, emociones, naranjeros de las Ruices, nispereros de La Vega y la casa de las Ramos, las de Telefónica; aguacateros de la Veray; inmensos ríos de La Cuarta; pocetas con plataneras, cafetales y coliflores; peligrosos baños en La Quinta; tañidos de campanas fuera de hora para cabreos de Pepito el sacristán… Y paisas de bien; y amigos de pantalón corto (se rajaban cuando agarrábamos para la luchada) con quienes he llegado aunque sea desde las distancias a las edades de hoy, simples continuidades de las ya pasadas.

Sin embargo, noto en algunos el impacto de su transcurrir por esta mar de la muerte, acaso la propia vida (se me hacen mayores los puñeteros)… Quizás nos nacieron antes de tiempo, con demasiada antelación. Y como nacimos en pueblo –me gusta mi nacimiento de pueblerino- tal vez hasta nos maduraron precipitadamente: tantas vigilancias morales; coercitivas imposiciones; amenazas con pecados, infiernos, impertinentes ángeles que no nos dejan solos para evitar tentaciones, coñazos angelicales… Por suerte las células grises llegan a imponerse y mantienen recuerdos, pero ya solo son eso: remembranzas de un pasado que dejaron de ser cuando se impusieron razonamientos, lecturas, conversaciones, aulas…

Pero también se aglomeran impresiones emocionales que por fortuna me impactaron con aceleradas precipitaciones y -de seguro- forjaron mi manera de sentir hacia los demás. Presentes y arraigados en mi conciencia de ser humano están la muerte violenta de Comín; la tragedia de su madre ante la negativa a un entierro católico; la acentuadísima pobreza de vecinos albeadores; babosos besos de casi ciegas costureras cercanas a la cárcel cuando les llevaba el tibio potaje en el caldero; las cuevas sombrías y espantosamente olorosas de algunos condiscípulos de la escuela pública, La Graduada; niños sardineros de mi edad que petrificaban sus miradas en las manos de quienes merendaban en La Laja  tras el baño, siempre a la espera de un cacho de pan, un plátano o la cubana pasta de guayaba “La Conchita” que los convertía en derretida saliva, con quienes me eché más de una calada del negro y volcánico tabaco robado a los doce años a Mariquita la del guardamuelles, ya casi dominada por sombras a causa de siglos, agujas e hilos. Con ellos debía hacer milagros para coser parches en viejos pantalones y camisas…

Sí. Acaso como premonición o adelanto, lo cierto es que el martes pasado desperté sorimbado por el ruidoso ruido de las campanas cebolleras. Las mismas campanas que a las siete de la tarde –tocaban “ánimas”- avisaban para urgentes recogidas y veloces cabalgadas: era la hora de volver a casa. Y como un singuido, más veloces incluso que las lascas de piedra viva lanzadas con la singuiadera contra racimos de támaras protegidos por encochinados mirlos, nuestros pejinescos cuerpos volaban Toscas arriba mientras Maño (¿nombre o gentilicio?) monotoneaba su vida entre calderos, baldes, cocinillas y escupideras…

Fue el martes un día completo. Mi amigo Santiago Pérez, notario de espacios, rincones y lugares isleños, Vía Láctea a las cinco de la mañana o armónicas policromías de pájaros en libertad me envió esta bellísima foto: Almagro, una montaña de mi pueblo, a quien vigila en lontananza la volcanidad del Teide. Al mediodía encuentro en el buzón un sobre del Ayuntamiento: fieles a la cita, doña Pino Rivero (gabinete de Prensa) y don Teodoro Sosa, alcalde, me envían el programa de las festivas fiestas santiagueras y la personal invitación. Ya por la tarde Antonio, amigo del alma a la manera hernandiana, nos recuerda a mi mujer y a mí que el día 16 nos esperan Bélgica y él en su casa de recia arquitectura y serena belleza: es el día de la Romería.

Todo, pues, parecía perfectamente enlazado. Fundí recuerdos del anteayer y del ayer con geografías de mi pueblo. Sentí presencias de aquel carajote -Antonio Díaz (Ossorio)- con quien caminé miles de kilómetros porque durante años viajé con él a Las Palmas desde el amanecer y regresábamos por la tarde (algún día se hizo de noche en “Casa Loíto”. A veces en Fontanales, a la cura del constipado). Fueron meses, años y trillones de palabras las cruzadas entre ambos, incluso en Hoya Fría, La Laguna (“La Oficina”, su devoción, ¡tonto que era el niño!)... Tuve, pues, la gran suerte de tratar de tú a la serena amistad imperecedera de Antonio a pesar de distancias, tiempos en silencios… y Nabucodonosorsitos.

Sí. Guardo de Gáldar esencias vivas de mi propia vida cuyos recuerdos mimo día a día para que no se cansen de estar conmigo. De cuando en cuando los alimento con palabras, lo único que puedo ofrecerles. Son voces que brotan volcánicamente desde mi condición calmosa y apacible de cebollero. Regalo del Olympo, sin duda.